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La locomotora del oeste

Pueblos de campaña

“Pensaba que estos pueblos iban a desaparecer, pero nosotros los vamos a seguir viendo”

Horacio Alvarez (“El Negro”) y el almacenero Artemio Giménez recordaron cómo se vivía en Benítez en los años en que la activad tambera era el motor de la economía local.

 

 

   Benítez es una localidad del Partido de Chivilcoy, a la que se llega a través de su acceso pavimentado por la Ruta Provincial 51 o bien por medio del tren de la empresa Ferrobaires, de frecuencia diaria.

   Todos los años, en el mes de septiembre, se realiza la Fiesta del Agricultor, en las cómodas instalaciones del Club San Martín, ubicado frente a la estación. En el mismo lugar donde, hasta hace algunos años, se armaban unas concurridas cenas con milonga hasta bien entrada la madrugada.

   En el viejo almacén del pueblo, ubicado a pocos metros del paso a nivel, su propietario Artemio Giménez, acompañado por su esposa Ester, y el vecino Horacio Alvarez recordaron cómo era Benítez en los tiempos en que vivía mucha gente en las chacras, contaron cómo se vive ahora y hasta se animaron a opinar cómo será el futuro para sus pobladores.

   Horacio Alvarez, a quienes todos conocen como “El Negro”, comienza diciendo que “nosotros nacimos, crecimos y seguimos viviendo en el pueblo. Lo vimos cuando no tenía entrada de asfalto ni luz eléctrica ni circulaban los autos y camionetas que hoy circulan. Eran charrets o chicos que venían a la escuela a caballo. Desde ya, ha cambiado. Antes las familias eran más grandes; en las casas había diez o doce personas. Uno no se da cuenta, porque los cambios a veces no son abruptos, pero hoy hay luz eléctrica, asfalto y todo el mundo tiene su autito o motito. Es otro pueblo. Va al ritmo del avance general de la gente. Lamentablemente en otros pueblos, como (Ramón) Biaus o San Sebastián, por ejemplo, no pasa lo mismo porque no tienen la entrada de pavimento. Acá, vos podés ver que los domingos viene gente de Chivilcoy a dar unas vueltas. Ha cambiado con relación a aquello que vimos 40 o 50 años atrás”, analiza.

   Artemio Giménez advierte que “lo que pasó es que nos estamos quedando sin juventud, porque los jóvenes se van. Hay poco trabajo y el campo ocupa poca gente. Ya no es como antes y el que se va al pueblo, no viene más. Conozco muchos chicos que se han ido a Chivilcoy y no volvieron más. Acá viven más o menos 80 personas. Antes éramos muchos más, porque en los campos trabajaba mucha gente. Había cuatro negocios grandes y todos trabajaban. Ahora ni carnicería tenemos. Había venta de combustible acá en la esquina y también en la Casa Suárez, que hacía acopio de cereales”.

                                                              Exodo 

   Retoma “El Negro” y comenta que “al no haber una fábrica que de trabajo, los chicos se ven obligados a irse a la ciudad. Los que se quedan, el único futuro que tienen es trabajar arriba de un tractor. A muchos eso no les gusta, porque no tiene un futuro. Si se construyeran casas, a lo mejor alguna persona de Chivilcoy, aunque sea para fin de semana viene. Esto es muy difícil de lograr, porque hacer una casa para que alguien la ocupe solo el fin de semana, no tiene mucho sentido tampoco. Por lo menos seguimos subsistiendo. Yo pensaba que estos pueblos iban a desaparecer, pero nosotros los vamos a seguir viendo. Gracias a Dios el tren todavía para, porque es un medio de trasporte barato y la gente lo utiliza. Lamentablemente en otros lugares ya no lo tienen”, apunta.

   A nivel educativo, Benítez “tiene escuela primaria y el Seim, que viene a ser el jardín de infantes. Los chicos de la secundaria tienen que viajar en una trafic, que va y vuelve todos los días. En nuestra época de jóvenes no teníamos esa posibilidad. La escuela es la Nº 25 y se llama Martín Miguel de Güemes. En el ‘92 cumplió cien años. El Seim funciona en la misma escuela desde hace diez años”, señala Alvarez.

   Artemio indica que “hubo una fábrica de leche en polvo, que se llamaba San Cayetano. El dueño era de apellido Corradini, una persona de Buenos Aires. Supo tener 22 empleados. Después estuvo un tiempo La Vascongada y luego funcionó un frigorífico que cerró. Ahora está abandonada y no se hace ninguna actividad. Después, pusieron un lavadero de bidones de plástico, pero por muy poco tiempo”.

   Horacio señala que en la actualidad “hay dos plantas de silos, pero no emplean a mucha gente. Habrá cuatro o cinco personas. Están muy automatizadas y funcionan con muy poca gente. Lo que hay es mucho movimiento de camiones, que entran y salen continuamente. No están en el pueblo continuamente, pero parece que fuera un movimiento terrible, porque por día entran montones de camiones”.

   Asegura que “si hoy existiera una fábrica con 20 empleados, el pueblo sería otro. En aquel tiempo, sin las condiciones que hay hoy, trabajaban 20 operarios y eso es muchísimo para un pueblo chico”. 

                                            Los números, de ayer a hoy 

   Artemio le pone cifras a este relato que recorre el pasado y el presente de Benítez: “Con todos los tambos que había, se producían 12 mil litros de leche por día y, ahora, un tambo solo saca 8 mil litros. Cerca del pueblo han quedado dos tambos de mil litros cada uno. Entre esos tres tambos producen 10 mil litros”.

   Y agrega “El Negro”: “En ese tiempo, cada tambo hacía 200 o 300 litros y traían la producción en tarros de 50 litros. Muy pocos traían 20 tarros; la mayoría traía 2 o 3. ¡Había que juntar 12 mil litros así! Los tarros se descargaban a mano, no como ahora, que el camión atraca y descarga. Precisaban gente para eso. Con el tiempo vinieron de aluminio, pero los primeros eran de chapón, muy pesados”, describe.

   “En Casa Suárez, lo hemos visto nosotros, traían las bolsas en chatas o acoplados y estaban los estibadores, los bolseros, que las tenían que descargar también a mano. Un trabajo bastante complicado. Esas bolsas se llevaban en trenes o camiones para el puerto. Era un trabajo muy rudo. Había gente que lo hacía, pero no era para cualquiera”, remarca.

   La zona de Benítez no es ajena al fenómeno del desplazamiento de la ganadería por la producción agrícola. Al respecto, Artemio afirma que “quedó poco ganado” y calcula que “habrá siete u ocho productores que se siguen dedicando a la ganadería”. Alvarez precisa que “el 90% es agricultura” y confirma que “la vaca ha desaparecido de esta zona”.

   La historia del transporte también tiene su lugar en la memoria de los parroquianos: “Cuando no estaba hecha la Ruta 5, pasaba una línea de colectivos que se llamaba La Florida y venían de Bragado. Pasaba un servicio por hora. Habrá funcionado hasta el ‘55 o ‘56, cuando se hizo la Ruta 5. Había una ley que decía que las rutas nacionales o provinciales no podían pasar a menos de 2 kilómetros de la estación. Por eso la 51 pasa a dos kilómetros. La 5 no pasa muy cerca; está a 6 kilómetros y, aunque los colectivos siguen pasando, pasan a seis kilómetros”, puntualiza Alvarez.

   Sobre los años mozos del ferrocarril, Artemio recuerda que “había cuatro cambistas, cuatro auxiliares y el jefe. Además, los que venían a hacer los relevos cuando el personal tomaba franco”.

   Por último, con un dejo de resignación, “El Negro” Alvarez refiere que “la planta de Sancor estaba proyectada para construirla acá, pero no fue posible por la falta de asfalto”. Para que el proyecto avanzara, hubiera sido necesaria la pavimentación del camino paralelo a la vía, desde el puente de la ruta 51 hasta el casco del pueblo. 

Autor: José Yapor

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“Atendíamos a la gente a cualquier hora”

Enzo Ponziani recordó sus años de trabajador ferroviario en Moquehua, cuando “la estación estaba las veinticuatro horas abierta, con los tres turnos cubiertos”

 

   La de Enzo Ponziani, vecino de Moquehua, es una historia marcada por su condición de trabajador del Ferrocarril Central Buenos Aires, denominado General Belgrano luego de su nacionalización. Aquel de trocha angosta que, partiendo de Estación Buenos Aires, surcaba la Pampa Húmeda en dirección al oeste, hasta la localidad de Patricios, en el Partido de 9 de Julio.

   Enzo nos cuenta que “era auxiliar en la estación y estuve 20 años en Moquehua. Vine en 1957. Se trabajaba muchísimo en boletería, encomiendas, carga de frutillas, gallinas, huevos y pollos. La teníamos bien arregladita. Tanto el personal de oficina como el de playa cumplía con sus obligaciones y lo hacíamos bastante bien, dentro de nuestras posibilidades. La gente no quedó disconforme con nosotros. Cuando andamos caminando por el pueblo nos saluda todo el mundo. Quiere decir que mal no nos portamos con Moquehua. Atendíamos a la gente a cualquier hora. La estación estaba las veinticuatro horas abierta, con los tres turnos cubiertos”, recuerda.

   Repasa su derrotero dentro de la empresa ferroviaria: “Primero estuve en Pla, partido de Alberti, donde conocí a mi señora, Griselda Ester Di Santi. De ahí fui a Plommer, sobre la línea a Rosario, una estación tremenda para trabajar, porque se trabajaba con el intercambio Midland-Compañía General. Todo pasó a ser General Belgrano con la nacionalización. Era cuestión de números y números. A todo tren que entraba había que tomarle el número de los vagones. Por ejemplo, a veces había que dejar veinte vagones para la segunda sección, que era el Midland. Las encomiendas y las cargas se transbordaban también ahí. Había personal suficiente, pero había que tener mucho cuidado, porque se caminaba de noche. (Una vez) Encontramos un vagón abierto faltándole mercadería, hasta que se localizó a la persona que había hurtado ese vagón. Venían trenes de hacienda, por lo general del Midland, con cuidadores de sus animales. A lo mejor venían ocho o diez jaulas de un despachante, con destino a Mataderos. Llevaba un cuidador con una picana eléctrica para levantar a los animales caídos. Les sabíamos dar una cama y un colchón para que durmieran en la estación, porque no había jefe”, añade.

 

El comienzo del fin

 

   Con sabor amargo, Ponziani relata que “así fue pasando el tiempo, hasta que en 1961 se produce la clausura de los ramales. La Unión Ferroviaria decretó paro por tiempo indeterminado y ahí no había arreglo. Fueron al despacho del ministro Acevedo y, mientras los dirigentes de la Unión Ferroviaria hablaban, él les daba la espalda y miraba por la ventana la calle. Les dijo: ‘Mientras no levanten el paro no estoy dispuesto a escucharlos’. Los dirigentes le dijeron que lo levantarían siempre y cuando dieran marcha atrás con la clausura de ramales. Y el ministro les contestó: ‘Esa determinación está tomada, el Plan Larkin está en funcionamiento y seguirá hasta las últimas consecuencias. Y efectivamente, se fue incrementando cada vez más, con mil kilómetros en un ramal, dos mil en otro y así fue que sacaron diez mil kilómetros de vías. Cientos y cientos de pueblos quedaron a la vera del camino, sin el ferrocarril que era el salvoconducto para que los pobladores viajaran barato, a veces con atrasos, pero siempre se llegaba, principalmente cuando llovía”, destaca.

   Apunta que “en el ’61, iban treinta días de paro y la huelga no se levantaba. Ni la Unión Ferroviaria ni el gobierno aflojaban. Le digo a mi señora: ‘Vieja, vamos a tener que irnos a Pla a ver si podemos hacer la cosecha en lo de Klein’. Yo tenía muchísimos muchachos conocidos. Un sábado fuimos y hablé con el encargado. El lunes empezaba la cosecha. Le pedí trabajo y me dijo que el lunes, antes de las seis menos veinte había que estar antes de la campana. Cuando se levantó la huelga, le dije a uno de los hijos de Klein que debía volver a Moquehua para trabajar en el ferrocarril. Me dijo que pasara por el escritorio a la tarde para que me liquidaran los jornales. Me acuerdo que en el ferrocarril ganaba 1.400 pesos y, en lo de Klein, por diez días, me pagaron 3.800 pesos. Era un platal. Le dejé un poco de plata a mi suegro, porque habíamos estado diez días comiendo ahí mi señora, mi hija mayor y yo. Nos vinimos a Moquehua y retomamos la rutina”, agrega.

   Después de todo aquello, comenzó la debacle de la industria del riel. Enzo lo traduce en palabras: “Algunos trenes de hacienda ya no venían más y de carga prácticamente no corrían. Empezaron a correr los trenes del levante, que eran los que traían los rieles, durmientes y señales del ramal Victorino de la Plaza. Así fue cayendo nuestro ferrocarril. Quedó menos gente; sacaron a los cambistas, que son los que trabajan en la playa haciendo maniobras. Quedamos nosotros en la estación, tres empleados que hacíamos todo, de auxiliares y de cambistas también. La limpieza también la hacíamos nosotros”.

   Aunque no pierde las esperanzas, confiesa que ve muy difícil que algún día el tren vuelva a correr por las desoladas vías y explica que “hasta Patricios está todo íntegro, galpones y rieles. Todo bajo yuyos, por supuesto. Para ponerlo en servicio habría que limpiarlo con máquinas modernas y asentarlo bien”, concluye.

Autor: José Yapor

Una obra “importantísima y muy esperada” por los moquehuenses

La delegada municipal, Silvia Cotta, destacó los avances logrados en la construcción de la red cloacal, que garantizará a los vecinos “salud y mejor calidad de vida”

 

   Silvia Cotta, delegada municipal de Moquehua, definió como “una obra maravillosa e importantísima” a la construcción de la red cloacal y en tal sentido destacó que “nos garantiza salud y mejor calidad de vida”.

   “Es una obra millonaria, realmente muy esperada –continuó la funcionaria-. Va abarcar todo el pueblo y los sectores más alejados también. Son alrededor de ochocientos cuarenta conexiones y estará finalizada en el plazo de un año y medio. Por supuesto, trae los inconvenientes propios a medida que se va desarrollando. Constantemente le pido a la gente que tenga paciencia y sea un poquito tolerante. La empresa es Tisico SA, de La Plata, y ha demostrado un compromiso y responsabilidad muy importante”, resaltó.

   Cotta indicó que “una vez finalizada la obra, el servicio lo prestará la Cooperativa Eléctrica, de la misma manera que lo viene haciendo con el gas, agua, teléfono e Internet”, al tiempo que adelantó que “estuvimos reunidos con el presidente de la cooperativa, estudiando la posibilidad de ampliar la red de agua potable. Es muy poco lo que falta, aproximadamente ocho manzanas”, estimó.

   La delegada aseguró que “el hospital está funcionando muy bien” y recordó que “en estos dos años y medio logramos muchas cosas para sea lo que es hoy. Tiene muchísimos servicios y se hicieron dos habitaciones nuevas con baños, montamos un lavadero y se creó un consultorio odontológico, que el hospital no tenía. Y vamos por más. Tenemos un proyecto para hacer consultorios y una sala de emergencias. Estamos trabajando en eso. En el laboratorio de análisis clínicos trabajaremos en forma coordinada con el Hospital Municipal de Chivilcoy. Estamos equipándonos y capacitando a la técnica que tenemos acá”, añadió.

   “Somos alrededor de setenta personas entre la delegación y el hospital, incluyendo a los médicos”, precisó Silvia Cotta al ser consultada sobre el número de empleados que se desempeñan en los diferentes servicios. “Todos los trámites que se hacen en la Municipalidad de Chivilcoy se pueden hacer acá. Por lo único que la gente debe trasladarse a Chivilcoy es para gestionar el carnet de conductor. Lo que sí puede hacer acá es el examen, cuando es por primera vez, pero el carnet se tramita por sistema on line y todavía acá no lo tenemos”, aclaró.

   Otra obra que le dio un nuevo impulso a la localidad fue la construcción de la red de gas natural. “El servicio de gas natural se inauguró hace un año y medio (mediados de 2009) y ya tenemos más de doscientas conexiones. Es una obra que se desarrolla con el tiempo, porque la instalación tiene un costo importante si la casa no está preparada para el servicio de gas. Vamos por muchos más, con gente que ha tomado créditos o está ahorrando para poder tener la conexión para el próximo invierno”.

   A modo de despedida, luego de agradecer la visita de La locomotora del Oeste, la delegada municipal de Moquehua manifestó: “Estoy muy contenta y agradecida a toda la gente de la comunidad, que me ha brindado todo su apoyo, con mucho respeto, compromiso y siempre dispuesta a colaborar conmigo. Estamos trabajando todos unidos con las instituciones para lograr que el pueblo florezca y crezca cada día”.

Moquehua: un centro cultural en la vieja estación

Viviana Rodríguez, su responsable, contó de qué forma se recuperó el edificio al celebrarse el centenario de la localidad. También habló sobre las actividades que se desarrollan a lo largo del año.

 

   Con una población superior a los dos mil habitantes, Moquehua es la localidad más importante del partido de Chivilcoy. Ubicada sobre la Ruta Provincial 30, a unos treinta kilómetros de la ciudad cabecera, la actividad agropecuaria es el principal motor de su economía.

   Hasta fines de la década del ’70, Moquehua estuvo conectado con la Capital Federal y el oeste provincial por medio de los servicios del Ferrocarril Belgrano, que llegaban diariamente. Hasta comienzos de los ’90, corrieron servicios de carga con irregulares frecuencias. En 1993, hubo un intento fallido y de vida efímera de reactivar el servicio entre Estación Buenos Aires y Patricios, en el partido de Nueve de Julio.

   La celebración del centenario, en febrero de 2009, movilizó a los vecinos a recuperar el edificio de la estación ferroviaria, hoy convertido en museo y centro cultural.

   Su responsable, Viviana Rodríguez, destacó que “está abierto a toda la comunidad” y explicó que “en época de clases, por lo general, los chicos vienen a  hacer tareas. Hay dos computadoras con acceso a Internet y libros de consulta. Hay algunas obras y se está tratando de formar una biblioteca más completa. También se organizan talleres. Hay un taller de canto que funciona de marzo a noviembre y un taller de folclore, que no funciona acá pero también se hace a través de la Municipalidad. Se hacen, además, algunas presentaciones de libros de autores locales y caminatas. Está abierto para cualquiera que tenga una reunión del colegio y la quiera hacer acá”, agregó.

   Viviana indicó, además, que “hubo una exposición de la Escuela Agraria, de los talleres de telar y manualidades. El cierre se hace acá y los trabajos quedan expuestos durante un par de semanas para que la gente se pueda acercar y ver. También estuvo Armando Zandanel dando un taller de astronomía y tuvimos su libro para vender. Hay una programa en la computadora, que él dejó para consultas”, subrayó.

   Al ser consultada sobre la celebración de los cien años del pueblo, señaló que “a la Comisión de los Festejos del Centenario de Moquehua le pareció importante recuperar la estación. La casa estaba ocupada. En ese momento estaba Matías Faccini de delegado del pueblo. La comisión fue la que puso todo. (Sus integrantes) trabajaron, acomodaron, limpiaron y restauraron. Se trató de mantener todo lo que había y se hizo un inventario de todo lo que hay. Están los sellos, los boletos y libros de registro. Los festejos fueron entre febrero y marzo de 2009. Se creó un libro con todas las instituciones locales. Hubo festejos en la plaza, la iglesia y acá mismo. Se hicieron caminatas, recorriendo los antiguos lugares, que comenzaban y terminaban acá”, especificó.

   Recordó Viviana que “era chica cuando el tren dejó de funcionar, pero por los vecinos  que se acercan, por mi tía –que está continuamente hablando del pueblo-sé que la gente venía permanentemente a pasear, a esperar el tren. El andén era como el lugar de juegos para los adolescentes que venían a encontrarse con amigos. Los niños venían a jugar. Hay una persona que tiene ciento tres años, que recuerda cuando había bolseros del otro lado e historias de la gente que estaba de un lado de la vía y del otro lado de la vía. Ahora vienen todos a sacar fotos. Es increíble que se haya podido recuperar, que siga adelante y que cada vez haya más actividades. Es un hermosísimo lugar, que está muy bien mantenido, y hay muchísimas ganas”, enfatizó. 

Libros 

   Entre los autores de libros sobre la historia lugareña mencionó a “Bebe” Rodríguez Méndez, Nury Dipierro y Raúl Balbín. Sobre la obra de “Bebe”, comentó que “empezó con la historia del abuelo, que tenía un almacén de ramos generales. Cuenta cómo llegó y de dónde vino. Viajó a España a conocer el lugar, sintió la necesidad de volcarlo en un libro y así empezó. Le gustó la idea y todos los años estaba sacando un libro sobre los profesionales y los deportes que se practicaban. Hizo, además, una recopilación de los festejos del centenario, con todas las actividades que hicieron, cómo se formó la comisión y de dónde surgieron los fondos. Sé que ahora está trabajando en otro, sobre los indios que poblaban esta zona”, adelantó.

   Por último, al referirse al origen del vocablo Moquehua, Viviana Rodríguez precisó que significa “montón de maíz” y aclaró que “el pueblo tomó el nombre de la estación. Es una zona donde los cereales son importantes y tenemos buenas cosechas, por suerte. La base de la economía es la actividad agropecuaria”, completó.

Autor: José Yapor

En Ramón Biaus, Responde lanza Presentando pueblos

Una interesante iniciativa de la Ong se desarrollará en esa localidad del partido de Chivilcoy

 

   Con pedido de publicación, La locomotora del oeste recibió el siguiente material informativo de la Ong Recuperación Social de Poblados Nacionales que Desaparecen (Responde):

   “Tras una década de trabajo en los pueblos, y en constante contacto con los recursos naturales, turísticos, culturales y humanos que cada comunidad posee, RESPONDE lanza el programa Presentando Pueblos, fruto de la síntesis de la experiencia y el aprendizaje acumulado a través de programas centrales como Pueblos Autosustentables, Alas (Centros Responde) y Turismo en Pueblos Rurales.  Con este nuevo programa RESPONDE propone la generación de conocimiento de primera mano, a partir de un trabajo de investigación de campo profundo que permitirá realizar un Mapeo de Sustentabilidad de los pueblos rurales de la Argentina y la inclusión de dicha información en un portal de Internet, con el exclusivo propósito de promover a los pueblos rurales de la Argentina y más adelante, a los pueblos rurales de los países de la Región.

   Para esta primera etapa, junto con el apoyo de Grupo Asegurador La Segunda, el programa Presentando Pueblos desembarcará en la comunidad de Ramón Biaus, localidad argentina de la Provincia de Buenos Aires, perteneciente al partido de Chivilcoy, que cuenta con casi 300 habitantes. Con apoyo del municipio de Chivilcoy, se están realizando actividades diversas para fomentar el crecimiento de esta localidad. Además, Ramón Biaus cuenta con una fábrica de ladrillos que provee de trabajo a sus habitantes.

   En el marco de Presentando Pueblos, cada pequeña localidad podrá mostrar: un mapa de la localización del pueblo y datos de contacto; su población, su paisaje, sus atractivos naturales y culturales; las actividades productivas del lugar y su área vecina, la infraestructura disponible local y cercana, una guía de productos, servicios y avisos inmobiliarios, las instituciones y empresas zonales, los obstáculos que la comunidad enfrenta como así también sus fortalezas y potencial desarrollo; las oportunidades sociales y económicas con las que la comunidad sueña para crecer y progresar, y  material multimedia que nos permita conocer el pueblo (a partir) del testimonio directo de sus habitantes.

 

   Este portal resultará una oportunidad única que permitirá a todos los pueblos fortalecerse a partir del mutuo conocimiento e intercambio de experiencias a través de un Foro de Pueblos, y captar nuevas voluntades que los ayuden a concretar sus proyectos. Por otra parte, significará una oportunidad única para ellos, ya que resultarán visibles al mundo y lograrán ser sujetos pasibles de futuras políticas públicas que favorezcan su desarrollo”.

 

Acerca de Responde

   “Responde es una ONG de Promoción y Desarrollo. Surge como respuesta a la problemática de un sector de la población rural de la Argentina que está en crisis por despoblamiento. Su Misión consiste en impulsar el desarrollo social y económico de los pueblos rurales de la Argentina, especialmente de aquellos en situación de aislamiento, menor crecimiento y mayor pobreza”.

 

 

Contacto: Victoria Ferro  prensa@responde.org.ar;

Celular  15-4414-1212

Web: www.responde.org.ar
Twitter: @RespondeONG
Facebook: http://www.facebook.com/asociacion.responde

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“Un pueblo está en riesgo cuando pierde población”

Responde es una Ong que desarrolla acciones y programas tendientes a fortalecer a pueblos del interior afectados por el éxodo. Cerca de 900 localidades lo padecen. Alberto Jacquet, líder de Desarrollo de Recursos, dialogó con La loocomotora


“Responde” es la sigla de Recuperación Social de Poblados Nacionales que Desaparecen, una Ong que trabaja en el desarrollo de programas y actividades orientados a frenar el flagelo del éxodo rural, que afecta a centenares de localidades del interior del país.
Fundada en 1999 por Marcela Benítez, por entonces investigadora del Conicet, Responde “promueve oportunidades sociales y económicas en 600 comunidades rurales que se encuentran en crisis por despoblamiento para que aprovechen sus recursos existentes y hagan crecer a sus pueblos en el marco de su propia libertad, espíritu emprendedor y vocación de superarse”, puede leerse en el sitio www.responde.org.ar.
Para conocer los objetivos, proyectos y realizaciones de esta entidad civil sin fines de lucro, La locomotora dialogó con Alberto Jacquet, líder de Desarrollo de Recursos, en la sede de Responde.

¿Qué significa Responde?

La palabra Responde surgió hace 9 años cuando por iniciativa de la doctora Marcela Benítez, geógrafa de profesión y doctorada en sociología a posteriori, que estaba haciendo un trabajo de investigación en el Conicet acerca de los pueblos rurales que habían desaparecido, planteó a su tutor una pregunta: en lugar de contar la historia de los que ya no están, ¿no podemos tratar de saber qué cosas se pueden hacer desde los propios pueblos, para evitar que lleguen a un punto tal que uno diga que han desaparecido?’. No encontró una respuesta, no encontró en ese momento apoyo en el Conicet, una institución científica que se dedica a investigar pero no a actuar. Eso motivó a que en el año ‘99 creara la asociación, a la que le dio el nombre de Responde tratando de reflejar la problemática que encaraba esta nueva asociación. Responde trata de ofrecer oportunidades a aquellos poblados rurales que tienen menos de 2 mil habitantes y presentan un problema crónico de despoblamiento.

¿Cuándo se considera que un pueblo está en riesgo?

Decimos que un pueblo está en riesgo cuando pierde población, cuando miramos los datos de los censos, los comparamos y vemos que en cada nuevo censo hay menos población que la que había antes. Ese es un dato estadístico y no es subjetivo, porque surge de contar la gente que estaba en cada pueblo. Si hay menos gente es porque ni siquiera se cubrió de acuerdo al crecimiento vegetativo natural que presenta el promedio de las poblaciones argentinas, incluidas las grandes ciudades. Cuando hay disminución en la población, significa que la gente se está yendo, que no hay reposición y si uno lo proyecta en el largo plazo, puede pensar que va a haber un momento en el que el pueblo no tendrá más habitantes. Ahí podremos decir con certeza que el pueblo desapareció. Responde pretende que ese punto no llegue nunca y para eso pide la colaboración de la gente de los pueblos. No va a aparecer porque lo llamen a ayudar físicamente y dar cosas para que la gente esté y viva mejor. Lo que va a hacer es enseñarles cuáles son sus oportunidades, incentivar a la gente del pueblo para que defina sus prioridades y qué cosas sienten que están en condiciones de hacer con sus propias fuerzas, con el apoyo desde lo técnico, lo tutorial y la capacitación de Responde o voluntarios que se sumen a Responde. Es un apoyo para que el pueblo salga adelante por sí mismo. Eso es lo que nos caracteriza y estamos orgullosos.

¿Cuántos pueblos están en estas condiciones?

Comparando las cifras de los censos de 1991 y 2001, hay a lo largo de todo el país 602 pueblos que han perdido población. Además, hay 184 que han crecido pero muy poco. Están en menor riesgo pero no están creciendo. Además, hay 90 pueblos que estaban en el ’91 y en 2001 no fueron captados estadísticamente. Tal vez a algunos no hayan podido llegar por razones climáticas, pero que gran parte de esos poblados ya no están, es real. Estamos hablando de una cifra de 870 pueblos, que estamos permanentemente convocando para que nos hagan llegar información sobre sus características, sus posibilidades y sus recursos. A veces la gente no es consciente que tiene cosas que para terceros, especialmente la gente de las grandes ciudades, son invalorables. Lo que es común en un pueblo pequeño, la tranquilidad, la paz, el silencio, el disfrute de la naturaleza, ver una puesta de sol y escuchar los pájaros, para la gente de la ciudad no lo es y paga para estar ahí. Los ayudamos en la medida en la que ellos hagan llegar información y sus deseos de cambiar su situación de despoblamiento.

¿De qué forma llega Responde a estos poblados?

Gran parte de los pueblos necesita desarrollar algún tipo de programa propio para combatir este problema del despoblamiento. Responde no puede llegar a todos y, aunque pudiéramos, tenemos que empezar por algunos y los otros quedarán para después. Lo que hacemos es convocar a todos los pueblos en los que haya personas interesadas y les decimos que nos hagan llegar una carpeta con información, que está sistematizada en nuestro sitio de Internet. El compromiso que asumimos es recibir la carpeta, analizarla, contactarnos con ellos, averiguar más, darles algunas ideas y preguntarles más cosas como para poder hacernos una idea de las posibilidades que tiene el pueblo de desarrollar alguno de los programas que tenemos en funcionamiento. Por otro lado, una vez que tenemos ese panorama, buscamos una empresa o institución que esté dispuesta a colaborar con Responde financiando, subsidiando o aportando fondos para que el pueblo pueda dar el puntapié inicial. Ellos van a tener que ser capaces de mantener ese programa u otros en desarrollo y crecimiento permanente.

¿Qué programas desarrolla Responde?

Tenemos el primero de los programas que se nos ocurrió que es el turismo en poblados rurales. Tal como lo concibe Responde, no es el turismo rural que uno ve en las agencias de viajes, que propone que vaya a una estancia y vea cómo doman a un potro y cómo hacen un rodeo, propio del spa cinco estrellas. Ese no es un turismo que genere trabajo, ingresos y desarrollo en el pueblo. Alguna gente va a trabajar en la estancia y estará en mejores condiciones que los que no lo hacen, pero el pueblo en su conjunto no usufructúa los beneficios que pueda recibir del turismo. Lo que proponemos nosotros es un turismo donde toda la comunidad es actora del turismo. Pretendemos, y lo hemos logrado, que la gente se organice, ofrezca alojamiento en sus propias casas, que arreglan bajo nuestra tutela para dar buenas comodidades a un turista promedio, usando las habitaciones de los familiares que ya no están porque se fueron a trabajar a una ciudad más grande o a la Capital. En lugar de tenerlas como un santuario, se arreglan y generan un ingreso que para mucha gente importante y, por otro lado, porque ocurre algo muy lindo y es que se genera una interacción, se crean lazos, vínculos con los turistas, porque es como veranear en la casa de un familiar. También, en este programa de turismo en pueblos rurales, se capacita a gente del mismo pueblo para que actúe como guía turístico. Por ejemplo, al que alquila las bicicletas y los caballos, el que lleva a hacer una caminata, el que muestra alguna casa histórica, algún lugar donde haya ocurrido un hecho importante, digno de contar. También se trata de apoyar a la gente que ofrece gastronomía en condiciones de higiene y salubridad, como para que el turista sienta que está bien atendido. Lo que quiere, en general, es ver un paisaje lindo, escuchar alguna historia, dormir bien y tener un lugar donde comer bien y ser bien atendido. No mucho más que eso es lo que hace falta. En los pueblos se puede conseguir y cuando eso se logra, la gente del pueblo se integra en forma casi natural a este proceso del turismo y lentamente se van generando nuevas oportunidades.

¿Qué otros programas?

Por otra parte, tenemos otros programas que apuntan a algo más profundo, que no es tan inmediato en lo económico, pero que en el largo plazo es tan o más beneficioso que el otro programa. Se llama Alas y, a través de este programa, decimos que queremos que las comunidades rurales se creen alas a la cultura, a la educación, a la imaginación, a la esperanza. Tratamos de conseguir que se construya con la participación no sólo de la comunidad, en términos de la gente del pueblo, sino además con la participación de la intendencia o la delegación municipal, un centro socioeconómico-cultural. Pretendemos que tenga un museo, donde se recupere la historia del pueblo; una biblioteca, donde los jóvenes y también los adultos practiquen la lectura en forma sistemática como medio de generar cultura; un centro informático, al que llamamos aula virtual, para recibir información y eventualmente cursos de capacitación o educación formal y, en una etapa futura, les pueda servir para vender sus artesanías o productos propios mediante el comercio electrónico. Además de esto, un salón para actividades sociales para que la gente tenga un espacio donde hacer sus reuniones familiares, sociales, de baile folclórico, costura o de lo que necesiten y puedan hacer. En los casos en que este centro se instrumenta en un pueblo que también tenga el programa de turismo en pueblos rurales, lo que intentamos es que la oficina de turismo también esté integrada ahí.

¿Tienen algún emprendimiento educativo?

Otro de los programas es el de educación secundaria a distancia. Nos dimos cuenta que, en general, en todo el país hay adultos que no han podido completar su educación secundaria. Aunque haya secundario en el pueblo, que no es frecuente, no tienen posibilidades de ingresar porque la edad límite son los dieciocho años. Estamos haciendo un programa de tipo experimental en una población rural en Río Negro, donde a través de internet se envían los contenidos. Se está cursando un bachillerato para adultos a distancia, utilizando tecnología moderna. La localidad se llama Ñorquinco y está a 80 kilómetros de El Bolsón, camino difícil, de precordillera. El pueblo está muy aislado y 40 pobladores querían hacer el secundario y no tenían la posibilidad que se instalara un secundario para adultos en el pueblo. Empezamos a hacer la prueba piloto, están haciendo su segundo año. Hay dificultades, pero eso era previsible y nos sirve para diseñar un modelo para diseñar el bachillerato para adultos a distancia, con formas de salvar estas dificultades que ellos, por ser los primeros, nos enseñaron qué hay que tener en cuenta para hacer una cosa similar.

¿De qué se trata el programa de voluntariado extranjero?

Un programa que estamos lanzando en este momento es el de voluntariado extranjero, internacional, donde estamos tratando de juntar dos necesidades. En el exterior, muchos estudiantes y profesionales tienen un aspecto solidario personal muy importante y quieren enseñar lo que saben y conocer cómo es vivir en una comunidad que tiene dificultades. Prefieren vivir un tiempo en un pueblo para conocer su realidad en lugar de disfrutar de los lugares turísticos clásicos. El programa trata de ligar la necesidad de los pueblos con el deseo de los voluntarios extranjeros. Lo lanzamos el 5 de diciembre, que es el Día del Voluntariado Internacional, y estamos generando contactos para que los voluntarios vayan a pueblos que ya conocemos. Se puede dar un intercambio, por ejemplo, entre clases de inglés y enseñanza de cocina de la zona. La gente del pueblo pierde la sensación de que nadie se acuerda de ellos y el voluntario extranjero se saca un montón de ideas preconcebidas que tiene sobre lo que es la gente en un pueblo del interior de la Argentina y tiene esa experiencia muy presente para el momento en que en su empresa salga la posibilidad de hacer un negocio con Argentina.

Finalmente, ¿qué objetivo tiene el programa Enseñemos nuestros oficios?

Otro programa muy ligado a esto, de transmisión de saberes, se llama Enseñemos nuestros oficios. Los jubilados que se anotan para enseñar, participan en talleres breves de capacitación inicial en oficios y permiten que la gente de los pueblos tenga acceso a conocimientos en albañilería, carpintería, electricidad, mecánica automotriz, pero también macrame, tejido a dos agujas, pintura sobre tela, cocina… Se han dado alrededor de 60 y pico de talleres en estos últimos dos años en la provincia de Buenos Aires. Me acuerdo de Bagdala y Francisco Madero (Pehuajo), Arroyo Dulce (Salto), San Francisco de Belloq (Tres Arroyos), Ramos Otero (Balcarce) y también en varias localidades de Mendoza. Tratamos de transmitir a la gente que no está todo perdido, que hay posibilidades y que se tienen que dejar abatir por esta sensación de que ya está todo dicho y nadie se acuerda de nosotros.

Entrevista realizada por José Yapor en enero de 2009

Los medios de contacto de la Ong Responde son:

Teléfono gratuito 0800-777-832567
Sitio de Internet: www.responde.org.ar
correo: responde@responde.org.ar

Memorias del Palemón Huergo de antaño

Nombrar a Palemón Huergo significa para mí volver a las raíces familiares por línea materna; representa evocar un tiempo ya lejano, rememorado por mi madre, Antonia Dominga San Mauro de Larrea (1909-1997) en sus conversaciones.
Después de fallecer su padre en 1911, ella fue llevada por su madre a vivir a la chacra de su abuela, Doña María Rosa Cibelli de Laresca, ubicada precisamente en la localidad de Palemón Huergo. Las familias Lavagnino, Deprati, Laresca y Cibelli de esa zona son nuestros familiares.
Mi madre fue una de las primeras alumnas de la "Escuela de Chapas" Nº 28 cuando era verdaderamente de chapas, donde cursó hasta el último grado y aprendió el oficio de modista que ejerció durante toda su vida. Con su madre Rosa Laresca, iban a Chivilcoy en jardinera, para lo cual debían cruzar la entonces llamada "Cañada de los chanchos", hoy Laguna de Martija, muchas veces llegando el agua a la cincha del caballo, en un viaje de casi diez leguas entre ida y vuelta, por un camino rudimentario de tierra e inundable en varias partes.
Ella evocaba con alegría la gran cantidad de aves acuáticas que poblaban aquella laguna, entonces un verdadero paraíso natural. Ese mismo trayecto realizaría luego con sus tíos en un Ford T que compraron los Laresca, al que le colocaban cadenas en las ruedas para transitar por el barro.
En ciertos períodos del año debía "carpir los porotos" antes de ir a la escuela. También recordaba que en tiempos del emparvado y trilla del trigo, ayudaba a su madre en la jardinera a llevarle el matecocido a los trabajadores en un tarro grande de lechero. Al mediodía tocaban la campana para llamarlos a almorzar.
Hacia la década de 1920 fue introducido en Huergo, según sus memorias, un lote de caballos "percherones" para el tiro de los carruajes de gran porte e implementos agrícolas, siendo adquiridos algunos ejemplares por la familia Laresca. Una vez ella mencionó, al pasar, que un vecino tenía "chanchos barracos" y es muy posible que algunos de estos primitivos cerdos traídos por los españoles, hayan llegado a Huergo en el Siglo XIX. Se trataba de una especie de cerdo colorado, que al adaptarse al país se transformó en alto y delgado, de muy escasa utilidad para su explotación.
El médico de mi madre era el doctor Teodorico Nicola, que atendía en el Sanatorio "José Inocencio Arias", hoy Museo "Pompeo Boggio", en la calle Bolívar y Salta, quien en caso de urgencia se trasladaba al campo.
En el cofre de los recuerdos, guardo con nostalgia estas memorias de mi madre, las que hoy reviven en este escrito.
Autor: Juan Larrea
(Nota publicada en la revista del Centenario de Palemón Huergo, Diciembre de 2006, editada por la Comisión de Festejos del Centenario. La compilación fue realizada por Carlos Gómez Ortiz).
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Palemón Huergo: un pueblo en el límite de dos partidos

“Marita” Zunino, hija de un ex jefe de estación, recordó cómo era la vida cuando corría el tren y la actividad tambera era el motor de la economía local

 

   “En el año 53 vinimos a Palemón Huergo. Mi papá vino como jefe de estación. Mi hermana y yo fuimos a la Escuela Nº 15, que en ese entonces estaba en el campo de Roger. Terminé sexto, a los dos años me puse de novia con mi marido, a los 17 años me casé y me fui a vivir donde actualmente está el jardín. Mi papá me consiguió el edificio y ahí vivimos. Tengo tres hijos, una casada en Chivilcoy y dos solteras que viven conmigo acá”, relata, a modo de síntesis, María Rosa Zunino.

   Palemón Huergo es uno de los pueblos de nuestra Argentina que está ubicado justo en el límite entre dos partidos (o departamentos, como los llaman en muchas provincias). El acceso, recientemente repavimentado, sirve de límite convencional entre Chivilcoy y Chacabuco.

   Hasta principios de 1993, la liquidada empresa estatal Ferrocarriles Argentinos corría un tren de pasajeros por semana en un sentido y otro: los viernes a mediatarde desde Once y los lunes por la madrugada hacia esa estación terminal capitalina. Es el ramal del Ferrocarril Sarmiento que se abre en Suipacha y llega hasta Colonia Alvear, en el sur de la provincia de Mendoza. Las vías y estaciones han quedado, pero el paso de trenes es un recuerdo cada vez más lejano. Muchas veces, quienes viajábamos a Chivilcoy, tomábamos este tren que se anunciaba “a Realicó” (La Pampa) y hacíamos trasbordo en Suipacha, a la espera de la formación que venía un rato después y tenía como destino Santa Rosa, capital pampeana.

   “Marita” –como todas la conocen en Palemón- aclara que “no he vivido mucho en las estaciones, porque mi papá fue primero cambista y luego ayudante. Cuando pasó a jefe, sí, vivimos en las estaciones. Vivimos en dos estaciones: (primero en) Quirno Costa y después en Palemón Huergo. Viví más o menos 8 o 9 años en las estaciones hasta que me casé. Fue una experiencia muy linda ver pasar el tren. Era la diversión que teníamos nosotros, porque era muy poco lo que había acá”.

   Recuerda que “en la época que vino mi papá había un ayudante, que pasó a ser cambista, y después mi papá quedó solo. Cuando se jubiló mi papá, hubo otro jefe de apellido Zubillaga. Después fue clausurada la estación. Ahora está alquilada por medio de la Municipalidad de Chivilcoy y hay un destacamento policial”.

   Todo era diferente cuando el servicio ferroviario llegaba al pueblo: “Acá el tren que había era el de pasajeros, que transitaba un día para Once y el otro para Lincoln. Había una estafeta de correos. El hombre venía a retirar las cartas. Se recibían muchas encomiendas. La gente viajaba muchísimo. No había colectivos en ese entonces. No había ruta; se hizo después y eso fue lo que mató también al tren. Había mucha carga de cereales y hacienda. Pasaba un tren todos los domingos que llevaba frutas de Colonia Alvear (Mendoza) a Buenos Aires”, apunta “Marita”.

                                                            “Muy familiar”

   En un relato que recorre los distintos momentos de la historia local hasta nuestros días, la entrevistada comenta que “los domingos era muy concurrida la estación, porque otra cosa no había. Todas estas casas que usted ve acá, en ese tiempo eran baldíos. Después la gente se empezó a hacer su casa y se hizo el club nuevo, porque el anterior era de chapa y se lo había llevado el viento. Ahora, dentro de los pueblos de campaña, es el pueblito que tiene más fuentes de trabajo y el que más se mantiene. No hay gente desocupada. Ahora hicieron el camino a Coronel Mom nuevo. Tenemos la Ruta 30 que va a Chivilcoy y a Chacabuco. El asfalto divide a Chivilcoy y Chacabuco. En la parte que vive mi hermana es Chacabuco y acá es Chivilcoy. Es un pueblito muy familiar. Nos hace falta una sala de primeros auxilios, una capilla y una plaza”, reclama.

 

   “Marita” extraña “los partidos de fútbol” que  “todos los domingos” se disputaban en el Club Juventud Unida. “Después se reunían todos ahí y había un matinée. Baile no; baile había solamente los tres días de carnaval. Ahora no hay bailes ni  reuniones ni partidos de futbol”, agrega.

   En coincidencia con lo que expresaron pobladores de otras localidades del partido de Chivilcoy, asegura que “en el campo no hay gente. Las casas quedaron todas deshabitadas. Los dueños viven en Chivilcoy o en Chacabuco. La escuela tiene pocos alumnos, porque la gente se fue del campo y en el pueblito somos todas las personas grandes y no hay medios de viviendas. Se formó un jardín de infantes, pero no sé con el tiempo qué va a pasar. Hace 21 años que soy portera de la escuela. Las maestras vienen todos los días de Chivilcoy, pero es muy poco el alumnado que hay. A la primaria van 19 y al jardín 14, cuando en una época hubo 60, 70, 100 o 40”, compara.

   “Le estoy hablando de 30 años atrás, por lo menos –calcula-. En la época en que vinimos nosotros, ahí donde está el jardín, en la esquinita, venían todos los tamberos con los sulkis, los caballos, a traer los tarros con la leche. Venía el camión, volcaban la leche y se iban.  Había quien ordeñaba un tarro, dos o tres. Todo eso desapareció”, finaliza María Rosa Zunino.

   Las principales fuentes de trabajo de Palemón Huergo son un establecimiento de acopio de cereales y una planta de incubación de pollos. De los numerosos tambos que existían en aquellos años de apogeo, quedaron solamente dos.

   En el acceso, a pocas cuadras de la Ruta Provincial 30, continúa con sus puertas abiertas el Almacén El Pardo, un típico negocio de campo donde los parroquianos hacen sus compras y, por las tardecitas, se reúnen para compartir algún trago.

   Al entrar, fue inevitable el recuerdo de tantas visitas de los años de adolescencia, en el primer lustro de los ’80, cuando “la barra del Normal” pasaba días o fines de semana enteros en el campo de los Poschenrieder, donde por muchos años funcionó la fábrica de quesos El Ovejero.

Autor: José Yapor

 

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