“Marita” Zunino, hija de un ex jefe de estación, recordó cómo era la vida cuando corría el tren y la actividad tambera era el motor de la economía local

 

   “En el año 53 vinimos a Palemón Huergo. Mi papá vino como jefe de estación. Mi hermana y yo fuimos a la Escuela Nº 15, que en ese entonces estaba en el campo de Roger. Terminé sexto, a los dos años me puse de novia con mi marido, a los 17 años me casé y me fui a vivir donde actualmente está el jardín. Mi papá me consiguió el edificio y ahí vivimos. Tengo tres hijos, una casada en Chivilcoy y dos solteras que viven conmigo acá”, relata, a modo de síntesis, María Rosa Zunino.

   Palemón Huergo es uno de los pueblos de nuestra Argentina que está ubicado justo en el límite entre dos partidos (o departamentos, como los llaman en muchas provincias). El acceso, recientemente repavimentado, sirve de límite convencional entre Chivilcoy y Chacabuco.

   Hasta principios de 1993, la liquidada empresa estatal Ferrocarriles Argentinos corría un tren de pasajeros por semana en un sentido y otro: los viernes a mediatarde desde Once y los lunes por la madrugada hacia esa estación terminal capitalina. Es el ramal del Ferrocarril Sarmiento que se abre en Suipacha y llega hasta Colonia Alvear, en el sur de la provincia de Mendoza. Las vías y estaciones han quedado, pero el paso de trenes es un recuerdo cada vez más lejano. Muchas veces, quienes viajábamos a Chivilcoy, tomábamos este tren que se anunciaba “a Realicó” (La Pampa) y hacíamos trasbordo en Suipacha, a la espera de la formación que venía un rato después y tenía como destino Santa Rosa, capital pampeana.

   “Marita” –como todas la conocen en Palemón- aclara que “no he vivido mucho en las estaciones, porque mi papá fue primero cambista y luego ayudante. Cuando pasó a jefe, sí, vivimos en las estaciones. Vivimos en dos estaciones: (primero en) Quirno Costa y después en Palemón Huergo. Viví más o menos 8 o 9 años en las estaciones hasta que me casé. Fue una experiencia muy linda ver pasar el tren. Era la diversión que teníamos nosotros, porque era muy poco lo que había acá”.

   Recuerda que “en la época que vino mi papá había un ayudante, que pasó a ser cambista, y después mi papá quedó solo. Cuando se jubiló mi papá, hubo otro jefe de apellido Zubillaga. Después fue clausurada la estación. Ahora está alquilada por medio de la Municipalidad de Chivilcoy y hay un destacamento policial”.

   Todo era diferente cuando el servicio ferroviario llegaba al pueblo: “Acá el tren que había era el de pasajeros, que transitaba un día para Once y el otro para Lincoln. Había una estafeta de correos. El hombre venía a retirar las cartas. Se recibían muchas encomiendas. La gente viajaba muchísimo. No había colectivos en ese entonces. No había ruta; se hizo después y eso fue lo que mató también al tren. Había mucha carga de cereales y hacienda. Pasaba un tren todos los domingos que llevaba frutas de Colonia Alvear (Mendoza) a Buenos Aires”, apunta “Marita”.

                                                            “Muy familiar”

   En un relato que recorre los distintos momentos de la historia local hasta nuestros días, la entrevistada comenta que “los domingos era muy concurrida la estación, porque otra cosa no había. Todas estas casas que usted ve acá, en ese tiempo eran baldíos. Después la gente se empezó a hacer su casa y se hizo el club nuevo, porque el anterior era de chapa y se lo había llevado el viento. Ahora, dentro de los pueblos de campaña, es el pueblito que tiene más fuentes de trabajo y el que más se mantiene. No hay gente desocupada. Ahora hicieron el camino a Coronel Mom nuevo. Tenemos la Ruta 30 que va a Chivilcoy y a Chacabuco. El asfalto divide a Chivilcoy y Chacabuco. En la parte que vive mi hermana es Chacabuco y acá es Chivilcoy. Es un pueblito muy familiar. Nos hace falta una sala de primeros auxilios, una capilla y una plaza”, reclama.

 

   “Marita” extraña “los partidos de fútbol” que  “todos los domingos” se disputaban en el Club Juventud Unida. “Después se reunían todos ahí y había un matinée. Baile no; baile había solamente los tres días de carnaval. Ahora no hay bailes ni  reuniones ni partidos de futbol”, agrega.

   En coincidencia con lo que expresaron pobladores de otras localidades del partido de Chivilcoy, asegura que “en el campo no hay gente. Las casas quedaron todas deshabitadas. Los dueños viven en Chivilcoy o en Chacabuco. La escuela tiene pocos alumnos, porque la gente se fue del campo y en el pueblito somos todas las personas grandes y no hay medios de viviendas. Se formó un jardín de infantes, pero no sé con el tiempo qué va a pasar. Hace 21 años que soy portera de la escuela. Las maestras vienen todos los días de Chivilcoy, pero es muy poco el alumnado que hay. A la primaria van 19 y al jardín 14, cuando en una época hubo 60, 70, 100 o 40”, compara.

   “Le estoy hablando de 30 años atrás, por lo menos –calcula-. En la época en que vinimos nosotros, ahí donde está el jardín, en la esquinita, venían todos los tamberos con los sulkis, los caballos, a traer los tarros con la leche. Venía el camión, volcaban la leche y se iban.  Había quien ordeñaba un tarro, dos o tres. Todo eso desapareció”, finaliza María Rosa Zunino.

   Las principales fuentes de trabajo de Palemón Huergo son un establecimiento de acopio de cereales y una planta de incubación de pollos. De los numerosos tambos que existían en aquellos años de apogeo, quedaron solamente dos.

   En el acceso, a pocas cuadras de la Ruta Provincial 30, continúa con sus puertas abiertas el Almacén El Pardo, un típico negocio de campo donde los parroquianos hacen sus compras y, por las tardecitas, se reúnen para compartir algún trago.

   Al entrar, fue inevitable el recuerdo de tantas visitas de los años de adolescencia, en el primer lustro de los ’80, cuando “la barra del Normal” pasaba días o fines de semana enteros en el campo de los Poschenrieder, donde por muchos años funcionó la fábrica de quesos El Ovejero.

Autor: José Yapor