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La locomotora del oeste

De pura cepa

Norma Huespe (“Teté”) contó la historia de su familia que, procedente del Líbano, se estableció en ciudades de las provincias de Córdoba y Santiago del Estero. Recordó su llegada a Chivilcoy, cuando corrían los primeros años de la década del ’70.

Las provincias del norte fueron el principal destino de los inmigrantes libaneses y sirios, que llegaron al país entre fines del Siglo XIX y principios del XX.
Los estudiosos explican que aquellos contingentes buscaron afincarse en un medio que les proporcionara un clima, un paisaje y condiciones de vida similares a las de sus países de origen.
Las familias Huespe, Ganame, Kuram y Jozami escribieron sus ricas historias en ciudades de las provincias de Santiago del Estero y Córdoba. Esa tradición llegó a Chivilcoy a principios de la década del ’70, cuando Norma Estela Huespe –por entonces una joven odontóloga, recién egresada de la universidad- decidió establecerse en nuestra ciudad junto a su esposo, Andrés José Bosio.
Su padre, Mauricio, fue hijo de José Huespe y Suraya Ganame, provenientes de la ciudad libanesa de Duma. Su madre, María Elena Kuram, tuvo como padres a Abud Kuram y Raquel Jozami.
La relación entre las ramas materna y paterna comenzó a gestarse en el barco que los trajo desde Medio Oriente. Y, en el norte argentino, se consolidaría definitivamente con el paso del tiempo.
“Mi abuelo paterno vino a trabajar a Córdoba, creo que con los hermanos de mi abuela. En su primer viaje viene con una primera esposa. Mi abuela materna había perdido a sus padres, y sus hermanos arreglan el casamiento con mi abuelo. El tendría 17 o 18 años y mi abuela, 13 o 14 más o menos. Se casan y no se concreta el matrimonio. El se viene a vivir a la Argentina, a un pueblito de Santiago del Estero que se llama Beltrán, cerca de La Banda. Se instala y, después de un tiempo, la manda a buscar a mi abuela”, relata Norma, a quien familiares, amigos y vecinos apodan “Teté”.
La historia continúa: “En el barco que venía mi abuela, también venía mi abuelo paterno con su primera mujer. Se enferma la mujer de mi abuelo en el barco, suponemos que de tristeza. Mi abuela y la mujer de mi abuelo se hacen amigas y ella la cuida. Cuando llegan a la Argentina, mi abuelo Huespe se va a vivir a Córdoba y mi abuela Jozami va a encontrarse con su marido en Beltrán. Ella pensaba que venía a un lugar muy lindo. Contaba que había bajado en París para comprarse ropa, capelinas y túnicas de seda y resulta que llegó al monte santiagueño, donde la vida era bastante dura. Aprendió el quichua antes que el castellano”, cuenta.

En tren a Beltrán

Al igual que muchos otros que bajaban de los barcos, estuvieron parando dos días en el Hotel de los Inmigrantes de Buenos Aires, convertido en museo en 1995. Después, a su abuela la subieron a un tren y partió rumbo a Beltrán.
“Llegó llena de tierra y ahí se encontró con mi abuelo. Vivieron en Beltrán hasta los años ’30, cuando se fundieron. Tuvieron catorce hijos, de los cuales quedaron vivos siete. Algunos murieron al nacer y una nenita murió en un estanque. Ahí fue donde mi abuelo decayó y, en el año ’30, con la crisis, fundieron el molino y fueron a Sumampa, un pueblo en el deslinde con Córdoba”, continúa.
“Ahí armaron un aserradero. Mi abuela Raquel puso un almacén de ramos generales”, apunta Sonia Elisa Huespe, quien había llegado desde su Córdoba natal y se encontraba por unos días de visita en la casa de su hermana Norma.
“Sí, era una busca vida tremenda mi abuela –recuerda Norma-. Mi abuelo paterno llega a Córdoba y abre un negocio de tela. Se muere su primera mujer, pasa un tiempo y vuelve al Líbano a buscar a su nueva esposa. Mi abuela Ganame recién salía del colegio. Estaba como interna en un colegio francés, allá en El Líbano. Se casaron, se vinieron y se instalaron en Córdoba. Ahí tuvieron ocho hijos, de los cuales vivieron seis. Mi abuelo también se funde en el año ’30. En ese momento estaban estudiando los dos hijos mayores: mi tío estudiaba medicina y mi papá odontología. Les siguen pagando la carrera a ellos y a los dos más chicos los sacan de la escuela. Uno de mis tíos hizo fortuna después”, comenta.
Sonia destaca que, luego del traspié económico, su abuelo “volvió a vender con la valijita, casa por casa, las telas que le habían quedado. Hasta que cobraron una herencia y se levantaron nuevamente. Puso su negocio en la calle Corrientes –en la capital cordobesa-, José Huespe e Hijos, y ahí sí entraron a trabajar Emilio y Antonio, que eran los dos más chicos”, agrega.

Llegada a Chivilcoy

“Teté” explica cuáles fueron las circunstancias que la acercaron a Chivilcoy: “Yo ni sabía que existía Chivilcoy y él (por Andrés, también nacido en Córdoba) me decía que era un pueblo lindo, pujante. Haciendo una evaluación, en ese momento había doce odontólogos y decidimos venirnos acá seis meses antes de casarnos. Me gustó y ahí tomamos la decisión de casarnos. Pasamos un montón de peripecias, porque no conseguíamos casa para alquilar. Estuvimos seis meses buscando y nos casamos sin casa. Nos vinimos a vivir al hotel Residencial Oeste, que era uno de los pocos que había. Empezamos a buscar casa para comprar y terminamos comprando ésta, que era una casa vieja. Era en el año ’72. Vivimos cinco años, después la volteamos e hicimos una nueva”, señala Norma, refiriéndose a la vivienda ubicada frente a la Plaza Belgrano.
El matrimonio tiene un hijo, Juan Pablo, de 28 años.
“Cocino muchísima comida árabe”, resalta “Teté” y afirma que “les encanta a todos. Mis amigos se desesperan por el keppe naye (sin cocción)”. En el listado de otras comidas que prepara, figuran el hummus, puré de garbanzos, puré de berenjenas, niños envueltos de hojas de parra y repollos, burgol, sfija (empanadas tradicionales), sambuses (empanaditas dulces, fritas y bañadas en almíbar), mamul, baklawa y batenyen (arroz con berenjena).
Autor: José Yapor
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