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La locomotora del oeste

El ocaso de los cletos (con minúsculas)

Días atrás, el vicepresidente opositor, Julio César Cleto Cobos, anunció que no competirá en las elecciones primarias convocadas para el domingo 14 de agosto. Este hecho marca la estrepitosa caída del hombre que en una madrugada de julio de 2008, con su voto “no positivo”, impidió que se transformara en ley el proyecto de retenciones móviles.
Mientras desde la vereda kirchnerista por esos días lo calificábamos de traidor, los medios hegemónicos le dedicaban generosos espacios, las encuestas hablaban de un supuesto pico de popularidad y todo el arco opositor celebraba aquella decisión que ningún gobernante quisiera sufrir en carne propia. En su homenaje, la siempre lista Sociedad Rural Argentina bautizó “Cleto” al primer reproductor que ingresó a la expo de Palermo y algún “creativo” tuvo la idea de reemplazar las dos “o” del apellido por figuras con forma de huevos (los disparates estaban a la orden del día).
Desde ese momento, el mendocino pretendió marcarle la agenda al Ejecutivo y en cuanta oportunidad tuvo volvió a salirse con las suyas, como en aquel otro desempate a favor del 82% móvil, que irresponsablemente buscaba desfinanciar al sistema jubilatorio.
En nuestros dos primeros ciclos radiales, nos ocupamos de evaluar sus reiteradas conductas y en una ocasión citamos un fragmento de “Conducción política”, la magistral obra del general Juan Domingo Perón, que a Cobos le calza justo.

Decía Perón sobre los “cletos” de la política que en todo tiempo y lugar existen:

“Normalmente existen dos clases de dirigentes: los que trabajan para el movimiento y los que pretenden hacerlo ‘pro domo sua’. Los primeros son los que triunfan. Los que sólo van tras ventajas personales, pueden obtenerlas en forma circunstancial pero, a la larga, sucumben víctimas de su propio mal procedimiento, porque la gente sabe discernir entre los que simulan y los que realmente valen, y la política es un juego ‘a la larga’. En los tiempos que vivimos, la mejor política es la honestidad. El dirigente vale por la honestidad de sus procedimientos. Los que proceden bien, a la larga tienen el premio de su honestidad. Aunque la política es un ‘juego de vivos’, en el que suele ganar el que durante mayor tiempo pueda pasar por tonto, en caso alguno es a base de trampas. El político fullero suele tener el mismo fin de todo jugador fullero: termina siempre en Villa Devoto. La política no es un juego con ventaja; es un juego entre caballeros, en el que se gana porque se juega mejor y no porque se tiene la perversa habilidad de hacer mejor una trampa”. (de “Manual de Conducción Política” – CS Ediciones – Pág. 371).

El comienzo, desarrollo y desenlace de la historia referida hablan de la vigencia del pensamiento y la obra del fundador del justicialismo. Siempre es bueno recordarlo por si algunos desprevenidos no han tomado nota. Si no… ¿pregúntenle a Cleto?

Autor: José Yapor
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