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La locomotora del oeste

“En mi casa se hablaba árabe, pero medio cocoliche”

La historia de las familias Sarkis – Aré, que incluye una vasta trayectoria comercial en nuestro medio, fue contada por Oscar Sarkis.

 

   Oscar Sarkis es hijo de Fares Bechara Sarkis y Amira Aré y nieto de Juan Aré y Ventura Rey, todos ellos inmigrantes libaneses. Es otro de los integrantes de la colectividad árabe de Chivilcoy, que accedió a contar la historia familiar.

   “Mi papá y mi mamá vinieron del Líbano. Mi mamá vino con la familia. Mi abuelo viajó a hacerse la América y se estableció en Entre Ríos. Emilio, el mayor de mis tíos, vino en ese viaje con su padre. Según me cuentan, porque en esa época los adultos no comentaban mucho con los chicos, en Entre Ríos mi abuelo tenía autorización para entrar a la cárcel y venderle a los presos. Ahí nació mi segunda tía, Emilia”, comienza su relato Oscar.

   Explica que su abuelo acostumbraba dejar “todo listo para volver de nuevo al Líbano. Dejaba los colchones colgados de los techos. Era albañil y tenía dos casas de ese tipo de piedra que se hacían entonces. Y tenía seis o siete terrenos con olivos, que allá tenían mucho valor. Volvió al Líbano con sus dos hijos –Emilio y Emilia- y allá nace mi mamá –Amira- y dos tías más, que eran María y Adela. No sé por qué motivo vuelve de nuevo a América y se establece en Chivilcoy, donde nace el menor de los hijos, José, en el lugar donde todavía estamos nosotros”.

   “El era oriundo de una ciudad que se llama Zgharta –especifica-. En mi casa se hablaba árabe, pero medio cocoliche, o sea mezclado. Mis tíos y mi mamá, que vinieron de chiquitos, nunca aprendieron a escribir en árabe. Y yo, como soy medio duro para los idiomas y en la escuela siempre me iba a examen en inglés, sólo aprendí algunas palabras del árabe, pero nunca a hablar”, afirma resignado.

   “En el año 1917, mi abuelo compra esta propiedad, que compartía con la familia Malfetano –apunta-. Cuando Malfetano se va y compra otra casa, mi abuelo le compra la esquina a una familia de apellido Bonecasse.  Al lado vivían los Grisolía y eran todos de la misma barra. Acá a la vuelta nació Pascual Contursi, en el garage de Grisolía”, precisa.

 

“La Central”

 

   También habló de la actividad comercial de su familia, en la recordada Tienda “La Central”, de Avenida Soárez y Rossetti. “Puso una tienda, como casi todos los que venían del Líbano. En la primera época, mi abuelo iba todos los días con el fardo al hombro a vender mercadería. Llegaba hasta Ayarza, iba y volvía. ¿Ahora quién va a hacer eso, de a pie y con un fardo al hombro? –se pregunta Sarkis-. La tienda se llamaba ‘La Central’. Mi tío y mis tías que estaban acá eran socios en la tienda. Tuvo la original idea de armar un equipo de transmisión con la camioneta para recorrer por todos lados haciendo publicidad.  Al principio, era un martillo y en el medio había un patio de esos antiguos con galería. Había un empleado que empezó a trabajar cuando mi mamá era soltera y se fue cuando yo tenía casi cuarenta años, cuando cerraron”.

   En su derrotero comercial, la tienda atravesó etapas críticas. “Mi tío, para hacer este edificio, pidió un crédito en el Banco Provincia –refiere-. Como la inflación lo superó, entró a pedir plata a los usureros, se empezó a hacer una bola cada vez más grande y se fundió. Como había comprado muchas propiedades y terrenos, los vendió y salvó todo esto y el galpón que está al lado de mi casa. En el ‘59, cuando me recibí de maestro en el Normal, se inauguró el local nuevo. Después, habrá durado cuatro años más, y se convirtió en el primer autoservicio de Chivilcoy. Se llamaba ‘El Galeón’. Como mi tío andaba mal, ponía el local y se asociaron un primo, hijo de Emilia -Pedro-, y León Lejman, que tenía ‘La casa del retazo’ al lado de lo que hoy es la pizzería ‘Don Pedrín’. No era de Chivilcoy. Era la persona que ponía el efectivo y ahí nació ‘El Galeón’, con los tres socios. En ese momento fue un boom; la gente hacía cola para comprar. Los que vivíamos acá participábamos de la sociedad y yo, además, era empleado”, añade.

 

Pasajes rotos

 

   “Mi papá viaja solo a la Argentina, a los treinta años, y se queda en la casa de una tía que ya vivía en Buenos Aires -señala Oscar-. Realmente cómo se conocen mi mamá y mi papá, no tengo idea, porque de eso nunca se hablaba con los chicos. El trabajaba en Buenos Aires y, después de un tiempo, se arrepiente de haber venido. Se carteaba con la madre y el padre; tenía siete hermanos en el Líbano. Por supuesto, debo tener infinidad de parientes que no conozco. El les pide a los padres que le mandaran los pasajes para volverse en barco. La tía recibe los pasajes, pero como se había encariñado con él, los rompe y no le dice nada. Después de un tiempo, cuando ya se había acostumbrado a vivir acá y todo eso, la tía le comenta que le había roto los pasajes que le habían mandado para volver”.

   Comenta que “en esta casa éramos muchos los que vivíamos: dos tías solteras, mi tío, mi mamá y mi papá. En esa época se acostumbraba a vivir juntos en la familia, especialmente los solteros. Después tenía dos tíos mayores, que estaban casados y tenían hijos, que vivían en sus propias casas”.

   Explica que, una vez, sus parientes del Líbano “hablaron con Jadiye Amado y le dijeron que si pasaban cincuenta años y nadie reclamaba unas propiedades, el gobierno se iba a quedar con todo. Entonces, ahí empiezan a hacer los trámites para venderlas. Los parientes no quieren saber nada, pero había otros parientes que tenían plata y estaban en el Ministerio de Justicia, que consiguieron vender las propiedades. Mis tíos me querían mandar a mí, porque si iba allá las podía vender a mejor precio. Pero yo tendría veinte años y no tenía ni idea”, agrega.

   Al preguntarle si tiene parientes en la tierra de sus ancestros, asegura que “por el lado de Sarkis nunca supe nada. El único que se comunicaba era mi papá, con la madre y los hermanos. Les mandaba cartas, porque él sabía escribir en árabe, pero una vez que muere se cortó la comunicación. Ni sabrían ellos que había muerto, porque no hubo forma de comunicarles”.

   Detrás de su nombre, también hay una historia particular: “Cuando nací me querían poner Bechara, pero lo tenían que traducir al castellano y era Anunciato. Entonces, el tipo del Registro Civil los convenció y les dijo: ‘No le pongan ese nombre, porque cuando vaya a la escuela los chicos lo van a cargar’. Y me pusieron Antonio como segundo nombre, porque eran devotos de San Antonio”.

   Sobre el resto de la familia Aré, Oscar Sarkis explica que “Emilio tuvo dos hijos: Juan e Isabel. Vivían en la avenida Ceballos y tenían una tienda. Emilia era casada con un primo, también de apellido Aré, y tuvieron seis hijos, entre ellos mellizas. El único que vive es Ricardo, que es médico cirujano y vive en Saladillo”.

   En el tramo final de la entrevista, habló de sus propias actividades: “Empecé vendiendo perfumes dentro de ‘El Galeón’ y, cuando cerró, me quedé con la perfumería. Llegué a tener cuenta corriente en setenta laboratorios y empresas importantes. Después salí a vender en los negocios, como peluquerías y kiosquitos, y llegué a tener ciento y pico de clientes. Un día me vinieron a buscar de la Escuela Integral, en el año ‘77, para dar clases de ajedrez. La materia era extraprogramática. La escuela era de doble turno y yo daba clases por la tarde a los grados superiores: quinto, sexto y séptimo. Estuve hasta el año ‘90, cuando la sacaron por un problema de espacio. En el ‘89, el Integral crea el secundario, que iba a la tarde y empezaba a las cinco, cuando se retiraban los chicos del primario. En invierno se hacía de noche; entonces, agregaron algunas horas a la mañana y sacaron de la tarde las extraprogramáticas. En los últimos años que estuve yo, además, empezó a ser escuela mixta”, completa.

   Oscar está casado con María Herminia Cartier, docente jubilada de vasta trayectoria en diferentes distritos bonaerenses. Son sus hijos Silvina y Enrique. Entre sus nietos se cuentan Pablo, Carolina, Hernán, Fátima, Maia y Olivia.

Autor: José Yapor

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