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Se muestran los artículos pertenecientes al tema Los árabes en Chivilcoy.

“Estoy orgullosa de ser hija de árabes”

Alicia Homsi recordó a su padre, Issa Melhem, quien arribó al país cuando tenía catorce años.

 

   “Mi mamá vino de Jerusalén y mi papá de Damasco. El vino solo. Estaba enamorado de una chica jovencita, mi mamá, y entonces ‘hizo la América’ acá y volvió con plata. Se casó con mi mamá. Los padres de mi mamá le decían que no, porque era un hombre grande. Una vez casados vinieron a la Argentina. Mi papá era mundano. Vivió en Italia, en Chile, en Bolivia y en Brasil. Agarraba todo y se lo llevaba, pero después tenía que poner mucho en la aduana y se descapitalizaba”, relata Alicia Homsi.

   Su padre, Issa Melhem Homsi, se casó con Anulith Antón. Sus hijos fueron Amelio, Adel, Clotilde, Alicia, Abel (‘Lito’), Héctor y Lidia Ester.

   “Mi papá vino como polizón, siendo muy chico, con catorce años. Volvió con bastón, sombrero y virola de oro para conquistar a mi mamá. Primero se estableció en Lincoln, donde nacimos tres hermanos. Después pasaron a General Pinto, donde había muchos Homsi, parientes nuestros. Ahí nació el más chico, Héctor”, explica.

   “La casa de los Homsi fue en Tuyutí 449, la calle que ahora se llama Miguel Calderón. Mantenía contacto con familiares, con quienes se escribía cartas. Mi mamá tenía un hermano cura, que vino a vernos, y otro maestro. Ella era de familia más paqueta que él. No conocí a ningún abuelo”, cuenta Alicia.

   Define a su padre como “un intelectual”, que “leía La Prensa y comentaba las noticias con todos los hijos” y de él rescata “la honestidad que nos inculcó. Nos educó bien, con mucha honradez, que para él era lo principal. Estoy orgullosa de ser hija de árabes”, remarca.

   Al hablar de sus actividades, señala que don Homsi “tuvo una mercería grande, en la esquina de la casa. Había un salón grande y también cortaba el pelo. Cuando era joven, en un Ford color verde con capota, salía a vender por los alrededores de Chivilcoy. Cuando falleció papá, nadie continuó con el negocio. Mis hermanos fueron relojeros y joyeros”, agrega.

   Lo describe como un hombre “delgado, alto y de ojos claros. En el barrio le decían ‘Don Homsi’ y todos lo querían mucho. Allá hay un pueblo que se llama Homs y dicen que de ahí sacaron el apellido”, asegura.

  “Murió a los setenta años de un aneurisma de aorta abdominal, en 1961 –precisa Alicia-. Abelito, el joyero –que era muy famoso en Chivilcoy-, adquirió la misma enfermedad que mi papá, pero a los cuarenta y dos años. Fue un gran dolor para mí, porque lo veía todas las mañanas y él venía a mi casa todas las tardes a ver a los chicos. ‘Lito’ fue el que reemplazó al padre entre todos nosotros”, recuerda.

   Alicia está casada con Juan José Corraro. Sus hijos son Pablo Mariano, Juan Fernando y Marcelo Fabián. Tiene seis nietos.

 

Autor: José Yapor

11/11/2012 18:46 José Yapor Enlace permanente. Los árabes en Chivilcoy No hay comentarios. Comentar.

“Vino, como todos, a buscar una situación mejor”

Miguel Huebes, inmigrante del sur libanés, en el recuerdo de sus hijas Nélida Yolanda y Elba Regina

 

   Procedente de Aalma, municipio del sur del Líbano, Miguel Huebes llegó a la Argentina en 1911, cuando era apenas un joven de dieciséis años. Del matrimonio que formó con Carmen Antogna nacieron ocho hijos: Miguel Angel, Abraham Ramón, Juana, Rosario, María Elena, Nélida Yolanda, Elsa Haydée y Elba Regina.

   Los testimonios de Nélida Yolanda y Elba Regina ayudan a reconstruir la historia de una familia de hondo arraigo en la comunidad chivilcoyana, que involucra también a las localidades de Moquehua y Ramón Biaus.

   “Mi papá nació el 29 de septiembre de 1895. Vino como todos los inmigrantes de aquella época: a buscar una situación mejor que la que tenían en sus países. A los trece o catorce años empezó con el fardito al hombro. Cuando se casó con mi mamá fueron a vivir a Moquehua y después pasaron a Ramón Biaus. Cuando fue haciendo una posición más o menos holgada, compró dos casas y se vinieron a vivir a Chivilcoy”, comienza su relato Nélida.

   “Acá vivieron hasta el final de sus vidas –comenta-. Hicieron una familia, con ocho hijos, seis mujeres y dos varones. Así fue la historia de ellos: siempre trabajando. Tuvimos una tienda en la avenida Villarino y Saavedra, que se llamaba ‘Del Carmen’, y otra en Buenos Aires, que después se vendió. Cuando cerró la tienda de la Villarino, papá estaba haciendo los trámites para jubilarse. Fue allí cuando falleció”.

   Recuerda Nélida que “teníamos como vecinos a otros miembros de la colectividad, como los Posik, Salomón y Aré. Estaban todos por esa zona”.

   Describe a su padre como “un hombre muy callado, muy para adentro. Uno se daba cuenta por sus actitudes lo que sentía por sus hijos y su mujer. En todos los años de casados, nunca se los vio discutir. Fue un matrimonio muy bien llevado. Los hijos que quisieron estudiar, estudiaron, y los que no, estuvieron muy preparados para llevar una casa. Gracias a Dios y a ellos fuimos muy bien cuidados”, agradece.

   “Usted se daba cuenta del amor que sentía por sus hijos, pero todo para adentro –insiste-. Si alguien se enfermaba, se sentaba al lado de la cama donde uno estaba enfermo y ahí se quedaba. Si uno viajaba a Buenos Aires, se paseaba en la vereda hasta que uno llegara. Era muy de cuidar a sus hijos”, recalca.

   “Se escribía con un hermano, que del Líbano se fue a vivir a Australia. Después todo se cortó”, lamenta.

   En relación con la actividad comercial que desarrolló Miguel Huebes, su hija cuenta que “cuando vinimos de Ramón Biaus, mi papá puso el negocio en la 25 de Mayo y después, cuando compró la casa, en Bolívar y Olavarría. De ahí nos fuimos a Buenos Aires, en la época del ’45, pero ni mi papá ni mi mamá se adaptaron. Cuando volvimos, como teníamos la casa alquilada, alquilamos en la Villarino, donde estuvimos hasta que él falleció”.

   “En la tienda estaban él y mi mamá. Yo nací en Ramón Biaus y el resto de los hermanos, acá. Estuve en Biaus hasta los tres o cuatro años. Allá había un primo segundo de mi papá. Eran muy pocos de familia. Había, además, otro primo en Buenos Aires y una prima. Mis dos hermanos varones no tienen hijos varones; así que parece que el apellido por ahí se termina”, lamenta.

   Nélida Yolanda se destaca en la preparación de comidas árabes, a tal punto que asegura que “cuando mis sobrinos quieren comer algo, vienen acá y les preparo el kebbe con el mortero. También preparo el repollo relleno, que antes también hacía con hojas de parra. También el yatro, con lentejas, cebollas y burgo candeal. Mi mamá le preparaba a mi papá el laben”, recuerda.

 A modo de homenaje

    Algunos meses antes de su imprevista partida, Elba Regina acercó sus propias vivencias sobre el pasado familiar. Contaba en aquellos primeros meses de 2011 que “yo siempre supe que mi papá, cuando llegó a la Argentina, tenía dieciséis años. También sabía que nació en el año 1895, pero de acuerdo a la partida de nacimiento que me llegó después, nació en el ‘96. O sea que en esa época los datos que se tenían no eran precisos; eran datos que daba Migraciones, que fabricaban ellos y no siempre reflejaban la realidad. Uno se enteró de eso después, cuando recibió documentos por algún motivo”.

   “Mi papá vino con un primo que se llamaba Ramón y vivió en Ramón Biaus. Cuando mi padre vino a Chivilcoy, empezó a trabajar con su mochilita al hombro, como todos los libaneses o árabes, en el campo. Después, corriendo el tiempo trabajó muy bien, conoció a mi madre, que era italiana, y se casaron. Pusieron negocio, primero en Ramón Biaus, después en Chivilcoy y después en Buenos Aires. Con el tiempo, debido a todos los tumultos que había en los años ‘44 y ‘45, se volvió a Chivilcoy porque prefería estar más tranquilo. Volvió a Chivilcoy y puso negocio. Trabajó casi hasta que murió. La primera tienda la tuvo en Bolívar y Olavarría, que era nuestra casa paterna y después, cuando volvimos de Buenos Aires, fuimos a la avenida Villarino frente a la Escuela 4. Era cómico, porque teníamos a los Salomón enfrente, a un Posik a la cuadra y a otro Posik en la otra cuadra. O sea que estaba toda la colectividad en término de tres o cuatro cuadras. Ahí estuvo hasta que falleció”.

   Por su condición de hermana menor, Elba Regina recordaba que don Miguel solía decirle con cariño que era “la borra de la familia”.

 El negocio

   En aquella cálida conversación, que transcurrió en el local de la Mercería ‘Regina’ –a metros del cuartel de Bomberos Voluntarios-, recordaba los pormenores de las actividades comerciales de su familia: “El negocio era esquina, pero la parte larga estaba sobre Villarino. Tenía dos grandes vidrieras y dos mostradores grandes. Era un negocio muy bien puesto. Mi papá viajaba a Buenos Aires para comprar mercadería en forma permanente. Para nosotros era una fiesta cada vez que llegaban los cajones con la mercadería. Empezar a ver qué había traído era la curiosidad. Toda esa gente que era clienta de él en el campo, venía a Chivilcoy a comprarle. Mi mamá cosía las bombachas de campo a toda la gente de allá, de aquella zona”, agregaba Elba Regina.

 

06/10/2012 04:16 José Yapor Enlace permanente. Los árabes en Chivilcoy No hay comentarios. Comentar.

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Abraham Daud: un palestino que vivió en La Rica

Su hija, Ofelia Elodina, recordó su infancia en la vecina localidad, cuando su padre salía a vender por los campos de la zona.

 

   “Mi papá, por lo que yo sé, vino cuando tenía diecisiete años. Nació en Palestina y dejó allá madre, padre y dos hermanos: José y Neda. Siempre contaba que cuando se despidió de su familia, la madre se quedó llorando. Vino escondido en el barco, sin pagar boleto, y no sé cómo vino a parar a La Rica”, relata Ofelia Elodina Daud.

   Su padre, Abraham Ramón Daud, se casó con Josefa Rasquin y de esa unión nacieron Nélida, Emilce, Ofelia y Roberto José.

   “Nosotros nacimos todos en La Rica –indica Ofelia-. Papá no sabía leer ni escribir y le enseñó un tal Augusto Reynes. Tuvo tienda y era marchante; cargaba a la espalda esos fardos grandotes, enormes, y salía a pie desde La Rica hasta cerca de San Sebastián. Iba a vender a las estancias con dos fardos”, acota.

   Ofelia explica que su padre “como buen inmigrante, progresó y compró caballo y charré” y lo definió como “un hombre muy progresista, que tenía su vivienda, una quinta y su caballo en La Rica”.

   En cuanto a las costumbres de Abraham Daud, cuenta que “le gustaba vestir de botas, pañuelo al cuello y bombacha” y, además, “comer la yema del huevo crudo, sacándole la clara”.

   Allá en La Rica, “la tienda estaba enfrente del antiguo almacén de López Lastra. Era la única que había en el pueblo y no tenía nombre. La casa estaba pegada al negocio. Tenía de todo: ropa de campo hasta hilos de coser y agujas. Muy bien puesta”, asegura.

   Periódicamente aquel inmigrante “venía a Chivilcoy, porque tenía sus amistades y visitaba la tienda del ‘Turco’ Amado, en la avenida Sarmiento. Se había comprado una chatita y nos traía una vez a cada uno de los hijos”.

   A modo de anécdota, recuerda que “mi mamá se enojaba cuando iban los paisanos a visitarlo a La Rica, porque ellos hablaban en su idioma. No le gustaba porque decía que no sabía de qué se trataba”, justifica.

   La temprana muerte de su padre cambió abruptamente la dinámica de la vida familiar, a tal punto que su madre decidió dejar La Rica para seguir adelante con la crianza de sus hijos. “Cuando falleció mi papá, en 1939, mi mamá era una mujer joven y tenía que seguir trabajando para criar a sus cuatro hijos. Vivimos frente a la Plaza Moreno, hasta que hizo los trámites y vendió en La Rica”, concluye.

   Ofelia se casó con Juan Antonio Battista. Del matrimonio nacieron José María, Gustavo Antonio y Marta Ofelia. Con orgullo, cuenta que tiene ocho nietos y una bisnieta.  

Autor: José Yapor 

26/08/2012 04:09 José Yapor Enlace permanente. Los árabes en Chivilcoy No hay comentarios. Comentar.

“Los de la colectividad nos conocíamos todos”

Armando Daude destacó el trato cordial que existía entre las distintas familias de origen árabe en nuestra ciudad.

 

   Del matrimonio que conformaron Miguel Daude y Emilia Jorge, nacieron Alfredo, Teresa, Floro, Ismael, José, Eduardo, Delia, Siria y Armando.

   Fue justamente Armando quien contó los principales hechos de una historia familiar que comenzó a escribirse en Gorostiaga, cerca del arroyo Las Saladas.

   “Tanto mi padre como mi madre vinieron de Siria. Los presentó mi tío, el hermano de mi madre, que a mi papá ya lo conocía. Antes los paisanos se presentaban así”, explica.

   “Cuando yo era muy chico, vivíamos en Gorostiaga, donde mi padre salía a vender ropa en el charré. Vivimos en el campo de los Mora, que quedaba pasando Las Saladas. Después nos vinimos a Chivilcoy, al Barrio del Pito, al famoso Barrio del Pito. La casa estaba en la avenida 22 de Octubre y Brandsen. A mi madre la conoció en Buenos Aires, cuando ella vino con el hermano”, cuenta Armando.

   “Con lo que vendía en el recorrido que hacía por el campo, ganaba el sustento para la familia. Mi mamá tenía demasiado trabajo en la casa. Algunas veces papá tardaba una semana en volver. Mi hermano Emilio hizo el mismo trabajo que mi padre, hasta que falleció. Mucho tiempo salió en jardinera con dos caballos. Yo era chico y le abría el portón. Recuerdo que muchas veces se llevaba por delante el tapial con la jardinera y lo volteaba. Emilio domaba animales. Después se fue modernizando y compró una camioneta. Con los años fue cambiado los vehículos. Tenía mucha clientela y mucha gente conocida, en las localidades de la zona que siempre visitaba. Emilio tenía gallos de raza, participaba en las exposiciones y sacó muchos premios”, recuerda.

   Y continúa el relato: “En la época de cosecha íbamos a juntar maíz. Lo hacían más los italianos, pero también iban muchos árabes, porque había poco trabajo. En Chivilcoy, los de la colectividad árabe nos conocíamos todos y nos tratábamos siempre con ese respeto que nos daba la convivencia de muchos años. Acá cerca estaba Maizú, que para mi era como un hermano. Con los Salomón siempre nos tratamos como primos. De los once hermanos quedamos dos: Delia y yo. Somos familiares de los Jorge, de la Plaza Mitre. Los mayores han fallecido y han quedado los sobrinos y nietos”, agrega.

   Entre sus primos de apellido Jorge, menciona a Ernesto, Floro, Juan Carlos (‘Catuto’) y ‘Ñata’, hijos de Domingo.

   María Inés Coviello, esposa de Armando, también aporta sus recuerdos de otros inmigrantes de origen árabe: “Nosotros vivíamos en la quinta de mis abuelos Coviello, en la calle Laprida al 900, que todavía está. Pasaba en jardinera don Fortunato Cura, creo que una vez por semana. ¡Qué buena persona que era! Un hombre muy respetuoso. Le comprábamos cosas que él llevaba y, a su vez, le sabían vender gallinas y huevos. También solía ir don Jacinto Elías, que vendía hilos y llevaba una canasta grande. Cuando él iba, yo ya era grande y cosía. Como estábamos en la quinta, los esperábamos y sabíamos el día en que vendrían. ¡Qué cosa distinta a lo de ahora! Tenían un trato especial; eran muy amables y muy cariñosos. Nosotros éramos chicos y los esperábamos”, finaliza.

01/08/2012 04:10 José Yapor Enlace permanente. Los árabes en Chivilcoy No hay comentarios. Comentar.

El embajador libanés recibió a José Yapor

En las próximas semanas, difundirá en el Líbano el libro de reciente edición.


El embajador de la República del Líbano en la Argentina, Hicham Hamdan, recibió en la sede diplomática al periodista José Yapor, autor del libro “Libaneses y sirios en Chivilcoy”, de reciente edición.
   Durante el encuentro, que se produjo el pasado viernes 13 por la mañana, Hamdan elogió la iniciativa, se interiorizó sobre el desarrollo del proyecto y adquirió una importante cantidad de ejemplares para distribuir en el Líbano, durante la visita que emprenderá en las próximas semanas. Asimismo, invitó al autor chivilcoyano a presentar su libro en instituciones con sede en Capital Federal, en actos culturales previstos para los meses de septiembre y octubre próximos.
   El diplomático, que cumple funciones en nuestro país desde el año 2000, destacó que trabaja en la creación de un centro que promueva el intercambio binacional en materia de cultura, arte, educación, ciencia y tecnología.
   Cabe recordar que “Libaneses y sirios en Chivilcoy” fue presentado el sábado 16 de junio, en el Museo de Artes Plásticas “Pompeo Boggio”, ante un importante marco de público. La obra documenta la llegada, el arraigo y la actuación de los inmigrantes de origen árabe que llegaron al país hace cien años. Debido a la rápida aceptación que tuvo el libro, el autor proyecta realizar una segunda edición ampliada.


Publicado en Diario La Campaña, Lunes 16/7/12

17/07/2012 03:58 José Yapor Enlace permanente. Los árabes en Chivilcoy No hay comentarios. Comentar.

Jorge Simón Yapor: del norte libanés a la pampa húmeda

Segunda parte 

   En tiempos de militancia en la Acción Católica Argentina, Simón concurría asiduamente al Centro Estrada, ubicado a escasos metros del templo mayor de la ciudad. Cuando allí concluían las reuniones, junto a algunos amigos frecuentaba la Confitería La Perla -en la esquina de 9 de Julio y Villarino-, hoy como ayer reducto de memorables veladas tangueras.

   Una noche se produjo un singular hecho policial, que tuvo como protagonistas a dos miembros de la colectividad. Así revive Simón aquellas escenas: “Al llegar a casa, una noche, como a las dos de la mañana, la encuentro a mamá con el teléfono. Le pregunté qué pasaba y me dijo que había un lío en la comisaría con dos paisanos que habían tenido problemas. ‘Llaman a ver si puede ir tu papá’, me dijo. Como ya era una persona grande, de más de setenta años, le dije: ‘No, ¡qué lo vas a estar llamando! Dejá que voy yo’. Llego y me encuentro con el oficial Bruni, con quien tenía amistad porque era pariente de los Cancelo. Y como con Cancelo somos amigos de años y años, dos por tres nos encontrábamos en la casa del ‘Bocho’ con los Bruni. Cuando llego, estaba Salomón Abraham, que era hincha de Huracán de Chivilcoy e iba a todos los partidos. Decía: ‘Yo en cancha no bago, borque soy socio putalicio. La deja entrar borque yo dirijo a la barra’. Vivía en la calle 25 de Mayo casi Coronel Suárez con Pedro Escándar, dos paisanos musulmanes. El problema vino porque Escandar había ido al cine a ver una película y, cuando volvió, Salomón -que estaba detrás de la puerta- agarró un palo y le pegó en la cabeza. Por supuesto, lo lastimó y lo tuvieron que llevar al Hospital. Le dieron dos o tres puntadas e intervino la policía. Entonces, Bruni me dice: ‘Quiero saber qué es lo que pasa, porque a este hombre no lo entiendo’. Lamentaba que no estuviera papá, pero le dije: ‘Dejá, que yo estoy práctico con esto’”.

   Y llegó el momento en que el agresor brindó su testimonio de los hechos. El hombre explicó a su manera: “Yo tenía una calienta. La cargó un brovincial y entonces fui al Yerri”. En su rol de traductor, Simón le explicó al oficial que una clienta le había encargado un corte de tela provenzal y que don Salomón, en su afán por ganarse la venta, fue a comprarlo al negocio de Jorge.

   “Corta un bedacito”, le pidió a Jorge, quien le sugirió que llevara la pieza entera, porque era bueno que la interesada –empleada de una panadería- viera las flores grandes que decoraban la tela.

   “Se lo llevó y le pidió el precio de cuatro pesos el metro –prosigue Simón-. ‘Voy a ver’, le dijo la señora, porque le habrá parecido un poco caro. El otro se entera, porque compraban el pan en la misma panadería, y le lleva la misma tela, pero en lugar de cuatro le pidió tres. Jorge se lo vendía a dos pesos y uno la ofrecía a tres y el otro a cuatro. La señora se la compró al que la vendía a tres y el otro se molestó porque le había hecho la competencia. Parece que, aparte de comprarle el pan, los dos estaban enamorados de la panadera y estaban haciendo méritos propios para tratar de conquistarla”, cuenta entre risas.

   Pero lo más jugoso de la historia llegaría después: “Bruni me dice: ‘¡Qué vamos a estar haciendo sumarios y demás, si viven juntos y mañana se arregla! Asústelo un poco. Ya estoy cansado de decirle que va a terminar en Sierra Chica. Vino dos o tres veces, siempre le digo lo mismo y siempre vuelve’. Yo le dije que se lo repitiera. ‘Bueno, Abraham, la última vez que te lo digo: ¡la próxima vez que vengas a la comisaría vas a terminar en Sierra Chica!’. Salomón Abraham me mira y dice: ‘ Ve baisano, siembre la está amenazando a mí. Ya muchas veces la dijo que va a cortar toda en bedacitos con una sierra chica’. Yo le expliqué: ‘No, Salomón, Sierra Chica es un penal’. Me mira serio y dice: ‘Deja joder, a esta hora las dos de la mañana y con el desbelote que la tenemos, lo único que falta es que nos bongamos a jugar al fúpbol’. Ahí terminó la reunión. ¡Qué iba a entender el paisano que un penal era una cárcel...!”.

El legado de Don Jorge

   Cuando Simón habla de su padre, se iluminan sus ojos y su voz se entrecorta entre una frase y otra: “A veces me acuerdo del viejo y qué se yo… Creo que si hubiera tenido estudio hubiera sido un filósofo, porque hacía comparaciones que son reales. El vivía en un pueblo montañés, Beit Mellat. En ese pueblo montañés él no veía la montaña, porque estaba viviendo en la montaña. Y cuando la quería ver, dice que salían con otro chico y caminaban, caminaban, caminaban, acompañados de un grande, hasta otro pueblo vecino que estuviera más alejado y recién ahí veían la montaña. En la Sagrada Escritura uno ve a Cristo que hablaba a través de parábolas y es característico en los árabes, especialmente en los libaneses, hablar de esa manera. Y me decía que vos estás viviendo al lado de alguien y como lo tenés al lado no lo ves. Y cuando lo perdiste, porque se murió, recién te acordás. Yo a mi padre ahora lo estoy viendo más grande de lo que en realidad era”, confiesa.

   “Cuando papá tenía diez años, no sé con qué paisano fue –si con Juan Samara o el abuelo de ‘Pampa’ Cura- hizo un giro en la Embajada del Líbano y trajo al padre y a la madre. Vivió en la calle Alem -que en esa época era Echeverría- y Alsina. Ahí había un galpón, donde vivían ocho o diez árabes. Uno de sus amigos vivía ahí. Siempre se quedaba uno y los ocho o nueve restantes salían a vender. Pero siempre muy respetuosos de la zona que tenía cada uno. Me acuerdo que en las vacaciones papá nos llevaba a nosotros en la jardinera. Una vez le dije: ‘Papá te pasaste esta casa’; me respondió: ‘No; ahí viene don Emilio’. Y ahí iba don Emilio Aré, quien a su vez hacía lo mismo. No era un acuerdo; no había nada firmado, pero respetaban al cliente de uno y de otro”, destaca.

   Don Jorge andaba solo. El que le daba los “cachivaches” para vender, para que no cometiera errores, a él y a los demás “baisanos” les decía que vendan “todo a veinte”, consejo que los “turcos” transformaron en la popular expresión ‘tudo a vinte’. Simón todavía no se explica “cómo hizo” Jorge vendiendo por monedas, con tan solo ocho años, para reunir el dinero que le permitió traer a sus padres al país.

La tienda y la jardinera

   En aquella época, muchas operaciones de compra-venta se realizaban por medio del trueque. Era muy común que los vendedores de origen árabe intercambiaran ropa, tela y artículos de tocador por comestibles y productos de granja. Para establecer los términos del intercambio, todas las mañanas anotaban las cotizaciones de los diferentes mercados, que difundía un programa que iba de 7 a 8 por la desaparecida Radio Porteña.

Con el trabajo de venta ambulante llegó el progreso y así fue que Jorge fundó, en junio de 1916, la Tienda San Jorge. Inicialmente, este tradicional comercio del barrio de la Plaza Mitre estuvo en Río Juramento y Pringles, hasta que en 1920 se trasladó a su actual dirección de Rossetti y Pringles. Años más tarde, la bonanza le permitió también “motorizarse”: “Con mi tío, Fortunato Cura, hizo un viaje hasta La Pampa en un tren de carga, porque no tenían plata para ir. Hicieron una juntada de maíz y con lo que juntaron, papá compró una jardinera usada en la Herrería Petrella, que estaba en la calle Moreno. Mi tío Fortunato le hizo hacer en la parte de abajo una especie de cajón con alambre tejido, porque él recibía en pago, aparte de huevos, pollos y gallinas. Papá no recibía pollos porque acá no tenía lugar para esperar que alguien viniera a comprarlos. Fortunato, en cambio, tenía una quinta. Esa jardinera duró una punta de años hasta que en un momento determinado, allá por los años ‘40, hicieron hacer dos jardineras nuevas”, refiere Simón y luego continúa con su apasionante relato: “Fortunato llegó después que papá, pero ya tenían vinculación, porque la familia Cura y la familia Yapor eran del clan Gaia. En el clan Gaia estaban, además, los Elías y los Abraham. En la organización patriarcal alguien era el jefe de la familia y, en este caso, el jefe era Gaia. Papá no les tenía mucha simpatía porque, según contaba, no procedieron bien con él. Mi abuelo y mi abuela tenían que trabajar; papá era chico, tendría 4 o 5 años y lo utilizaron para que cuidara los chanchos. Dormía en un galpón y eso le quedó grabado, por el maltrato que había tenido, máxime haciendo alarde de que eran del mismo clan o la misma familia. Papá ni quería verlos y siempre aclaraba que él era Yapor Abraham y nosotros, Yapor Cura”.

   Simón Yapor está casado con Elisa García Gesteira (“Ñata”). Tiene tres hijos -Carlos, Horacio y Enrique-, nueve nietos y un bisnieto que, fiel a la tradición familiar, lleva por nombre Simón.

 

 

09/07/2012 21:37 José Yapor Enlace permanente. Los árabes en Chivilcoy No hay comentarios. Comentar.

Portadores de un legado

Mensaje de presentación del libro “Libaneses y sirios en Chivilcoy”. Museo de Artes Plásticas “Pompeo Boggio”, Chivilcoy (B.A.) – Argentina, 16 de junio de 2012

 Por José Yapor

   En esta noche, la memoria nos convoca y los protagonistas principales son nuestros antepasados. Sí, aquellos hombres y mujeres que hace alrededor de un siglo llegaron a estas tierras en busca de un porvenir mejor.

   Escaparon de la opresión, el hambre y la falta de oportunidades para poder vivir dignamente en sus propias patrias. Vinieron huyéndole al horror del Imperio Turco, que arrasaba con todo lo que encontraba a su paso.

   Vinieron desde Siria y Líbano y, en menor medida, de Palestina y otras naciones de Medio Oriente. Dejaron en sus tierras familiares y muchos seres queridos, que, en muchos casos, nunca más volverían a ver. Siempre la diáspora es sinónimo de dolor, violencia, destierro, despojo, exilio forzado e incertidumbre. Vienen a mi memoria aquellos versos de León Gieco que dicen “desahuciado está el que tiene que marchar a vivir una cultura diferente”.

   Llegaron con las únicas armas que tenían a su alcance: su inteligencia, sus brazos, sus piernas, pero sobre todo su inquebrantable voluntad para trabajar y aportar su esfuerzo a una Patria joven, a la que, agradecidos, amaron como propia.

   Los contingentes más numerosos se orientaron hacia el norte y la región cuyana. Buscaron paisajes, climas y condiciones de vida parecidos a los de sus países de origen. En las zonas centro y sur del país, el movimiento inmigratorio fue menos numeroso, pero también tuvo su importancia.

   Primero de a pie y con sus fardos a cuestas; más tarde en carruajes, fueron de tranquera en tranquera y de poblado en poblado ofreciendo productos de mercería, textiles, prendas y de tocador. Con el progreso, muchos de ellos se hicieron comerciantes y fundaron negocios que aún subsisten.

   No fueron la inmigración calificada que soñaron las elites gobernantes de entonces. Tampoco el país era el que pintó la historiografía oficial, institucionalizada en la enseñanza escolar a través de los manuales. La corriente revisionista de la historia, por medio de sus autores, cuestiona ese enfoque y Arturo Jauretche le puso rimas, cuando escribió: “Judío o turco mugriento le dicen al inmigrante, que se hizo criollo al instante y se mezcló en el gauchaje, a combatir los ultrajes de sajones elegantes”.

   Fue ese pueblo del interior profundo quien abrió los brazos a nuestros antepasados. Fueron los hombres y mujeres de pueblos originarios, el gaucho, el criollo y el mestizo quienes les hicieron sentir que esta Patria era también la de ellos. Fueron ellos quienes les ofrecieron hospedaje y les hicieron lugares en sus mesas, en aquellas salidas que duraban semanas enteras. Fueron el peón de campo, el chacarero, el alambrador, el esquilador, el tambero y sus familias quienes los recibieron festivamente cada vez que algún vendedor ambulante los visitaba.

   Y porque sintieron que esta Patria les pertenecía, nuestros abuelos y sus hijos participaron activamente de las grandes epopeyas populares del Siglo XX y también padecieron los sinsabores y derrotas que el devenir histórico puso frente a ellos.

   Días atrás, un colega me preguntaba cómo había surgido esta idea del libro. Le respondí que había sentido la necesidad de indagar sobre las causas y características del proceso inmigratorio. Le dije que prefería hablar de necesidad más que de obligación, porque lo que nos obliga no siempre nos provoca placer. Y recordé la idea que mi amigo Juan Larrea desarrolla en el prólogo, cuando expresa que somos las terceras generaciones las que nos interesamos por conocer nuestras raíces para recuperar nuestro pasado histórico.

   Hoy siento que hemos alcanzado esa meta. Y recurro al “nosotros” porque considero que  la aparición de este libro es un logro colectivo. Esas ricas historias que en estas páginas relatamos fueron escritas por aquellos nobles inmigrantes, actores centrales de este libro. Sus hijos y nietos mayores fueron los encargados de recrearlas y narrarlas. Sin el aporte de unos y otros, esta obra nunca hubiera visto la luz.

   Por eso quiero agradecer la buena voluntad y predisposición de quienes participaron. Respeto el silencio de aquellos que prefirieron no hablar. Y, por último, pido disculpas si en estos dos años de trabajo -por desconocimiento o falta de información- me olvidé de alguna familia.

   Este libro debe ser un punto de partida. Es de esperar que, dentro de algunos años, otras personas profundicen los temas aquí abordados. Porque seguramente habrá otras historias, con otros protagonistas y también otros relatos.

   En fin, esta obra que hoy presentamos habrá cumplido su cometido si, antes que brindarnos respuestas definitivas, es capaz de ayudarnos a que aparezcan nuevos interrogantes.  Porque esa es la esencia de la vida: una búsqueda constante, como aquella que emprendieron nuestros abuelos hace más de 100 años. Como portadores de un legado de trabajo, honradez y solidaridad, esta noche queremos brindarles nuestro sincero homenaje.

   Muchas gracias por esta compañía.

19/06/2012 05:36 José Yapor Enlace permanente. Los árabes en Chivilcoy No hay comentarios. Comentar.

“Trozos de una lejana historia”

Roberto Posik, hombre de reconocida trayectoria en el ámbito teatral, cuenta las historias de las familias Posik y Elías.

   Roberto Posik, descendiente de inmigrantes de Medio Oriente por las ramas paterna y materna, brinda un interesante testimonio sobre la historia familiar: “Juan Elías vivía con su familia en una aldea del Líbano, de cuyo nombre y ubicación no poseo datos. Tenía diez años y en una aldea cercana vivía la familia Nacme, que esperaba el nacimiento de una bebé, a la que  llamaron  Rosa”.

   “Tal como se acostumbraba en esa época y en esas culturas, la niña fue prometida a la familia de Juan. Pasaron  quince años y los jóvenes  nunca se conocieron. Rosa se había enamorado de otra persona, pero promesa en pie, fue obligada y preparada para concretar  el casamiento pese a las negativas y angustia de la adolescente. Parte de la ceremonia consistió en vestirla de novia, montarla en un burro, cubrirle la cabeza con un manto y, junto a sus parientes, iniciar el camino hacia la aldea, donde la esperaban el prometido y su familia. Los casaron”, relata Roberto.

   “A pesar de la llegada del primer hijo, ante las guerras, crisis y miserias vividas, Juan abandona a los suyos, va en busca de  nuevos horizontes y decide venir a la Argentina –prosigue-. Al llegar a Buenos Aires, se contacta con algunos paisanos que le sugieren trasladarse a Chivilcoy. Aquí realiza diversas tareas, hasta que le ofrecen arrendar una parcela de campo en la Estancia Del Socorro, en la localidad de Pla (Partido de Alberti). Era propiedad de los Alzaga Unzue. En tanto Rosa, que quedó sola, angustiada, sin recursos, observada por su comunidad y con un hijo al que llamaron Jorge, decide seguir el camino de su esposo y se embarca, con el apoyo de su familia, hacia la Argentina”.

   Roberto destaca que “ignorando el idioma, desconociendo esta cultura y -aún peor- el paradero de su esposo, con gran valentía y preguntando a sus paisanos, logra  llegar  al lugar donde vivía Juan. Nuevamente se une la pareja, y, a pesar de las tirantes relaciones en un primer tiempo, nacen  nueve hijos. Uno fallece al nacer y quedan Pedro, Juan, José, Antonio, Pablo, Cecilia, Ramona y María. El padre nuevamente abandona a su mujer y a sus hijos y compra una casa en la ciudad de Chivilcoy, frente a la Plaza Mitre. Algunos  de los hijos quedaron en el campo y otros llegaron a la ciudad, como Cecilia, que conoció a Domingo Posik, vendedor  de ropa que recorría las chacras. Nació entre ellos una relación”.

   “Domingo era inmigrante sirio –explica-. Vino de muy joven con su padre, Juan Posik, y su hermano, Salomón  Posik. Comenzó a trabajar vendiendo ropa que le proveían los paisanos que ya estaban instalados. Sus recorridos los realizaba en una bicicleta de reparto con una gran canasta. Luego compró una jardinera y amplió su clientela. Así llegó a recorrer la zona rural y poblaciones vecinas. Conoce a Cecilia Elías, se casan y  van a vivir a la casa que había comprado  Juan Eías, en el barrio de la Mitre”, añade.

   “Domingo  y Cecilia  abren una tienda, a la que llaman ‘La Rosada’. Gracias al esfuerzo, el empuje y honestidad de ambos, lograron prestigiar  este negocio y atraer  clientela de distintos barrios. De esa unión nacen cuatro hijos: Angelita, Juan Carlos, Roberto y Antonio. Siendo los hijos muy pequeños, Domingo contrae tuberculosis, para esa época una enfermedad incurable, y fallece a los treinta y tres años”, lamenta Roberto.

   “Cecilia queda sola, con una gran carga, sus hijos  y la responsabilidad del negocio al que no pudo seguir atendiendo. Se vio obligada a cerrarlo. Pasados algunos años, se casa con José Moyano. De ésta unión nace una hija, llamada Norma”, finaliza.

El Teatro atrae a los Posik-

   El apellido Posik está inconfundiblemente ligado a la historia del teatro. Juan Carlos, el que abrió el camino, fue convocado por integrantes de la Agrupación Artística Chivilcoy para integrar el elenco. Con su entusiasmo, contagia a sus hermanos Roberto y Antonio, quienes continúan  hasta hoy.

   Juan Carlos participa de varias obras y luego se traslada a Buenos Aires, donde se perfecciona con actores de primera línea, como Juan Carlos Gené, María Rosa Gallo y otros. Tiene la gran oportunidad de ingresar al elenco estable del Teatro San Martín. Desarrolla allí sus actividades durante más de diez años. Su carrera se vio interrumpida por un grave accidente, que redujo sus posibilidades artísticas. Igualmente se siguió perfeccionando como director y realizó varias puestas en escena, tanto en Chivilcoy como en Buenos Aires. Está casado con la licenciada Elena Marangoni y sus tres hijos son Laura, Damián y Julián.

   Roberto Posik continúa haciendo teatro en la Agrupación Artística Chivilcoy, con una trayectoria ininterrumpida de cincuenta y seis años. Dentro de la actividad teatral, se destaca como actor, director, autor y profesor de talleres teatrales. Realizó más de un centenar de puestas en escena y obtuvo premios a nivel local, regional y provincial. Actualmente se desempeña como presidente de la Agrupación Artística Chivilcoy. Está casado con la profesora María Ester Marangoni. Sus dos hijos son Daniel  y Eduardo Posik. El primero es profesor de teatro, actor y director de la escuela de teatro “La Casona de Moliere”. Eduardo es diseñador gráfico y posee una imprenta.

   Antonio Posik también fue seducido por la actividad teatral. Figura entre los fundadores del Teatro “El Chasqui”, donde dio sus primeros pasos en la actividad junto a su señora, Estela Callaci. Hoy,  después de  cincuenta años, continúan con la actividad en la Agrupación Artística Chivilcoy, como actores y directores. Obtuvieron premios a nivel local, regional y provincial. Tienen un hijo llamado Mariano, dedicado a las video-filmaciones.

   A modo de reflexión final, apunta Roberto: “Como la historia de tantos… desde aquel lejano día en que Rosa Nacme -montada en un burro, a ciegas-, iba hacia un incierto y oscuro destino, hoy se multiplicaron las familias, recordamos y atesoramos trozos de una lejana historia que nosotros seguimos contando”.

Autor: José Yapor

26/05/2012 05:47 José Yapor Enlace permanente. Los árabes en Chivilcoy No hay comentarios. Comentar.

Dos hermanos que llegaron “en plena guerra”

Héctor Alcides Trod contó la historia de su abuelo, Jorge Elías, un inmigrante sirio que tuvo catorce hijos.

 

   “Soy nieto de un inmigrante de Beit Mellat (Líbano). Llegaron a la Argentina dos hermanos, allá por 1870 o 1875. Fue en plena guerra, cuando se dividía Siria con el Líbano. Los hermanos se despidieron en el puerto, cuando bajaron del vapor, y uno de ellos se fue para Rosario y el otro se vino para Chivilcoy con otras familias que venían de allá”.

   Héctor Alcides Trod comienza relatando de esta manera una historia familiar que transcurrió entre la zona oeste de la provincia de Buenos Aires y Chivilcoy.

   “Mi abuelo, Jorge Elías Trod, tenía catorce hijos. Su esposa fue Emilia Lombardo. Mi padre, Elías Trod, fue el mayor. Mi abuelo se dedicó a lo que se dedicaba la mayoría de esa colectividad: era gallinero. Recorría San Sebastián, Moquehua y La Rica. Pudo comprarse su quinta, hacer una base económica, crió a sus catorce hijos y murió a los setenta y cuatro años. Muchos de los hijos, después de vivir y crecer en Chivilcoy, emigraron a Buenos Aires o al Gran Buenos Aires, allá por la década del ‘50, cuando lo hacía mucha gente”, cuenta Héctor.

   “Después de treinta años, los dos hermanos se reencontraron. El hermano apareció en la quinta de mi abuelo. El tenía dos hijos médicos. Después de muchos años, en 2008, cuando me hacen un reportaje para el Día del Peluquero en el diario La Razón, ven el apellido por Internet y se comunican conmigo para saber qué era yo de ellos. Y resultamos ser primos segundos. La segunda generación. Uno de los hermanos médicos está en Córdoba y, en Rosario, hay un laboratorio Trod”, explica.  

   “De los hijos de mi abuelo, sólo vive la menor –indica-. Y quedamos los nietos de ese inmigrante, Jorge Elías Trod. Traté de investigar y conservo un papel. El tuvo que hacer unas declaraciones como que era árabe y que había tenido que atravesar la frontera turca. No nos confundamos, porque no eran turcos, sino árabes. Mi abuelo era de la religión católica y, antes de morir, pidió la visita de un sacerdote. Mi padre, y nosotros, también lo somos y tenemos los sacramentos de la Iglesia Católica”, comenta.

   “Por  parte de padre desciendo de árabes. Por vía materna, mi abuela era parisina y mi abuelo de los Pirineos, vasco francés. Mi mamá se llamaba Angela Paulina Launay. Mi abuela vino de París a los dieciocho años. Era de esas familias golondrinas que buscaban paradero y la única que nace en Francia es mi abuela; todos sus hermanos nacieron acá, en Chivilcoy, y eran de apellido Locarnini. Mi abuela después se casa con Pablo Launay y de ese matrimonio nacen tres hijas: Luisa, mi madre Angela Paulina y Rosalía, que falleció a principios de 2011, a los noventa años. Mi madre era de 1908”, puntualiza Héctor Trod.

   “Soy el menor de once hijos. Mi primera hermana, Emilia Adelina, nació en el año ‘29 y yo, en el ‘49. En el medio, hay nueve hermanos más: Pablo Jorge, Horacio, Angel, Orlando, Hugo, Ofelia Susana, Juan Carlos, Javier Eduardo y uno que murió al nacer y no pudo ser anotado en la libreta de casamiento. Ellos se casaron en América, partido de Rivadavia. Mi padre era agente de Policía y estuvo destinado en destacamentos de Carlos Tejedor y Sundblad. Tengo muchísimos primos y hasta algunos que no conozco, porque la familia fue muy grande y muchos emigraron de Chivilcoy. Además, a mí me absorbió mucho mi trabajo. Trabajé en una peluquería de prestigio, de mucha categoría, y la mayor parte del día me la pasaba ahí adentro con los hermanos Salvatore. De todos los hermanos quedamos tres: Hugo, Javier y yo”, agrega.

   Asegura Héctor que “las costumbres árabes existieron mientras vivieron mis abuelos. Después se fueron perdiendo, porque la cultura de los árabes es distinta a la de los franceses”, reflexiona.

   “Si hubiera podido estudiar, sería profesor de historia –afirma-. En aquella época no teníamos la posibilidad que existe ahora, de trabajar y estudiar por la noche. Lo he dicho muchas veces: hoy el chico que es carenciado, pero tiene voluntad, puede trabajar y estudiar, porque tiene primario, secundario y universidad nocturnos. Tuve la suerte que mis dos hijas pudieran estudiar: una es profesora de psicopedagogía y otra, profesora de educación física, especializada en cardiología, neurología y traumatología”.

   Héctor Trod está casado con María Eva Giorello. Son sus hijas María Andrea y María Gabriela.

Autor: José Yapor

06/05/2012 05:15 José Yapor Enlace permanente. Los árabes en Chivilcoy No hay comentarios. Comentar.

“Nos ha quedado la solidaridad de los árabes”

Silvia Beatriz Amar cuenta la historia de sus abuelos libaneses y evoca la llegada de sus padres a Chivilcoy, luego de un largo itinerario por diferentes regiones del país.

 

   Silvia Beatriz Amar pertenece a una familia de inmigrantes libaneses, que arribaron al país a comienzos del siglo pasado. La historia de sus abuelos estuvo signada por un largo peregrinaje que incluyó el sur de Santa Fe y Córdoba, el oeste bonaerense y el Gran Buenos Aires.

   Los cinco hijos del matrimonio conformado por Alejandro y María Amar fueron María Angélica (“Porota”), Nelly (“Pirucha”), Fares (“Pipiolo”), Eduardo Nagib y Leonel Rached.

   Su padre fue el cuarto de los hermanos, Eduardo Nagib, quien se casó con Lady Cipriano. Del matrimonio nacieron Silvia Beatriz, Eduardo Alejandro y Rodolfo Félix. Ocho nietos y un bisnieto hoy completan la descendencia.

   “Nosotros somos nietos de libaneses. Mi abuelo llega a la Argentina en el año 1904. El destino no era Argentina. El destino era Estados Unidos, pero como hay una epidemia de conjuntivitis viral, el barco queda en Brasil. Al quedar en Brasil, no podían seguir hasta Estados Unidos y los derivan hacia Argentina. Seguramente en Estados Unidos habría algún paisano que les habrá pasado el dato que la cosa estaba mejor. Se fueron del Líbano por la miseria”, inicia su relato Silvia.

   Explica que “nuestro verdadero apellido es Ammar y cuando llegan queda con una sola m. Pero el tío de papá, hermano de mi abuelo Alejandro, que vivió en Mendoza, ese sí les hizo colocar las dos m. Ese es el verdadero apellido”, insiste.

   “Mi abuelo llega con su tía, María Amar, y con su prima, Josefa Rached, que era una beba de meses –continúa-. Llegan acá. Habría algún otro paisano que les indicó dónde podían ir, porque tenían que venir directamente a la Argentina, y se van para el lado de General Villegas. Hay un lugar, Jovita –en Córdoba-, donde empezó su actividad mi abuelo, en ramos generales. Se casa con su prima. Esa bebita que venía en el barco crece y mi abuelo se casa con su prima hermana. De esa pareja nacen cinco hijos, de los cuales mi papá era el cuarto. Cuando nace el quinto hijo, Leonel Amar, mi abuela se enferma por una infección posparto y fallece. Queda mi abuelo con sus cinco hijos y, su tía y suegra a la vez, se hace cargo de esos cinco chicos. Ya estaban en Cañada Seca, donde el abuelo sigue con una sucursal de ramos generales que había tenido en Del Campillo, donde nacieron mi papá y mis tíos”.

   Silvia cuenta que su abuelo sufre “una gran depresión por la muerte de su esposa, se va al campo otra vez y se queda un tiempo solo. Los chicos quedan a cargo de mi bisabuela y después mi abuelo regresa a Cañada Seca. Ahí, mi papá y mis tíos fueron criados por la abuela María y después empiezan a emigrar a Buenos Aires. Se vienen a trabajar todos acá. Mi abuelo también se vuelve y, cuando llegaron a Buenos Aires, emprendieron distintas actividades”.

   “Mi papá y mi tío Leonel, los dos varones más chicos, empezaron a vender ropa –apunta-. Tenían un Ford T que habían comprado y empezaron a trabajar toda la zona de Chivilcoy, sur de Santa Fe y sur de Córdoba. Papá tenía gente muy amiga acá. Estuvimos viviendo en Berazategui y, cuando papá decide venirse acá, lo hace porque le gustaba el lugar y le gustaba la gente. A mi mucho no, porque tenía quince años, y mis hermanos –tanto ‘El Turco’ como ‘Drupy’- se adaptaron mejor al ser más chicos. Mi abuelo estuvo un tiempo viviendo acá, en Chivilcoy, con nosotros y visitaba a sus hijas que habían quedado en Berazategui. Nosotros teníamos una casa de venta de ropa allá, donde tengo a toda mi familia. De los cinco hermanos de papá, en Berazategui quedaron dos tías. Mi tío Leonel Amar, que me dio parte de estos datos, vive en Capital”, añade.

   Al hacer referencia a la importancia que su familia le da a las tradiciones, Silvia Amar señala que “a nosotros nos ha quedado la solidaridad de los árabes, las comidas –algunas sigo haciendo- y los rituales en las fiestas, en el baile, que es el dabke, que se baila con todos tomados de las manos, y algunas canciones. Ninguno de los tres hermanos sabemos hablar en árabe. Mi papá, más que hablarlo, lo entendía. Nos quedaron refranes árabes que nos enseñaban mi papá y mis tías. Por ejemplo, ‘em saim metal tim lan el yeta’, que quiere decir ‘más desabrido que higo de lluvia’. Mi papá siempre tenía algún refrán árabe que significaba algo”, evoca con emoción.

Autor: José Yapor

10/04/2012 03:54 José Yapor Enlace permanente. Los árabes en Chivilcoy No hay comentarios. Comentar.

“En mi casa se hablaba árabe, pero medio cocoliche”

La historia de las familias Sarkis – Aré, que incluye una vasta trayectoria comercial en nuestro medio, fue contada por Oscar Sarkis.

 

   Oscar Sarkis es hijo de Fares Bechara Sarkis y Amira Aré y nieto de Juan Aré y Ventura Rey, todos ellos inmigrantes libaneses. Es otro de los integrantes de la colectividad árabe de Chivilcoy, que accedió a contar la historia familiar.

   “Mi papá y mi mamá vinieron del Líbano. Mi mamá vino con la familia. Mi abuelo viajó a hacerse la América y se estableció en Entre Ríos. Emilio, el mayor de mis tíos, vino en ese viaje con su padre. Según me cuentan, porque en esa época los adultos no comentaban mucho con los chicos, en Entre Ríos mi abuelo tenía autorización para entrar a la cárcel y venderle a los presos. Ahí nació mi segunda tía, Emilia”, comienza su relato Oscar.

   Explica que su abuelo acostumbraba dejar “todo listo para volver de nuevo al Líbano. Dejaba los colchones colgados de los techos. Era albañil y tenía dos casas de ese tipo de piedra que se hacían entonces. Y tenía seis o siete terrenos con olivos, que allá tenían mucho valor. Volvió al Líbano con sus dos hijos –Emilio y Emilia- y allá nace mi mamá –Amira- y dos tías más, que eran María y Adela. No sé por qué motivo vuelve de nuevo a América y se establece en Chivilcoy, donde nace el menor de los hijos, José, en el lugar donde todavía estamos nosotros”.

   “El era oriundo de una ciudad que se llama Zgharta –especifica-. En mi casa se hablaba árabe, pero medio cocoliche, o sea mezclado. Mis tíos y mi mamá, que vinieron de chiquitos, nunca aprendieron a escribir en árabe. Y yo, como soy medio duro para los idiomas y en la escuela siempre me iba a examen en inglés, sólo aprendí algunas palabras del árabe, pero nunca a hablar”, afirma resignado.

   “En el año 1917, mi abuelo compra esta propiedad, que compartía con la familia Malfetano –apunta-. Cuando Malfetano se va y compra otra casa, mi abuelo le compra la esquina a una familia de apellido Bonecasse.  Al lado vivían los Grisolía y eran todos de la misma barra. Acá a la vuelta nació Pascual Contursi, en el garage de Grisolía”, precisa.

 

“La Central”

 

   También habló de la actividad comercial de su familia, en la recordada Tienda “La Central”, de Avenida Soárez y Rossetti. “Puso una tienda, como casi todos los que venían del Líbano. En la primera época, mi abuelo iba todos los días con el fardo al hombro a vender mercadería. Llegaba hasta Ayarza, iba y volvía. ¿Ahora quién va a hacer eso, de a pie y con un fardo al hombro? –se pregunta Sarkis-. La tienda se llamaba ‘La Central’. Mi tío y mis tías que estaban acá eran socios en la tienda. Tuvo la original idea de armar un equipo de transmisión con la camioneta para recorrer por todos lados haciendo publicidad.  Al principio, era un martillo y en el medio había un patio de esos antiguos con galería. Había un empleado que empezó a trabajar cuando mi mamá era soltera y se fue cuando yo tenía casi cuarenta años, cuando cerraron”.

   En su derrotero comercial, la tienda atravesó etapas críticas. “Mi tío, para hacer este edificio, pidió un crédito en el Banco Provincia –refiere-. Como la inflación lo superó, entró a pedir plata a los usureros, se empezó a hacer una bola cada vez más grande y se fundió. Como había comprado muchas propiedades y terrenos, los vendió y salvó todo esto y el galpón que está al lado de mi casa. En el ‘59, cuando me recibí de maestro en el Normal, se inauguró el local nuevo. Después, habrá durado cuatro años más, y se convirtió en el primer autoservicio de Chivilcoy. Se llamaba ‘El Galeón’. Como mi tío andaba mal, ponía el local y se asociaron un primo, hijo de Emilia -Pedro-, y León Lejman, que tenía ‘La casa del retazo’ al lado de lo que hoy es la pizzería ‘Don Pedrín’. No era de Chivilcoy. Era la persona que ponía el efectivo y ahí nació ‘El Galeón’, con los tres socios. En ese momento fue un boom; la gente hacía cola para comprar. Los que vivíamos acá participábamos de la sociedad y yo, además, era empleado”, añade.

 

Pasajes rotos

 

   “Mi papá viaja solo a la Argentina, a los treinta años, y se queda en la casa de una tía que ya vivía en Buenos Aires -señala Oscar-. Realmente cómo se conocen mi mamá y mi papá, no tengo idea, porque de eso nunca se hablaba con los chicos. El trabajaba en Buenos Aires y, después de un tiempo, se arrepiente de haber venido. Se carteaba con la madre y el padre; tenía siete hermanos en el Líbano. Por supuesto, debo tener infinidad de parientes que no conozco. El les pide a los padres que le mandaran los pasajes para volverse en barco. La tía recibe los pasajes, pero como se había encariñado con él, los rompe y no le dice nada. Después de un tiempo, cuando ya se había acostumbrado a vivir acá y todo eso, la tía le comenta que le había roto los pasajes que le habían mandado para volver”.

   Comenta que “en esta casa éramos muchos los que vivíamos: dos tías solteras, mi tío, mi mamá y mi papá. En esa época se acostumbraba a vivir juntos en la familia, especialmente los solteros. Después tenía dos tíos mayores, que estaban casados y tenían hijos, que vivían en sus propias casas”.

   Explica que, una vez, sus parientes del Líbano “hablaron con Jadiye Amado y le dijeron que si pasaban cincuenta años y nadie reclamaba unas propiedades, el gobierno se iba a quedar con todo. Entonces, ahí empiezan a hacer los trámites para venderlas. Los parientes no quieren saber nada, pero había otros parientes que tenían plata y estaban en el Ministerio de Justicia, que consiguieron vender las propiedades. Mis tíos me querían mandar a mí, porque si iba allá las podía vender a mejor precio. Pero yo tendría veinte años y no tenía ni idea”, agrega.

   Al preguntarle si tiene parientes en la tierra de sus ancestros, asegura que “por el lado de Sarkis nunca supe nada. El único que se comunicaba era mi papá, con la madre y los hermanos. Les mandaba cartas, porque él sabía escribir en árabe, pero una vez que muere se cortó la comunicación. Ni sabrían ellos que había muerto, porque no hubo forma de comunicarles”.

   Detrás de su nombre, también hay una historia particular: “Cuando nací me querían poner Bechara, pero lo tenían que traducir al castellano y era Anunciato. Entonces, el tipo del Registro Civil los convenció y les dijo: ‘No le pongan ese nombre, porque cuando vaya a la escuela los chicos lo van a cargar’. Y me pusieron Antonio como segundo nombre, porque eran devotos de San Antonio”.

   Sobre el resto de la familia Aré, Oscar Sarkis explica que “Emilio tuvo dos hijos: Juan e Isabel. Vivían en la avenida Ceballos y tenían una tienda. Emilia era casada con un primo, también de apellido Aré, y tuvieron seis hijos, entre ellos mellizas. El único que vive es Ricardo, que es médico cirujano y vive en Saladillo”.

   En el tramo final de la entrevista, habló de sus propias actividades: “Empecé vendiendo perfumes dentro de ‘El Galeón’ y, cuando cerró, me quedé con la perfumería. Llegué a tener cuenta corriente en setenta laboratorios y empresas importantes. Después salí a vender en los negocios, como peluquerías y kiosquitos, y llegué a tener ciento y pico de clientes. Un día me vinieron a buscar de la Escuela Integral, en el año ‘77, para dar clases de ajedrez. La materia era extraprogramática. La escuela era de doble turno y yo daba clases por la tarde a los grados superiores: quinto, sexto y séptimo. Estuve hasta el año ‘90, cuando la sacaron por un problema de espacio. En el ‘89, el Integral crea el secundario, que iba a la tarde y empezaba a las cinco, cuando se retiraban los chicos del primario. En invierno se hacía de noche; entonces, agregaron algunas horas a la mañana y sacaron de la tarde las extraprogramáticas. En los últimos años que estuve yo, además, empezó a ser escuela mixta”, completa.

   Oscar está casado con María Herminia Cartier, docente jubilada de vasta trayectoria en diferentes distritos bonaerenses. Son sus hijos Silvina y Enrique. Entre sus nietos se cuentan Pablo, Carolina, Hernán, Fátima, Maia y Olivia.

Autor: José Yapor

06/03/2012 02:30 José Yapor Enlace permanente. Los árabes en Chivilcoy No hay comentarios. Comentar.

Los Abraham: del Líbano a Las Marianas

Máximo Abraham y Fatún Samad tuvieron dieciséis hijos, que continuaron con la tradición comercial de la familia en el rubro panadería.

 

 

   Ale Husain Obeid, anotado en el puerto de Buenos Aires como Máximo Abraham, llegó a la Argentina el 14 de enero de 1914 procedente de Bajún, poblado cercano a Trípoli -en el norte libanés-, a bordo de un barco que partió antes que el accidentado Principesa Mafalda.

   Nacido el 16 de marzo de 1900, Máximo se casó con María Josefa Sarlenga, con quien formó una numerosa familia que se completa con sus hijos Nélida, Abelardo, Mainardo, Elsa, Haydée, Delia, María Josefa, Máximo Alcides, Leonardo, Aldo José (‘Yeye’), Orlando Husain, Yamila, Roberto, Ulises Odubaldo y Zulma Nidia.

   El relato de la rica historia familiar, que tuvo como escenario principal la localidad de Las Marianas (Partido de Navarro), estuvo a cargo de María Josefa Abraham.

   “Mi papá llegó a América un 14 de enero de 1914 y cumplió los 14 años el 16 de marzo –puntualiza María Josefa-. Vino solito y acá lo esperaban dos hermanos de mi abuelo. Cuando llegó, mis tíos le tenían preparado el fardo con ropa para que saliera a trabajar. El contaba que dejó su equipaje a un lado, hasta que los encontrara en el puerto, y cuando lo fue a buscar no lo encontró. Se lo habían robado o equivocaron el equipaje, pero no lo encontró”.

   Relata María Josefa que su padre “a los 19 años se pone de novio con mi mamá, María Josefa Sarlenga, nacida en Chacras de Lobos. Mi abuelo vivía en un puesto donde hacían chacra y ella le ayudaba. Vinieron al pueblito de Las Marianas y ahí se conocieron. Con uno de los tíos tenía más afinidad. Hablaban de negocios y progreso y pusieron una panadería en sociedad. Mi papá compró maquinaria y él le dio la casa. Empezó a trabajar en panadería. No dejó el negocio de ropa. Después compró un camión y empezó a comprar frutos del país, como cerda, lana y cuero. Seleccionaba todo en casa, se trabajaba y se mandaba todo a plaza, a Buenos Aires”, recuerda.

   A diferencia de muchos otros paisanos, don Máximo regresó a su tierra tras el paso de algunos años. “Viajó al Líbano con mi mamá y el menor de mis hermanos, Ulises. Mi hermanito estuvo muy mal, nunca supimos por qué, y no quiso dejarlo aquí en la Argentina. Regresaron, vio a sus hermanos allá, después sus hermanos vinieron a visitarlos y tengo el nombre de uno: Mohamed Elgul Obeid, hijo de una hermana de mi papá”, cuenta.

   “Mi abuelo era califa o sheik de las aguas territoriales; tenía un alto cargo en el Líbano. No sé con qué vecino hubo un problema con las aguas. Creo que una vez le pasó algo raro a mi papá y, para que no pasara a mayores, mi abuelo lo mandó a América con los hermanos que estaban acá”, refiere.

   María Josefa evoca los tiempos en que su padre salía a vender con el fardo al hombro por poblados del oeste bonaerense. "En el pueblo Las Marianas agarraba por las vías. Salía con sus fardos y entraba donde encontraba un pueblito. Con el fardo al hombro llegaba a Henderson, en la línea del ferrocarril Belgrano. Lo hacía todo caminando”, asegura.

 

Dos banderas

 

   “En la panadería y en la tienda ponía la bandera argentina y la bandera árabe, con la estrella y la media luna blanca –enfatiza-. Ahora se suplantó por el cedro. Mi hermana conserva la bandera allá, en Las Marianas. Está todavía la panadería primitiva. De esa panadería salieron panaderías para Almeyra, Navarro, Carmen de Areco y Chivilcoy. Mi hermano falleció, pero está la señora con uno de los nietos trabajando en la panadería. Es en la calle 28 al 130. Todos los negocios se llaman ‘El Porvenir’ y todos hacen un pan especial”, destaca.

   La familia desembarcó en Chivilcoy para abrirse nuevos horizontes y para que sus hijos pudieran estudiar. “Las chicas de mi hermana querían estudiar y en Las Marianas no había. Tenían que viajar a Navarro o algo así. Una familia amiga de Las Marianas que estaba en Chivilcoy, les dijo que acá había escuelas y se vinieron a estudiar. Llegamos a Chivilcoy por eso. Cuando cerraron el ferrocarril, tuvimos que emigrar nosotros. Fuimos hasta Margarita, en el Chaco santafesino. Allá teníamos colegio para Walter en Calchaquí y para la nena no sé en qué otro lado y de tarde. Y nos vinimos a Chivilcoy”, explica.

   Por último, afirma que “en Las Marianas no había familia que no fuera propietaria de su casa. Era un pueblo de campo donde todos los días iban tres trenes para la Capital y otros tres volvían. Cuando sacaron el ferrocarril se vino abajo”, concluye.

   María Josefa Abraham está casada con Héctor Aníbal Díaz. Sus hijos son Walter y Alejandra Díaz.

Máximo Abraham y Fatún Samad tuvieron dieciséis hijos, que continuaron con la tradición comercial de la familia en el rubro panadería.

Autor: José Yapor

“Con ese charré y el caballo trabajó toda su vida”

Carlos Sleyman recordó a su padre, Brahim Hasan, inmigrante de origen sirio que arribó al país a fines de los años ‘20.

 

   “Mi padre vino de Siria. Allá era casado. Llegó a Italia con la señora y dos hijos, pero la señora no pudo seguir por un problema en la vista y volvió a Siria. El siguió viaje a la Argentina y los paisanos lo mandan a Chivilcoy. Acá había un paisano, Enrique Amado, que tenía una tienda en avenida Sarmiento y Brandsen. A todo paisano que llegaba le daba mercadería para que saliera a vender. Llegó en el año 1929, trabajó tres años vendiendo mercadería y vuelve a Siria para traer a su familia. En el segundo intento tampoco pudo; entonces, vuelve a la Argentina y después de unos años se casa con quien fue mi mamá. Tuvo seis hijos, cinco mujeres y yo. Para poder casarse acá dijo que era viudo. En una palabra, mi padre era bígamo. En esa época se usaba la dote, como la usan actualmente los gitanos. Cuando se casaron, mi papá tenía 48 años y mi mamá, 16. Desde que tuve uso de razón, hasta la juventud, supe que mi padre giraba dinero para su familia que había quedado allá. Inclusive mi mamá sabía que allá tenía familia”.

   Quien cuenta esta historia es Carlos Alberto Sleyman, hijo de Brahim Hasan Sleyman y Sara Blale (Blel, por su fonética). Su padre nació en Haret El Waquef, Partido de Draikich (Siria). La familia se completa con sus hermanas María Teresa (Maríe en árabe), Marta Susana (Fodda), Ana María (Leila), Marcela Patricia (Yamile) y Rosana Alejandra (Amine).

   “Crió seis hijos y llegó a tener casi un cuarto de manzana por la plaza Moreno, todo con ese trabajo de ‘turco’. Si a mi padre alguien le decía ‘turco’, lo peleaba. Eso fue así porque los que venían de allá tenían pasaporte turco, porque estaban justamente bajo bandera turca. Con mi padre no fue así, porque tenía pasaporte francés. Quiere decir que a él tranquilamente le podrían haber dicho ‘el francés’”, relata.

   Cuenta Carlos que “la casa estaba sobre Primera Junta, a una cuadra y media de la plaza Moreno. A la vuelta, sobre calle Frías entre avenida Ortiz y Primera Junta, teníamos otra entrada por donde entraba el charré cuando volvía de la recorrida por el campo”.

   “Primero salió a pie. Iba hasta una tranquera con un fardo y luego volvía a cierta distancia, donde había dejado el otro fardo, y lo llevaba. Un sacrificio grande. Después compró el charré y luego quiso progresar y compró una Ford A, pero como no la quería meter en el barro, porque la cuidaba mucho, la vendió y volvió a comprar un charré. Con ese charré y el caballo trabajó toda su vida”, destaca. 

El recorrido

   Cada vendedor ambulante de origen árabe tenía su propio recorrido y, entre los miembros de la colectividad, existía una especie de pacto no escrito que evitaba la competencia en una misma zona.

   “El generalmente hacía la zona de Henry Bell y, como en abanico, iba a La Rica, parte de Gorostiaga y tocaba un poquito de San Sebastián. Ese abanico entre Henry Bell y Gorostiaga, lo hacía todo. El hablaba de viajes cortos y largos. Había viajes en los que estaba una semana sin volver. Otros viajes, que eran largos, le llevaban quince o veinte días. Llevaba su catre, pero la gente no lo dejaba dormir en el galpón. Dormía con los hijos de los clientes que visitaba. Los padres de algunos clientes que tengo en mi negocio, dormían con mi papá. Los clientes de mi papá, cuando venían cada quince días al pueblo, desataban el sulqui en mi casa, hacían las compras, almorzaban, hacían una siestita en casa, ataban y se iban para el campo.

   Ferviente musulmán, de la rama alauita, Sleyman explica que junto a sus hermanas “aprendimos a hablar el árabe casero antes que el castellano, pero el árabe común, porque el idioma es muy amplio. Mi mamá era hija de sirio; entonces, lo hablaban entre ellos y nos hablaban a nosotros. Después, con la primaria y los chicos del barrio, fuimos aprendiendo el castellano. Se casaron en 1945. Mi mamá vino de Buenos Aires y mi papá ya había comprado la casa. Se conocieron por intermedio de miembros de la colectividad. Al lado de Ciudadela hay un barrio que se llama José Ingenieros. En ese barrio, dentro de 10 o 20 manzanas, el 80% era árabe. Inclusive está la Sociedad Alauita, una de las ramas del Islam. Ahí se conoció con mi mamá. Mi padrino, por religión, era el presidente honorario o fundador de esa sociedad. Era el padre de Jadiye, la esposa de Abraham Amado. Puede haber descendientes de musulmanes, pero el único que profesa la religión acá, en Chivilcoy, soy yo. No quedó otro. Al ser el padre de Jadiye mi padrino, ella pasó a ser hermana por religión e inclusive sus hijos, Sami, Jalil y Fátima, sobrinos míos por religión”, puntualiza.

   Del legado de sus mayores, Carlos Sleyman rescata “la honestidad, el sacrificio, el trabajo, la constancia, la crianza, la buena educación, el ser familiero, el no subestimar a los demás, la fe y las creencias que mamamos de chiquitos”.

   Este hombre, casado con Amalia Esther Jaime y padre de Daniela Carla, mantiene en pie las tradiciones árabes. A su fe inquebrantable, suma su gusto por la música de Medio Oriente y sus buenas cualidades como cocinero de “niños envueltos con hojas de parra, kebbe al horno relleno, chinchulines rellenos, sfijas (empanadas), burgol y laben (yogur). Viendo a mi madre y preguntando, fui aprendiendo, aunque me falta aprender algo de repostería”, reconoce.

Autor: José Yapor 

21/09/2011 03:03 José Yapor Enlace permanente. Los árabes en Chivilcoy No hay comentarios. Comentar.

“Continuamos con muchas de las tradiciones”

Mabel Posik, hija de inmigrantes árabes, contó la historia de una familia con profundo arraigo en la comunidad chivilcoyana. La historia comenzó a escribirse con la llegada a estas tierras de cinco hermanos procedentes de Siria. 

 

   Mabel Posik es parte de una familia con presencia centenaria en Chivilcoy. La historia se inició con el arribo a nuestra ciudad de cinco hermanos que, imitando a millones de connacionales, abandonaron su Siria natal y eligieron como destino el continente americano, forzados por la dominación turca.  

   “Papá, Agustín, llegó a estas tierras muy joven, no sé con exactitud a qué edad. Vinieron escapando de la guerra cuatro varones y una mujer: Julio, Zaqui (José), Aviv, Jorge, Agustín y Jatún. Los mandó su mamá para salvarlos sabiendo, tal vez, que nunca más los volvería a ver”, comenta Mabel.

   “Su ciudad de origen fue Mardin – Alepo (Siria). En ella quedaron seis hermanos más, uno de los cuales era sacerdote. Papá sabía contar que tenían allí una holgada posición económica, pues se dedicaban a la crianza de caballos de carrera. Poseían una casa de dos pisos, que fue destruida totalmente por el flagelo de la guerra. Tal vez, a ello se debió la decisión de mi abuela Farida –así se llamaba mi abuela paterna-, para que vinieran a América”, explica.

   Los hermanos Posik “navegaron durante mucho tiempo y pasaron muchas peripecias, dado que los barcos de aquella época nada tenían que ver con los actuales. Al llegar a Buenos Aires, la primera dificultad fue el idioma, totalmente desconocido, y decidieron establecerse en Chivilcoy porque ya había otros paisanos”, relata Mabel.

   Una vez establecidos en Chivilcoy, algunos de ellos decidieron probar suerte en otros lugares. En tal sentido, Mabel apunta que “luego de un tiempo, mi tío Aviv se fue a Brasil para probar suerte y mi tío Zaqui se trasladó a Buenos Aires con la misma intención. Mi papá, mi tío Julio y mi tía Jatún se quedaron acá, pero más adelante mi tío Julio también se fue a Buenos Aires. Quedaron en Chivilcoy mi papá y mi tía”, añade.

 

El fardo al hombro

 

   Don Agustín “alquiló una casa en Avenida Ceballos y Boquerón. Salió a vender al campo con su fardo al hombro –primero-, luego compró una jardinera y finalmente una chatita, que sólo arrancaba dándole manija. Allí hizo una buena clientela. Cuando se afianzó económicamente, dejó de salir al campo y se estableció en la tienda ubicada en avenida Ceballos y Boquerón, llamada La Florida. Logró hacer una posición económica buena, no rica, sino holgada. Sus clientes eran amigos y venían a realizar sus compras, que pagaban después de levantar la cosecha. Venían desde la mañana, almorzaban en casa y luego regresaban”, rememora.

   “Y llegó el momento de formar una familia –continúa-. Le comentaron que había chicas casaderas paisanas en Chacabuco y allí fue Agustín. Se presentó y le gustó una, llamada María, y comenzó a visitarla hasta que se casaron, después de un noviazgo no muy largo. Se casaron en Chacabuco, pero la fiesta se hizo en Chivilcoy y duró siete días, porque a donde iban los novios a cenar, eran acompañados por todas las familias”.

   Precisa nuestra entrevistada que su mamá tenía veintiún años y su padre, treinta y cinco y destaca que “formaron una familia maravillosa. Nacimos tres hijos: mi hermano Rafael (‘Negro’), Mabel y, después de once años, Graciela. A pesar de poseer la virtud de la humildad, nos dieron una cultura y respeto, de esos que los libros no te brindan”, subraya.

   Mabel describe a su padre como “un hombre mesurado, pacífico, honesto, luchador, que cumplía con su palabra cueste lo que cueste y decía que, antes de emitirla, había que pesarla, porque una vez emitida no tenía regreso”.

   “A propósito de ello, aprovecho a decir que fue un autodidacta. Le enseñó a leer y a escribir a un amigo que se llamaba Esteban Córdoba, a quien todos apreciábamos y respetábamos. Todas las noches venía a visitarnos, tanto en invierno como en verano. Mi papá sabía muy bien leer y escribir el árabe y, cuando llegaban las noticias del ‘bled’ –es decir, de su país- se reunían en el comedor de mi casa. Mi padre sentado en el medio y los demás sentados a su alrededor; el leía y les explicaba la carta. Era hermoso” recuerda.

   “Yo sólo lo disfruté veintidós años, porque falleció muy joven”, lamenta, y enseguida afirma que “mi niñez y adolescencia me marcaron para bien para toda mi vida”.

   “Recuerdo que, dentro de las tradiciones árabes, también los sábados a la noche venían mis tíos y algunos vecinos y jugaban al praf, juego árabe con cartas de poker. Mientras las mujeres conversaban, los niños jugábamos”, puntualiza.

   “Los domingos a la mañana –prosigue-, se preparaba una vez en cada casa un vermouth. Iban los hombres y después cada uno volvía a su casa. Una costumbre hermosa era que, después de cenar –a lo que se le decía ‘alzara’- íbamos a tomar un café a la casa de mi tía, quien nos servía la fruta cortada y pelada”.

   Al referirse a su madre -María Antonio-, cuenta con emoción que “fue una compañera excelente, que ayudó muchísimo a papá en el negocio. En tiempos en que se viajaba a Buenos Aires, mi padre lo hacía todos los martes. Iba en el tren de las 9 y 20 de la mañana y volvía en el que llegaba a las 21. Al día siguiente, venían los clientes a buscar sus encargos y a ver las novedades del mercado”.

 

El valor de la palabra

 

   Mabel Posik realizó una fructífera carrera docente en escuelas primarias de nuestro medio. Quien esto escribe fue su alumno en sexto grado, en la Escuela Nº 7, allá por 1979. Ya retirada de la profesión, hoy dedica la mayor parte de su tiempo a sus seres queridos. Integra la Asociación de Maestros Jubilados y, junto a su esposo, forma parte de la Peña “El conejo blanco”. Fiel a la vocación que abrazó de joven, les da clases de apoyo escolar a sus nietos.

   “Nosotros continuamos con muchas de las tradiciones, reuniones familiares, música, un poco del idioma y las típicas comidas que no faltan en la mesa de los domingos”, resalta.

   Como homenaje silencioso a aquellos sacrificados inmigrantes árabes, Mabel asegura que “tratamos de continuar el legado que nos dejaron nuestros padres en nuestros hijos y nietos. Para mí la palabra sigue siendo tan importante como lo fue para mis padres. A mis hijos, siempre les digo que lo importante no es ser ricos o pobres, sino buenas personas… y lo son”, concluye.

   Mabel Posik está casada con Juan Carlos Marino. Sus hijos son Juan Pablo –casado con Adriana-, María Carla y Marianela –esposas de Martín y de Gastón, respectivamente-. Sus cinco nietos son Camila, Sofía, Milagros, Franco y Priscilla. En noviembre próximo se ampliará la familia: llegará el primer bisnieto. 

Autor: José Yapor

 

21/08/2011 18:50 José Yapor Enlace permanente. Los árabes en Chivilcoy No hay comentarios. Comentar.

“La sangre sigue corriendo”

Miguel Asas destacó que sus hijos y nietos mantienen en pie las tradiciones y costumbres de la cultura árabe. Su padre, Salim Razuk Asas, llegó al país a los dieciséis años, procedente de Damasco (Siria)

 

 

   “Mi papá se llamaba Salim Razuk Asas y nació en Damasco (Siria). Mi abuela era de apellido Sapag. El apellido real es Azaz. Mi hijo me decía: ‘Papá, no es así; en la escuela me decían Azaz’. Hay muchos Azaz. Tengo tíos y primos hermanos de mi padre que firmaban con ‘z’”, comienza su relato Miguel Asas, hombre ligado por décadas al comercio textil de Chivilcoy.

   Cuenta que su padre “tenía dieciséis años cuando ingresó al país, en 1900, y tuvieron que agregarle dos años más para poder hacerle el documento. Un hermano mío se llamaba Reyes. Era Rasuk, pero a mi padre no le permitieron ponerle así y entonces le puso Reyes, que es exactamente lo mismo”, explica.

   De la narración de Miguel, se desprende que su familia llegó a “La Perla del Oeste” como consecuencia de las migraciones internas: “Cuando papá llegó al puerto de Buenos Aires, se instaló en Barracas, donde nacimos los tres varones. Trabajó siempre en lo mismo. En la época de (Hipólito) Yrigoyen quedó en la calle. Yo era chico y recuerdo que tenía uno de esos carros cerrados. Tenía una sociedad con unos tíos míos, pero a partir de ahí nunca más vi el vehículo. Con la Revolución del ‘30 no se salvó nadie; fue la caída de Hipólito Yrigoyen”, añade.

   La historia continuaría en la zona sur del conurbano bonaerense. Al respecto, Miguel cuenta que “cuando nos fuimos a vivir a Lanús, mi padre salía con dos fardos grandes al hombro y uno chico en la mano. El típico árabe, que recorría permanentemente los lugares y pasaban días que no lo veíamos. Lo veíamos día por medio, cuando lo veíamos. En esa época, en esa zona de Lanús eran todas quintas. Ahora es una ciudad importantísima del cordón industrial”, compara.

   La esposa de Salim fue Catalina Pascual, descendiente de italianos. “Tuvimos una excelente madre –dice Miguel, emocionado-. Se levantaba a las siete de la mañana y a los cuatro hijos jamás nos faltó el desayuno, el almuerzo, la merienda ni la cena. Mi madre preparaba comidas árabes, mi señora también y yo las sigo haciendo. Mi hija también aprendió. Mis nietos piden, porque las conocen muy bien. Así que la sangre sigue corriendo”, celebra entre risas.

   “Cuando papá logró comprar su casa, puso su negocio y empezó a trabajar muy bien, gracias a Dios –resalta-. Fue en Remedios de Escalada, pegado a Lanús. Yo era pibe en ese entonces. Tenía dieciséis años. En los talleres ferroviarios había entre 5.000 y 6.000 obreros. Hice de todo, pero el oficio mío, el que me permitió tener mi propio negocio, fue marroquinero. Carteras de señoras, cortadores, tenía todo el oficio. Lo aprendí y me rendía bien. Cuando vine acá, vine ganando más de 100 pesos por día. Acá, cuando puse la tienda, ganaba 25 o 30 pero para mi era igual. Estaba en el paraíso”, ilustra.

   Sobre su llegada a Chivilcoy, Miguel refiere que “cuando terminé el servicio militar, un primo mío que estaba casado con una chica de acá me invitó a conocer la ciudad. Me dijo ‘¿por qué no venís a conocer?’. Yo nunca había salido de la Capital (y alrededores). Vine y dije ‘algún día voy a venir a vivir acá’. No sé, me salió del alma y lo dije. ‘Lito’ Armagno era pariente de mi señora. Con el tiempo, conocí a mi señora, me dediqué a guardar un peso y me vine. A mi señora le gustaba también el comercio. Era nacida acá, a unas diez cuadras, más o menos, de la ‘escuela de chapa’ (hoy Nº 28). Su nombre era María Carmen Armagno, hija de Antonio Armagno y Vicenta Cavallo. Nació un día de la Virgen del Carmen, 16 de julio, y falleció hace ocho años. Estuvimos casados cincuenta años. Fue una gran compañera”, evoca Asas.

   A Miguel le gusta el teatro; “no tanto la actuación, sino más bien dirección y escenografía”. Estuvo en el grupo fundador de la Agrupación Artística e hizo teatro en la Escuela Nº 6.

   Del matrimonio que conformaron Miguel y María Carmen, nacieron Miguel Angel

y María Isabel. Entre las nuevas generaciones, se cuentan seis nietos y un bisnieto.

 

Autor: José Yapor

24/06/2011 03:56 José Yapor Enlace permanente. Los árabes en Chivilcoy No hay comentarios. Comentar.

El legado de Don Camilo

“La Princesita” es uno de los comercios chivilcoyanos con mayor trayectoria. Jorge Salomón contó la historia familiar, que se inició con la llegada al país de su padre, Camilo, inmigrante de origen sirio


La tienda “La Princesita” es uno de los más antiguos comercios de la ciudad. Con orígenes en el Barrio del Pito, donde el inmigrante sirio Camilo Salomón se estableció inicialmente junto a su familia, con el paso de los años llegó al amplio local de la avenida Villarino, a pocas cuadras de la Iglesia del Carmen, ese templo católico que el imaginario colectivo identifica aún como “la capilla”.
Jorge José Salomón, hijo de Camilo, relató a CLIP los hechos más destacados de una historia familiar centenaria, caracterizada por el esfuerzo, la perseverancia y la honradez.
Cuenta que Don Camilo, como muchos otros inmigrantes de los países árabes, “vino siendo muy chico con el padre y la madre. Estuvieron viviendo en el Barrio del Pito, en la calle Coronel Suárez. Fue mucho al campo a vender, como todos los paisanos en jardinera. Salía por la zona del Salado, cerca de Alberti, por Achupallas. Estaba mucho tiempo afuera. Se quedaba a dormir en la casa de los clientes y se enojaban si no iba una vez a la casa de uno y otra vez a la de otro. Siempre les llevaba alguna cosa de regalo”, recuerda.
En un momento, Camilo “compró un camioncito, pero no se hallaba y entonces volvió a la jardinera”, comenta Jorge y explica que “mi mamá tenía una tiendita en esa esquina que todavía está (Coronel Suárez y Basso Dastugue). Le ayudaba un poco a él. Eramos ocho hermanos para mantener. Después papá compró en la avenida Villarino y aprendió a hacer cortes para pantalones, overoles y camisas. Acá se jubilaron treinta y cuatro costureras. Era trabajo a domicilio; no tenía un taller grande”.
“Mi abuelo se llamaba José –continúa-. Papá tenía varios hermanos. Alejandro estaba acá en la esquina y era un sastre de primera. Ernesto también tenía sastrería, al lado de la farmacia Zurita. Y José, Elvira y Josefa. En Puerto Deseado (Santa Cruz), en la Patagonia, tenía una hermana –María-, que se casó con un paisano de allá, Jacinto Alí. En aquel tiempo venía en barco y después empezó a viajar en avión. Tenía dos primos, hijos de ella, ya fallecidos”, cuenta.
A manera de reliquia, Jorge muestra con orgullo las hojas amarillas de un ejemplar de LA RAZON, donde aparece una publicidad del negocio familiar. “No es ninguna sugestión ni tampoco una paradoja. Pero lo cierto es que hoy más que nunca es objeto de comentario entre el público. Tienda La Princesita. Por su buena confección, por la calidad de sus telas, por su seriedad y por sus precios convenientes. Por eso y por múltiples razones, el público de Chivilcoy la ha consagrado y la prefiere. Tienda La Princesita, de Camilo Salomón. Avenida Villarino 274. Unión Telefónica 468”, reza el texto del aviso con lenguaje de época, publicado cuando promediaba la tanguera década del ‘40.
Jorge Salomón fue uno de los continuadores de la tienda. “Estuve con mi padre mucho tiempo. Cortaba y mandaba a confeccionar la ropa hasta que anduvo bien. Después se enfermó y falleció a los setenta y cinco años. Con el negocio continuamos mi hermano y yo. Estuve hasta que me jubilé y ahora sigue mi hijo, Jorge Camilo. Le dejé todo plantado y le ha ido bien”, asegura.
Jorge también refiere anécdotas que involucran a otras familias de la colectividad: “Cuando fueron los Antonio a visitar a sus parientes (al Líbano), se había puesto mala la cosa y tuvieron que salir de noche. El pariente que estaba allá, después les mandó una carta. Entonces, como no sabían escribir ni leer en árabe, fueron a verlo a don Jorge Yapor. Don Jorge dijo: ‘A ver’. Se pusieron uno de cada lado. Mientras leía, decía despacito ‘¡qué gente sanguinaria!, ¡qué cosa seria!’. Ellos sentían. Después les devolvió la carta y les dijo: ‘Está todo muy bien. Manda saludos’. ¡Les dijo así para no atemorizarlos tanto!”, resalta.
“En esa misma época, Abraham Amado con su esposa se fueron a Siria –apunta-. Acá tenían todo. La tienda ya la habían dividido con los sobrinos, porque el hermano había fallecido. Yo lo quería mucho y le dije: ‘Abraham, ¿qué va a hacer allá con el lío que hay?’ Y me respondió: ‘No te vayas a creer que acá está muy buena la cosa…’. Se fueron, él falleció y lo sepultaron allá. Los chicos, Jalil, Sami y Fátima, se quedaron acá y estudiaron. El pobre Abraham se habrá entristecido. Los chicos no estaban y qué se yo… Lo sepultó allá y la esposa (Jadiye) se vino”, acota.
Al igual que otros descendientes de aquellos inmigrantes sirios y libaneses, Salomón lamenta que no haya prosperado la idea de conformar una asociación: “En un momento, los Antonio invitaron a los paisanos a una fiesta que estuvo muy linda. Querían alquilar un local y habían nombrado un presidente, Roberto Maizú, que tiempo después falleció y todo quedó en la nada”, concluye.
Camilo Salomón, nacido en localidad siria de Zafita, se casó con Antonia Pussio. De esa unión nacieron Oscar Antonio, Jorge José, Camilo César, María (‘Maruca’), Yolanda, Irma, Mirta y Aída.
Jorge está casado con Ivonne Mesplet. Sus hijos son Claudia, Jorge Camilo y Fernando Emilio.

Autor: José Yapor
26/05/2011 02:54 José Yapor Enlace permanente. Los árabes en Chivilcoy No hay comentarios. Comentar.

De pura cepa

Norma Huespe (“Teté”) contó la historia de su familia que, procedente del Líbano, se estableció en ciudades de las provincias de Córdoba y Santiago del Estero. Recordó su llegada a Chivilcoy, cuando corrían los primeros años de la década del ’70.

Las provincias del norte fueron el principal destino de los inmigrantes libaneses y sirios, que llegaron al país entre fines del Siglo XIX y principios del XX.
Los estudiosos explican que aquellos contingentes buscaron afincarse en un medio que les proporcionara un clima, un paisaje y condiciones de vida similares a las de sus países de origen.
Las familias Huespe, Ganame, Kuram y Jozami escribieron sus ricas historias en ciudades de las provincias de Santiago del Estero y Córdoba. Esa tradición llegó a Chivilcoy a principios de la década del ’70, cuando Norma Estela Huespe –por entonces una joven odontóloga, recién egresada de la universidad- decidió establecerse en nuestra ciudad junto a su esposo, Andrés José Bosio.
Su padre, Mauricio, fue hijo de José Huespe y Suraya Ganame, provenientes de la ciudad libanesa de Duma. Su madre, María Elena Kuram, tuvo como padres a Abud Kuram y Raquel Jozami.
La relación entre las ramas materna y paterna comenzó a gestarse en el barco que los trajo desde Medio Oriente. Y, en el norte argentino, se consolidaría definitivamente con el paso del tiempo.
“Mi abuelo paterno vino a trabajar a Córdoba, creo que con los hermanos de mi abuela. En su primer viaje viene con una primera esposa. Mi abuela materna había perdido a sus padres, y sus hermanos arreglan el casamiento con mi abuelo. El tendría 17 o 18 años y mi abuela, 13 o 14 más o menos. Se casan y no se concreta el matrimonio. El se viene a vivir a la Argentina, a un pueblito de Santiago del Estero que se llama Beltrán, cerca de La Banda. Se instala y, después de un tiempo, la manda a buscar a mi abuela”, relata Norma, a quien familiares, amigos y vecinos apodan “Teté”.
La historia continúa: “En el barco que venía mi abuela, también venía mi abuelo paterno con su primera mujer. Se enferma la mujer de mi abuelo en el barco, suponemos que de tristeza. Mi abuela y la mujer de mi abuelo se hacen amigas y ella la cuida. Cuando llegan a la Argentina, mi abuelo Huespe se va a vivir a Córdoba y mi abuela Jozami va a encontrarse con su marido en Beltrán. Ella pensaba que venía a un lugar muy lindo. Contaba que había bajado en París para comprarse ropa, capelinas y túnicas de seda y resulta que llegó al monte santiagueño, donde la vida era bastante dura. Aprendió el quichua antes que el castellano”, cuenta.

En tren a Beltrán

Al igual que muchos otros que bajaban de los barcos, estuvieron parando dos días en el Hotel de los Inmigrantes de Buenos Aires, convertido en museo en 1995. Después, a su abuela la subieron a un tren y partió rumbo a Beltrán.
“Llegó llena de tierra y ahí se encontró con mi abuelo. Vivieron en Beltrán hasta los años ’30, cuando se fundieron. Tuvieron catorce hijos, de los cuales quedaron vivos siete. Algunos murieron al nacer y una nenita murió en un estanque. Ahí fue donde mi abuelo decayó y, en el año ’30, con la crisis, fundieron el molino y fueron a Sumampa, un pueblo en el deslinde con Córdoba”, continúa.
“Ahí armaron un aserradero. Mi abuela Raquel puso un almacén de ramos generales”, apunta Sonia Elisa Huespe, quien había llegado desde su Córdoba natal y se encontraba por unos días de visita en la casa de su hermana Norma.
“Sí, era una busca vida tremenda mi abuela –recuerda Norma-. Mi abuelo paterno llega a Córdoba y abre un negocio de tela. Se muere su primera mujer, pasa un tiempo y vuelve al Líbano a buscar a su nueva esposa. Mi abuela Ganame recién salía del colegio. Estaba como interna en un colegio francés, allá en El Líbano. Se casaron, se vinieron y se instalaron en Córdoba. Ahí tuvieron ocho hijos, de los cuales vivieron seis. Mi abuelo también se funde en el año ’30. En ese momento estaban estudiando los dos hijos mayores: mi tío estudiaba medicina y mi papá odontología. Les siguen pagando la carrera a ellos y a los dos más chicos los sacan de la escuela. Uno de mis tíos hizo fortuna después”, comenta.
Sonia destaca que, luego del traspié económico, su abuelo “volvió a vender con la valijita, casa por casa, las telas que le habían quedado. Hasta que cobraron una herencia y se levantaron nuevamente. Puso su negocio en la calle Corrientes –en la capital cordobesa-, José Huespe e Hijos, y ahí sí entraron a trabajar Emilio y Antonio, que eran los dos más chicos”, agrega.

Llegada a Chivilcoy

“Teté” explica cuáles fueron las circunstancias que la acercaron a Chivilcoy: “Yo ni sabía que existía Chivilcoy y él (por Andrés, también nacido en Córdoba) me decía que era un pueblo lindo, pujante. Haciendo una evaluación, en ese momento había doce odontólogos y decidimos venirnos acá seis meses antes de casarnos. Me gustó y ahí tomamos la decisión de casarnos. Pasamos un montón de peripecias, porque no conseguíamos casa para alquilar. Estuvimos seis meses buscando y nos casamos sin casa. Nos vinimos a vivir al hotel Residencial Oeste, que era uno de los pocos que había. Empezamos a buscar casa para comprar y terminamos comprando ésta, que era una casa vieja. Era en el año ’72. Vivimos cinco años, después la volteamos e hicimos una nueva”, señala Norma, refiriéndose a la vivienda ubicada frente a la Plaza Belgrano.
El matrimonio tiene un hijo, Juan Pablo, de 28 años.
“Cocino muchísima comida árabe”, resalta “Teté” y afirma que “les encanta a todos. Mis amigos se desesperan por el keppe naye (sin cocción)”. En el listado de otras comidas que prepara, figuran el hummus, puré de garbanzos, puré de berenjenas, niños envueltos de hojas de parra y repollos, burgol, sfija (empanadas tradicionales), sambuses (empanaditas dulces, fritas y bañadas en almíbar), mamul, baklawa y batenyen (arroz con berenjena).
Autor: José Yapor
17/04/2011 00:08 José Yapor Enlace permanente. Los árabes en Chivilcoy No hay comentarios. Comentar.

Jorge Simón Yapor: del norte libanés a la pampa húmeda (1ª parte)

   Jorge Simón Yapor llegó al país en 1910, procedente de Beit Mellat, poblado del norte libanés. Se casó con María Cura -“la abuela Julia”-, una argentina hija y hermana de libaneses. De esa unión nacieron Simón, Miguel, Juan José (Chichín) y Eduardo, los tres últimos fallecidos.

   Con sus 86 años a cuestas y una memoria prodigiosa, Simón comienza su relato recordando que “un día le pregunté: ‘Papá, ¿por qué cuando te dicen turco te sentís molesto? Siempre nos tuteaba, pero cuando nos quería hablar en serio o reprimir por alguna macanita que nos podíamos mandar como chicos, ya no nos tuteaba y nos trataba de usted. Me respondió: ‘Venga que le voy a explicar’. Y me explicó. El tenía ocho años y el padre y la madre lo llevaron al puerto de Beirut y lo último que oyó de sus padres cuando se despidieron de él fue: ‘Andate a la Argentina, que hay amigos que te van a recibir, antes de que te maten los turcos’. ‘¡Y vengo acá y me preguntan si soy turco…!’”, rezongaba don Jorge.

   Simón advierte que “acá muchas personas, inclusive escritores y literatos, los han llamado sirio-libaneses” y enseguida aclara que se trata de un error, porque “son sirios o son libaneses”. Más allá de la proximidad geográfica, una lengua común y costumbres similares, Líbano y Siria son dos países con identidades propias dentro del Mundo Arabe.

   Entre los libaneses que llegaron a esta localidad del oeste bonaerense, enumera a Huebbes, Antonio, Aré, Cura y Amara. “Inclusive había libaneses que no eran cristianos, sino musulmanes, como Salomón Ale, Pudi, Llaver y Nacer”, acota y celebra que “la rivalidad que había en su tierra de origen acá no se transmitió, porque se reunían periódicamente y traían gente para conversar. Cuando yo tenía 16 o 17 años, recuerdo que vino al Teatro Español Habib Estéfano, una persona muy capaz, un literato. Dio una conferencia y, si bien era libanés, la mayoría de los sirios fueron porque lo sentían como propio. Había familiaridad. A tal punto era así, que acá estuvo la gente del Club Sirio-Libanés y del Hospital Sirio-Libanés”.

Otra versión

   Sobre la expresión popular “perdido como turco en la neblina”, Simón aporta una interpretación diferente a la ya conocida: “Hay una cosa que fue inventada, no sé por quién ni con qué interés. Decían que porque venían de un país árido no conocían la neblina y se perdían en la neblina. Pero buscando, porque tengo la manía de buscar refranes, encontré una nota que decía que en España, después de la dominación árabe, a un borracho le decían que ‘se había agarrado una turca’. ‘¡Uh, tenía una turca bárbara!’. Entonces, para algunos, especialmente en Marruecos, hablar de turca es decir que está borracho o en pedo, como se dice vulgarmente. El refrán primero vino ‘como con una turca, perdido en la neblina’, que significaba ‘como borracho perdido en la neblina’ y se lo encajaron a los árabes”, explica.

B por p y viceversa

   La forma en que pronunciaban la letra p, su fonética, se ha convertido en un signo de identidad para los inmigrantes llegados de Medio Oriente. Desde la expresión “vende beine, beineta, jabón y jaboneta”, atribuida a los mercachifles, hasta la airada reacción del “baisano” llamado “Bedro”, que respondió con una sutil puteada cuando algún desprevenido le preguntó si su nombre empezaba “con b larga o v corta”.

   Estas cuestiones de la fonética también hicieron su parte en la historia de nuestra familia: “Papá era Yapor y los dos hermanos que nacieron después que él, José y Emilio, eran Yabor. Miguel, que nació siete meses después de la muerte de su padre, era Yapor porque lo fue a anotar papá. ¿Qué pasa? Por esa costumbre que tiene el árabe, al traducir al castellano cambia la p por la b y la b por la p. Venía el verdulero y mi abuela le decía: ‘La da un baquete de perro’ y el verdulero ya sabía que quería berro. Había un perrito en la casa paterna que hacía algunas travesuras y la abuela decía: ‘Ese berro de miércole’. El apellido nuestro, Yapor, está mal pronunciado para el árabe. Papá lo pronunciaba con un p suave y se escuchaba Yapbor. Cuando mi abuelo anotó a José y a Emilio, lo pronunció así y los anotaron como Yabor. Emilio vivió toda la vida como Yabor y murió como Yapor, porque cuando llevaron los documentos, en la cochería dijeron ‘acá está equivocado’ y pusieron en el aviso Emilio Yapor y en la lápida también lo pusieron así”, refiere Simón.

“…borque yo no lloré”

   En tiempos de la dominación turca, la violencia en sus más crueles formas era moneda corriente para los sufridos pobladores libaneses. Alguna vez, la madre de don Jorge, Juana Abraham, contó una historia conmovedora que Simón rememora de esta forma:

   “Mi abuela, una vez mirando a los nietos después de cenar, nos dijo: ‘Ustedes la están aquí borque yo no lloré’. Y nos quedamos mirando todos. Papá dijo: ‘Les voy a explicar lo que quiere decir la abuela’. Cuando se ponía serio, papá cruzaba los brazos sobre el pecho y  empezaba a hablar. Y nos dijo: ‘Les voy a contar la historia de Simón el molinero’. Simón Abraham, mi bisabuelo, era casado con Zelma Elías, pariente de los Elías que tenían el molino en Mataderos; por eso había un vínculo y siempre nuestra familia se trató con la de ellos como de la familia. Un día, los ocho o diez jornaleros que tenía llegaron al lugar y les llamó la atención que el molino estuviera cerrado. Cuando llegaban los jornaleros, Simón Abraham ya llevaba una hora de trabajo. Y vieron que las mulas que utilizaban para mover la tahona, se habían escapado y roto todo el jardín. Golpearon y golpearon, pero nadie abría. Oyeron que alguien estaba llorando. Forzaron la puerta, entraron y encontraron a Simón y Zelma degollados. Los habían degollado los turcos musulmanes, que entraron al molino no sé si por motivos de robo o religiosos, que era el drama de Medio Oriente. A mi abuela la criaron otros parientes y tenía razón, porque la abuela estaba en una habitación contigua. Y si hubiera llorado, los turcos musulmanes la hubieran matado, porque no había ningún problema y había que terminar con la familia. Así que estamos aquí porque la abuela no lloró. Y ustedes también…”, afirma Simón sin vueltas.

   A tono con el clima de dominación imperial, en aquellos años estaba vedada la educación al pueblo. El niño Jorge “fue a la escuela de los sacerdotes y, a los ocho años, sabía leer y escribir en árabe y conocía algo de francés. Porque El Líbano, después de la ocupación turca fue un protectorado francés, y pasaron muchos años hasta que se declararon república y le dieron la independencia. Papá contaba que se refugiaban en la montaña. Cuando nosotros le preguntábamos se ponía mal y mamá se enojaba, porque papá se ponía a llorar. Se acordaba que con un monje se refugiaron en la montaña y vieron cómo los turcos, con un cañoncito rudimentario, destruyeron la escuela. No era conveniente para ellos que la gente supiera leer o escribir”, asegura Simón.

Autor: José Yapor

 

 

La historia de la familia Antonio

Eduardo Luis Antonio recordó a sus padres, Abraham y Catalina, su infancia en Chacabuco y la llegada de la familia a Chivilcoy, allá por los años `30

 

   Para los chivilcoyanos, el apellido Antonio está inconfundiblemente ligado a la industria metalúrgica y, dentro de ella, al rubro de productos galvanizados. La fábrica instalada en la avenida De Tomasso, en las inmediaciones del estadio del Club Gimnasia y Esgrima, es una de las pequeñas y medianas empresas familiares que ha logrado subsistir a los avatares de una economía cambiante. No es un dato menor en un país que soportó programas económicos decididamente desindustrializadores, con su secuela de desocupación, pobreza y exclusión social.

   La historia de los Antonio en la Argentina comenzó a escribirse allá por 1914, con la llegada de Abraham Engaibe y Catalina Zafatle, quienes inicialmente se instalaron en la vecina ciudad de Chacabuco. El era de Chadra; ella, de Zafito. Como muchos otros libaneses, llegaron a estas tierras del sur del continente americano escapándole a la miseria y la opresión.

   Eduardo Luis, el único sobreviviente de cinco hermanos, recuerda los principales acontecimientos de la historia familiar de esta manera: “Papá vino con dos hermanos más. Uno quedó en Brasil y los otros dos vinieron a Chacabuco, pero el hermano se volvió a El Líbano y papá se quedó solo. Mamá vino de polizonte, escondida -porque no podía viajar-, también de chiquita, a los 13 años. El viaje fue una odisea. Tardaban tres meses y se descomponían, porque el barco se zamarreaba para todos lados. Ya se conocían de allá y en Chacabuco se casaron muy jóvenes. Mamá vino con un hermano.    Al igual que otros paisanos decían que venían a ‘hacer la América’, con la idea de volverse. Pero no era tan fácil hacerse la América y han pasado las mil y una. El hermano que volvió a El Líbano vivió más de 100 años. Siempre le decía a nuestros primos que tenía dos hermanos que vinieron a América y nunca más tuvo noticia de ellos. Murió un poco antes del viaje que hizo mi hermano José, en 1975, para visitar a unos primos hermanos”.

Los Engaibe

   “El apellido nuestro era Engaibe –explica-. Cuando papá vino a la Argentina, en el Registro Civil le pusieron Antonio, no sé por qué motivo, si porque era muy difícil de escribir o pronunciar. Nosotros éramos cinco hermanos: María, Luis, José, Nélida y yo, el más chico, que fui anotado como Eduardo Luis Engaibe. Papá nunca me dijo nada y yo ignoraba que ése era mi apellido. Cuando cumplí 18 años, ya en Chivilcoy, para sacar la libreta de enrolamiento me pidieron la partida de nacimiento. Tomé el colectivo a Chacabuco y en el Registro empezaron a buscar en el libro, donde figuraban todos con el apellido Antonio, menos yo. El tipo me dijo: ‘Lo primero que tiene que averiguar es si es hijo legítimo de don Abraham Antonio’. Ni remotamente papá me lo había dicho. Me vine a Chivilcoy y le comenté a papá lo que había sucedido. Entonces papá me dijo: ‘Cuando salí de El Líbano dejé algunos bienes, algunas tierras, y pensé que algún día alguno de ustedes podría cobrar una herencia. Ese fue el motivo por el que te puse a vos como único heredero’. En aquel momento me costó mucho cambiar de apellido. Lo cambié y en el año ‘70 y pico mi hermano escribió varias cartas a la familia Engaibe, sin direcciones, sin nada. Nunca llegaba ninguna respuesta, hasta que un buen día llegó y se la llevó a Jorge Yapor para que la tradujera. Fue una alegría tremenda. Allá eran cinco hermanos, los cinco militares. Intercambiaron varias cartas y mi hermano decidió viajar. ¡Te imaginás el recibimiento que le hicieron! Una de las primeras preguntas fue si iba a reclamar la herencia que había dejado papá. Les dijo que no, que quería conocerlos a ellos y al pueblo donde había nacido mamá. Donde ellos vivían era una aldea con casas de piedra. Había un río donde lavaban la ropa. A los pocos días se armó una revolución y mi hermano tuvo que disparar. Después les perdimos el rastro”.

Almacén de esquina

   Don Abraham, apodado “Brajin”, tenía un almacén de ramos generales en Chacabuco. Por su trato diario con argentinos, con el paso de los años el hombre se fue acriollando a tal punto que “casi ni se le notaba que era árabe”. Diferente fue la historia de Catalina, quien a sus hijos les hablaba y enseñaba a rezar en su propia lengua. Además, les transmitió sus habilidades para la preparación de comidas y postres árabes.

“Papá se ofendía cuando le decían ‘turco’ y yo, cuando era chico, me avergonzaba. Pero ahora es muy común que a uno le digan ‘turco’ o ‘turquito’ –comenta-. El tenía un negocio muy lindo, muy grande en Chacabuco. En la esquina del Club Porteño nací yo y después papá se mudó enfrente. Era la época en que tenía el vino en bordalesa; la época de los conservadores y radicales y había unas disputas tremendas. Papá era muy bondadoso y por eso le fue como le fue. A veces, cuando hablan de crisis, yo digo que esos años fueron críticos, muy difíciles. Empezó a fiar y mamá le decía: ‘Brajín, no fíes…’. Claro, empezó a fiar y, como a la gente no le alcanzaba, cuando quiso acordar se fundió; no quedó con nada. Vivíamos a mitad de cuadra de la comisaría y creo que hasta el comisario lo embromó en aquella época”, agrega.

   Aquellas penosas circunstancias empujaron a la familia a replantear su vida, comenzando por una mudanza obligada al barrio del hospital, siempre en Chacabuco, cerca de otros miembros de la colectividad.

   “Nos fuimos a una casa y José, que ya era mayorcito, empezó a trabajar en una carpintería –relata Antonio-. Yo tenía 8 años y salía a vender a la calle escobas y cepillos que fabricaba un señor. Los domingos iba a la puerta de la iglesia con una cajita y vendía chocolatines, turrones y caramelos. Con una canasta también salía a vender frutas y me ganaba 10 o 15 centavos por día, que era lo que costaba un kilo de puchero más o menos. Para vivir…, para parar la olla; nada más. Eran años tremendos y la gente emigraba. Mucha gente de Chacabuco se fue a Buenos Aires y había casas desocupadas por todos lados. El maíz se quemaba porque no tenía mercado. Donde está actualmente la estación de colectivos, vos ibas con una bolsa de arpillera y te daban una bolsa de maíz gratis”.

De Chacabuco a Chivilcoy

   El primero en llegar a Chivilcoy fue José, tras su casamiento, y el resto de la familia siguió sus mismos pasos. No fue fácil abandonar la ciudad que los había acogido, pero aquí las perspectivas eran un tanto mejores.

   “Yo tenía 8 años y esa noche mamá y papá lloraron, porque en Chacabuco estaba toda la colectividad y ellos se desprendían –confiesa-. Tengo buena memoria de cómo era todo esto. En la avenida De Tomasso todavía no se había hecho el asfalto y tampoco estaba hecha la Ruta 30. Alquilamos un camioncito, cargamos los muebles y vinimos a vivir a la calle Salta. Mi hermano se vino con el sulkicito y el caballo. El entró a trabajar en una panadería y yo salí vender medias con una valijita que me dio mi cuñado, Agustín Posik, que tenía la tienda La Florida. Cosas de turcos, viste…”, explica Eduardo Luis apelando al buen humor.

   Como principal mandato de su padre, rescata que “siempre me decía que había que trabajar y ser buena persona en la vida. Cumplir con todo el mundo”. Fiel a esas enseñanzas, asegura que “siempre fui buscando hacerme un futuro y creo que el paso más importante lo di en el momento más oportuno. A veces le digo a la gente que, cuando se es demasiado joven, es muy difícil encarar una cosa y, cuando ya tenés una edad, también. Cuando me independicé tenía 27 años y pensé que si no iban bien las cosas tenía tiempo de volverme a emplear”.

   En su vida fue fundamental el acompañamiento de su esposa, Lidia Raele, y sus dos hijas, Liliana y Patricia. La primera de ellas comparte con su padre su tiempo en la empresa familiar; Patricia es odontóloga. Aunque desciende de italianos del sur, Lidia asimiló la cultura árabe y muy seguido expone sus cualidades para preparar keppe, yambora, fatay, labin y baclawa, entre otras delicias de la cocina de Medio Oriente.

   Con algo de resignación, Eduardo Luis Antonio comenta que “hace unos cuantos años intentamos formar una asociación, con Daude, Simón (Yapor), Abduca, Simón Cura, Salomón, los Posik que trabajan en el teatro, Chemes y el gordo Posik. Seríamos unos ocho o diez. Hacíamos alguna comida árabe y charlábamos. Empezamos a buscar descendientes por todos lados y éramos como doscientos. Había un solo nativo, un tal Moustafa. Después, no sé por qué motivo, fue una pena no seguir reuniéndonos aunque nunca pierdo las esperanzas”, concluye.

Autor: José Yapor 

 

La inmigración árabe en Chivilcoy

   La llegada a Chivilcoy de inmigrantes procedentes de El Líbano y Siria, y las circunstancias históricas en que ese proceso tuvo lugar, representa un fenómeno poco estudiado y escasamente documentado. Esa realidad, sumada a mi condición de nieto de un inmigrante del “país de los cedros”, me impulsó a buscar información sobre la historia de la llegada y el posterior arraigo de familias de Medio Oriente en una ciudad de la Pampa Húmeda.

   Fallecidos ya aquellos hombres y mujeres que entre fines del Siglo XIX y principios del XX arribaron a “La perla del oeste” en busca de un porvenir venturoso, sus hijos y nietos constituyen hoy la principal fuente de información. 

   Mi tío Simón, el único sobreviviente de los cuatro hijos de Don Jorge, me ayudó a armar la hoja de ruta para ubicar primero, y entusiasmar luego, a las personas encargadas de relatar tantas vivencias familiares que el paso inevitable de los años no ha podido borrar.

   Con la pretensión de volcar algún día todos esos testimonios en un libro, comencé a golpear puertas y grabar entrevistas. Primero hablé con el propio Simón y luego con Eduardo Luis Antonio, un conocido empresario metalúrgico. Quedan en lista de espera los Salomón, Amado, Cura, Abraham, Posik, Haz, Chemes, Abduca, Llamal, Aré, Alé, Sarkis y tantos otros “baisanos” que, a través de tantas décadas, han honrado la memoria de aquellos abnegados inmigrantes.

   Mis visitas espaciadas a Chivilcoy durante este 2010, que ya transita su fase final, no me han permitido contar con todo el volumen de material que hubiera querido. No obstante, aprovecharé al máximo mis próximas “idas” para poder avanzar decididamente en el proyecto.

   El nacimiento de este espacio en la red, mientras tanto, me permite difundir los testimonios logrados hasta el momento.

José Yapor



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