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La locomotora del oeste

Reconocimiento de Diputados a Edgar Frígoli y al libro de Yapor

Fue por la propuesta presentada por el diputado moquehuense Guillermo Britos

Diario La Razón de Chivilcoy
Sábado, 22 de noviembre de 2014
Reconocimiento de Diputados a Edgar Frígoli y al libro de Yapor

José Yapor, Guillermo Britos y Edgar Frígoli.

La Cámara de Diputados de la Provincia declaró de Interés el libro "El intendente que volvió a los andamios", de José Yapor, oportunidad en que se hizo un reconocimiento al ex intendente Edgar Angel Frígoli.

El proyecto del diputado Guillermo Britos fue tratado en la sesión de del jueves, con un homenaje que contó con la presencia de Frígoli y Yapor, quienes siguieron el acontecimiento desde el palco principal de la Cámara.

El proyecto de Britos destaca el valor del libro que rescata la trayectoria de Frígoli.

El homenaje se inició con palabras del Diputado Britos, quien hizo un emotivo repaso por los acontecimientos más relevantes de la vida de Frígoli.

Recordó sus comienzos en la militancia peronista en su pueblo, Moquehuá, localidad que lo tiene como uno de sus hijos más distinguidos, de la que también es oriundo Britos.

Además resaltó las cualidades que tuvo como intendente. Señaló que Frígoli consiguió la radicación de la Universidad de Luján en Chivilcoy, el inicio de la Ruta 30, tomó posesión del predio donde se hizo el Parque Martija y efectuó una valiosa obra pública, destacando lo que significó el asfalto para Moquehuá.

El mensaje de Britos puso el acento en las cualidades de Frígoli como hombre de bien, subrayando que al verse obligado a dejar la gestión -por el golpe militar- volvió a trabajar como albañil hasta el día de su jubilación.

Britos también hizo hincapié en el trabajo del autor del libro, que rescata la figura de un hombre que es orgullo para los chivilcoyanos y un ejemplo a seguir.

También dirigió un mensaje la diputada Graciela Rolandi, quien destacó el proyecto de Britos, a quien agradeció la oportunidad de hacer este reconocimiento.

Resaltó la calidad humana de Frígoli, con quien tuvo la oportunidad de compartir la militancia, así como la labor del autor del libro José Yapor.

Por último el proyecto fue aprobado con el voto unánime de la Cámara, que cerró su homenaje con un aplauso.

Posteriormente Frígoli dijo a la prensa que recibía con emoción esta distinción y agradeció la iniciativa del Diputado Britos.

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Jacinto Elías, aquel vendedor ambulante

“Llevaba una valijita con ropa, peines, jabones, talco y algunas cosas que fabricaba mi abuela”, recuerda su nieta, Marta Elías.

 

Por José Yapor

 

   Jacinto Elías fue un inmigrante de origen libanés, que muchos vecinos recuerdan por su actividad  como vendedor ambulante en las calles de la sección tercera y el barrio sur.

   El canillita Jorge Genta, con esa oratoria encendida que lo caracterizaba, lo recordaba como “un hombre delgado, alto –de un metro ochenta-, de una gran ternura, que siempre calzaba alpargatas y caminaba por las calles ofreciendo cintas, hilos, dedales, elásticos y todo lo que necesitaba el ama de casa para los remiendos”.

   Sobre su llegada al país, su nieta, Marta Elías, comenta: “En el Líbano había guerra. Mi abuelo y su hermano tenían la edad para el servicio militar. Entonces, mis bisabuelos los embarcan para la Argentina. Acá tenían una conexión con los Aré, de Casa La Central. Mi abuelo tenía mucho miedo, porque de chico había visto otras guerras. Entonces, sube el hermano y cuando le preguntan cómo es el apellido dice ‘Hachem’. El verdadero apellido era ese. Mi abuelo, por miedo a hacer el servicio, dio el apellido de su madre y les dijo ‘Elías’. Y así lo anotaron como Jacinto Elías. Cuando llegaron a la Argentina, no quiso que le cambiaran el apellido que figuraba en el pasaporte, por miedo a que lo llamaran para la guerra. Los años pasaron y siguió con el apellido Elías. Cuando hicieron sus documentos argentinos, los dos hermanos quedaron con apellidos diferentes. Siempre decían que si hubieran tenido alguna herencia de los Hachem, a mi abuelo no le tocaría nada”.

   “Acá conoció a mi abuela, de apellido Giaccone, y se casan –relata Marta-. Ella era muy joven. Vivían en la calle Brandsen 440, en el Barrio del Pito. Mi abuelo criaba gallinas y salía con una canasta a vender pollos, gallinas y huevos. Cuando iba al campo en una jardinera, daba toda la vuelta por las quintas y volvía al mes. Llevaba una valijita con ropa, peines, jabones, talco y algunas cosas que fabricaba mi abuela. Mi abuela cosía calzoncillos y bombachas de campo para la Tienda La Princesita, de la familia Salomón”, explica.

   Y la familia creció: “Primero nace mi tío, Luis, y luego mi papá, Adolfo. A mi abuela la trajeron de Sicilia, junto con sus siete hermanos. Mi abuela se jubiló como costurera y mi abuelo dejó la jardinera, pero siguió vendiendo con las valijas. Andaba con su valija y un bolso grande. Recorría todas las quintas a pie. La otra vez una señora me dice: ‘Me acuerdo del Turco Elías, que andaba vendiendo ropa’. Era alto, de bigotes y morocho. Mi tío era morocho como él y mi papá, rubio y de ojos celestes, igual que mi abuela”, describe.

   Cuenta que “mi abuelo iba a visitarnos desde su casa de la calle Brandsen hasta cerca de la cancha de Gimnasia, a pie. Tenía locura con mi hijo, Gabriel, porque le hacía recordar a mi papá, por sus ojos. Decía: ‘Este es turco, turco’. Gabriel tomaba la comunión en el ’82 y yo le dije: ‘Mirá que el domingo tenés que venir, porque Gabriel toma la comunión’. Me dice: ‘Sí, Negrita, yo voy a venir desde la mañana’. El martes, en la esquina de la Clínica del Carmen, un auto lo llevó por delante y murió. Tenía ochenta y nueve años”, precisa.

   “Mi mamá vivía en la calle Coronel Suárez cuando se pone de novio con mi papá –continúa-. Cuando se casan, se van a vivir a la calle Rossetti, junto con mi abuela y mi tío, Felipe Juárez, hermano de mi mamá. Un día,  mi abuelo fue a visitarlos y ve que salía don Jorge Yapor en un charré. Entonces, lo mira y dice: ‘Ese es baisano mío’. Mi papá le dice ‘no sé’. Mi abuelo lo llama y empezaron a hablar en el idioma de ellos. Como hablaban fuerte, la gente que pasaba creía que estaban peleando y al rato, cuando se acordaban de algo, largaban la carcajada. De ahí en adelante, pasaron tardes enteras conversando”, concluye Marta Elías.

Un legado que se mantiene en pie

Eduardo Debaisi contó las historias que sus padres libaneses, Casem y Nayala, escribieron en Coronel Mom

 

   Casem Hesein Debaisi nació en el Líbano, en 1895, y llegó a nuestro país en 1914. Establecido en la vecina localidad de Coronel Mom (Partido de Alberti), formó matrimonio con Nayala Sapag, libanesa como él. De esa unión nacieron cinco hijos: Ismael Adib, Haydee Adibe, Eduardo Fued, Yolanda Nélida y Amelia Adman.

   En una tarde otoñal de sábado, en medio de la calma característica de los pueblos de campaña,  Eduardo contó a CLIP los principales sucesos que fueron marcando la rica historial familiar.

   “A mi papá lo apodaron Federico. Vino en el año ’14, por intermedio de unos amigos. Llegó a Buenos Aires y salió al interior a buscar trabajo. Su oficio era herrero. Llegó a O’Higgins (Partido de Chacabuco). Estaba desesperado, porque no tenía para comer ni para dormir. Andaba de un lado al otro y veía que el círculo se le cerraba. Tenía un temperamento terrible. En una herrería, vio que un herrero estaba fraguando el eje de un carruaje. El le hacía señas, pero el hombre no lo entendía y lo echaba. En la desesperación, se metió, le sacó el martillo y empezó a hacer el trabajo. Ahí, el herrero se dio cuenta de que sabía. Midió el eje y lo hizo un poquito más grande, porque el calor dilata y después se contrae. Lo tuvo un tiempo, pero después un paisano de acá que tenía una tienda, de apellido Salomón, le empezó a dar mercadería para que saliera a vender al campo. Y salió con un atado de ropa y un cajoncito lleno de chucherías. Fue a parar a un campo de Lasala, que está en (Coronel) Segui. Se hizo querer mucho y la madre de Lasala –María Francisca-, una persona mayor, lo empezó a querer como si fuese un hijo. Papá le daba toda la plata a ella y, cuando iba a comprar a Buenos Aires, le pedía la plata. Así estuvo mucho tiempo ahí. Y lo que es la vida… Una bisnieta de ella se casó con uno de mis hijos y tengo una nieta de ese matrimonio. Parece mentira… ¡Qué historia linda!”, relata Eduardo.

   Comenta que “en los años ’20, ya estaba arraigado en el negocio y empezó a alquilar una casa. Tenía como socio a un tío mío, que se llamaba Jacinto Debaisi. En 1926, se casó con mi madre, a quien conoció por referencia en Buenos Aires. Ella estaba en Necochea y se casaron en Juan N. Fernández (Partido de Necochea). Luego se vinieron para acá y tuvieron cinco hijos”.

   Debaisi destaca que don Casem “empezó a ahorrar y a girar al Líbano libras esterlinas y francos. Así pudo comprarle la casa a la madre. Además de la tienda, papá juntaba maíz. Cuando empezó, todos lo cargaban amablemente. Después de un tiempo, como tenía mucho amor propio, logró arrimarse al ritmo de los demás y jugaban carreras y a veces las ganaba. Se conectó con paisanos de él en Buenos Aires y comenzó a ir a la embajada. El siempre decía que quería vivir y morir acá, porque era muy agradecido del país. Tenía una letra muy linda y hablaba muy bien el español. Los paisanos le pedían ayuda y consejos comerciales. Ayudó a todos a poner sus negocios. El estaba muy reconocido en todos lados. Tenía una cultura de la decencia terrible”, subraya.

   “Fue representante del Hospital Sirio Libanés, porque fue uno de los que aportó para la construcción –continúa-. Casi todos los paisanos eran socios y él cobraba la mensualidad. Estaba muy reconocido y de la embajada le mandaban notas y cartas. A los paisanos de Coronel Mom que tenían algún problema los conectaba con la embajada”.

   Asegura que “en la década del ’30, en la época de la crisis, la tuvo que aguantar. No era fácil mantener a cinco hijos, pero en aquella época el pantalón del mayor y los zapatos del mayor pasaban a los más chicos. Se producía todo; le gustaba mucho hacer la quinta y criar gallinas. Compraba chanchos y después los facturaba. Mamá siempre recordaba que allá usaban la cola del cordero, que es pura grasa, para cocinar trozos de carne, que después ponían en barricas de madera para el invierno. Acá hacía lo mismo con carne de vaca. También preparaba las comidas típicas”, recuerda.

   Fiel portador de las tradiciones de sus antepasados, Eduardo cuenta que “mis sobrinos que viven en Buenos Aires, me dicen: ‘Tío, cuando vaya a (Coronel) Mom no preciso decírtelo; tenés que hacer el kebbe, porque lo hacés de una forma especial’. Yo veía cómo lo hacía mamá, le tomé la mano y tengo paciencia para hacerlo”, apunta.

   Durante décadas, Eduardo Debaisi alternó la atención del negocio familiar, ubicado en una esquina frente a las vías del ferrocarril, con su trabajo en la Cooperativa de Electricidad de Coronel Mom Limitada, entidad de la que fue socio fundador, gerente y presidente del consejo administrador.

 

Por José Yapor

 

“Es como contar a nuestros abuelos con amor”

El actor Daniel Miglioranza, integrante del elenco de  “El conventillo de la Paloma”, destacó el éxito de la puesta en escena del sainete de Alberto Vaccarezza, que hasta el 9 de marzo se puede ver en Mar del Plata.

Por José Yapor

 

   “¿Entrás? Dale, te espero…”, dijo el hombre mirando hacia atrás, con gesto amable, mientras sostenía la pesada puerta de vidrio. “Nunca me hubiera imaginado que un actor de renombre iba a esperar con la puerta abierta a este ilustre desconocido”, agradeció el otro, guiñando su ojo derecho y buscando la complicidad del encargado eventual del edificio, testigo privilegiado de la escena.

   Segundos después, siempre en un clima de buen humor, el diálogo se prolongaría en uno de los ascensores “del fondo”, que conduciría  a ambos vecinos a sus respectivos departamentos para vivir las últimas horas de la jornada y empezar a pensar en “el día después”. Los protagonistas, que quedaron en volver a encontrarse, no son otros que el actor Daniel Miglioranza y el autor de esta nota.

      De su infancia en Carlos Keen, localidad del partido de Luján, Daniel recuerda “los olores del campo. Yo nací en el campo; toda esa inocencia que viví me trae los olores de las fiestas. Cuando de muy pibe iba a la estancia de los Achával, donde tenía mi yegüita, ‘La Rubia’. Y también recuerdo a mi vieja (María Angélica Campero) enseñándome recitados criollos, antes de aprender a leer. Los recitados que aún recuerdo, de Boris Elkin. Una infancia linda, feliz, compartida con mi hermano Alcides, en un pueblito que era mi Macondo, como para García Márquez”.

   Cuenta que “cuando el tren dejó de pasar, quedaron nada más que la fábrica de fideos y la fábrica de dulce de leche, donde laburaba mi viejo (Marcelino). Por eso, yo soy fanático del dulce de leche. Se fabricaba dulce de leche y quesos. Sobre todo el repostero, pero también salía el común, en esos envases de cartón. Con mi hermano íbamos a visitar a mi viejo a la fábrica y veíamos cómo se hacía el dulce de leche en esas ollas enormes, las ollas pail. Mi viejo era oficial pailero. Era toda una experiencia muy dulce”, evoca entre risas.

   “A los dieciocho o veinte años ya vivía en Luján y estudiaba en Buenos Aires. Descubrí  a García Márquez e hice mi primer cortometraje, ‘La prodigiosa tarde de Baltazar’, y lo filmé en Carlos Keen”, relata sobre sus primeros pasos en el mundo de la actuación.

 “El conventillo de la Paloma”

   Por estos días, Daniel Miglioranza integra el elenco de “El conventillo de la Paloma”, sainete de Alberto Vaccarezza, que hasta el 9 de marzo se puede ver en la sala del Teatro Mar del Plata, en Avenida Luro 2335 de la ciudad balnearia.

    A modo de evaluación, cuando recién comienza a despuntar la segunda quincena de enero, Daniel subraya que “estamos muy felices. Hicimos tres temporadas en Buenos Aires, en el Cervantes, con mucho éxito. Ultimamente como un suceso, porque el Cervantes no se llenaba hasta la tertulia desde el año ’41, con el Martín Fierro de (Elías) Alippi. Siempre teníamos la expectativa de venir a Mar del Plata y, por una razón o por otra, por ahí no se daba. Gracias al esfuerzo del Cervantes y de Carlos Rottemberg, se pudo concretar esta vez. Somos veintiocho artistas en escena. La escenografía, de René Diviú, está muy buena. Hay músicos en escena. Toda la escenografía se trasladó tal cual estaba en el Cervantes. Viajó el mismo grupo, tanto los protagonistas como el ensamble; no se desarmó el grupo”, destaca.

   Asegura que “las críticas fueron muy buenas y la gente se ha ido muy contenta. Como siempre, para nosotros es una alegría hacerla y nos damos cuenta de lo que pasa por la gente. Estamos chochos, porque el espectáculo está saliendo muy bien”.

   Al referirse al contenido de “El conventillo de la Paloma”, Miglioranza recurre al contexto histórico y explica que “los conventillos estaban habitados por personajes de distintos orígenes étnicos: el polaco, el español, el italiano, el turco, el compadrito… Había de todo. El sainete de pura fiesta, que sería este, consta de  tres partes. La primera es la presentación del conflicto. Todo el mundo alborotado. El tano –Seriola, que hago yo- es el encargado del conventillo y el gallego –Fito Yanelli- está medio alborotado por la llegada de la Paloma -Ana María Cores-, una nueva inquilina. Todas nuestras mujeres, celosas de la historia, inventan con Villa Crespo –Horacio Peña, que sería el guapo- la historia que ellas empiezan a entrar en el baile con otros hombres y nos hacen poner celosos. El segundo acto, en la estructura clásica del sainete, es siempre en verso. Estos paparulos van a cantarle su amor a la Paloma en el balcón, como Romeo y Julieta. El tercer acto es de pura fiesta, musical. Ahí es donde se arma el baile y se produce el desenlace: aparece un chico, Paseo de Julio, el otro guapo que andan buscando porque la mina se rajó, porque el tipo la fajaba… El guapo Villa Crespo lo desafía, hace que la Paloma se quede y se queda con la Paloma. Sello final: se enamora de la Paloma y la Paloma se enamora de él. Los demás nos quedamos con la boca abierta; los tontos volvemos con nuestras mujeres, que nos hicieron creer que nos metían los cuernos. Una anécdota simple, pero con mucha inocencia, que muestra la alegría del juego. De cómo se hacía en ese tiempo y cómo se hace ahora también; el juego clownesco de estos personajes, que es como contar a nuestros abuelos con amor”, concluye.

 

Chivilcoy: esa calle porteña que se vuelve avenida

Una recorrida por las 51 cuadras comprendidas entre los barrios de Floresta, Monte Castro y Villa Devoto.

Por José Yapor

 

   Media mañana de un  jueves tormentoso. Cielo plomizo en Buenos aires, sin ningún vestigio de sol. El Servicio Meteorológico Nacional difundió un alerta y todos hablan de la tormenta que llegará por la tarde, o quizás por la noche, con abundante agua y ráfagas de viento.

   Tratando de ganarle a la lluvia, CLIP emprende una recorrida por la calle Chivilcoy, esa arteria que nace al 8.400 de la avenida Rivadavia, en pleno corazón de Floresta, y se extiende hasta la avenida General Paz, límite convencional con provincia. En sus cincuenta y una cuadras, atraviesa tres barrios y otras tantas vías ferroviarias y plazas. El paisaje, lo mismo que las sensaciones, irán cambiando en el largo trayecto.

   En su primera cuadra, sobresale el Mercado Vélez Sarsfield, un centro de abasto barrial que, a los porrazos, intenta resistir el paso del tiempo. Allí conviven carnicerías, verdulerías, talleres de calzado, ferias americanas, ventas de regalos y una buena cantidad de puestos vacíos. Todo hace pensar que conoció tiempos mejores, cuando las amas de casa del barrio cumplían la diaria procesión entre un puesto y otro, más o menos para esa misma hora.

   A la altura del 100, cruzan las vías del Ferrocarril Sarmiento, a metros de la estación Floresta. No existe paso a nivel, aunque sí cruce peatonal. En las cuadras que siguen se ven árboles añosos, con espeso follaje, y viejas casonas en estado puro o recicladas.

   En la Plaza Vélez Sarsfield, ubicada en la intersección con avenida Avellaneda, charlan sentados en un banco Diego y Juan, dos ancianos que residen en un geriátrico de la zona. Cuando se les pregunta si saben por qué la calle lleva por nombre Chivilcoy, Diego responde que “hay un pueblo que se llama así”, aunque no recuerda por dónde queda.

   Al dejar atrás Avellaneda, la presencia de patrulleros estacionados y personal uniformado deja entrever la proximidad de una dependencia policial: la Comisaría 43 de la Policía Federal Argentina.

   Sigue el camino, sin que nada cambie demasiado. Por ahora, claro está. Al 700 se anuncia Gaona, esa clásica salida hacia el oeste. Ahí nomás, Juan B. Justo, con su doble mano y, en el medio, la estación Chivilcoy del Metrobús.

   Al 1.300, el caminante encuentra la Plaza Tte. Cnel. Pomar, convertida en polideportivo. Cien metros más adelante, una escuela pública y la Plaza Ciudad de Udine, que los vecinos rebautizaron “Banderín”. Una buena ocasión para hacer un alto, anotar algunos comentarios y tomar una foto del mural que reclama “Justicia para Cristian, Maxi y Adrián. ¡Presentes! 29/12/2001”. Un grito para no olvidar, en memoria de los jóvenes Maximiliano Tasca, Cristian Gómez y Adrián Matassa, asesinados en la madrugada de ese día por el ex policía Juan de Dios Velaztiqui.

   Al llegar a la esquina de Chivilcoy y Juan A. García, queda atrás Floresta y se impone Monte Castro, con sus calles anchas arboladas y sus casas bajas, algunas con techos de tejas. Emma, vecina de muchos años, tiene una idea parecida a la de Diego y también arriesga que Chivilcoy “es el nombre de un pueblo”.

   En las próximas cuadras, la calle hace honor a su nombre. O, mejor dicho, uno siente que “merece llamarse de esa manera”. Por sus características urbanas, el clima de barrio y la tranquilidad que impera, esa porción de la gran ciudad bien podría asimilarse al paisaje de cualquier ciudad del interior.

   También allí queda claro que los límites reales de los barrios porteños no siempre coinciden con los imaginarios. Muchos vecinos extienden Floresta hasta Alvarez Jonte, unos trescientos metros más allá de lo que establece la cartografía oficial. Tal vez, porque el Club Atlético All Boys, reconocido como “el equipo de Floresta”, tiene su estadio en Chivilcoy y Alvarez Jonte.

   En las inmediaciones de la cancha, todo se ve en blanco y negro, colores que identifican al “albo”: murales, banderas, camisetas y también los carteles de los negocios vecinos.

   Al 2.244, luce imponente el Garage Chivilcoy, el primer comercio (¿el único?) en este recorrido que lleva el nombre de la calle. Fabián se sorprende por la foto a la fachada del amplio local, pero enterado del motivo accede a hablar y explica que “es una ciudad que está a unos 150 kilómetros al oeste, sobre Ruta 5”. Con precisión, explica que “Monte Castro llega hasta Baigorria y, a partir de ahí, empieza Devoto”. Y anticipa que “al llegar a Tinogasta, Chivilcoy se transforma en avenida, con bulevar”.

   La calle le da paso a la avenida a la altura del 3.000. César, propietario del quiosco ubicado en Chivilcoy y Tinogasta, asegura que “nosotros somos los más antiguos de la zona” y recuerda los tiempos en que por el barrio “pasaban el 190 y el 78” y los vecinos compraban  “leche por litro”, a una cuadra de ese mismo lugar.

   Dice no conocer el origen del nombre de la calle/avenida, aunque cree que alguna vez se lo explicó Domingo De Lucca (“Mingo”), un historiador de Villa Devoto ya fallecido, que durante muchos años editó un periódico barrial.

   César recurre a Edgar, quien lo acompaña en la atención del quiosco, y le pregunta si sabe dónde queda Chivilcoy. El joven asiente y explica que “tenés que tomar el acceso Oeste y, pasando el peaje que está antes de llegar a Luján, doblás hacia la izquierda hasta encontrar la Ruta 5, que te lleva. Cuando fui para el sur, pasé por Chivilcoy”, apunta.

   En un inesperado cambio de roles, ahora es él quien pregunta y quiere saber “qué significa Chivilcoy”. Escucha atentamente las dos versiones: aquella que alude a la idea de “tierra con mucha agua buena” y la otra, que remite a la existencia de un bravo cacique, a quien llamaban “Chivilco”.

   Al 3.300, Chivilcoy se encuentra con la avenida Francisco Beiró. Allí el paisaje vuelve a modificarse: casas señoriales, coquetos chalés y modernos edificios conviven con una frondosa arboleda.  En una de las cuatro esquinas, se percibe una amplia construcción de época en estado de abandono. En pocas palabras, el vendedor de diarios del lugar explica que “esto fue un instituto de menores”.

   Dos cuadras más adelante, está el paso a nivel de las vías del Ferrocarril San Martín. Las barreras bajas anuncian el inminente paso de un tren. Segundos después,  pasa una formación con destino a Pilar.

   Al llegar al 3.800, un cartel indica que allí funciona el Hospital Dr. Abel Zubizarreta y, cien metros más adelante, la avenida se corta al llegar a la Plaza Arenales, de amplios canteros con cercos metálicos y abundante vegetación.

   El bulevar retoma a la altura del 4.200. Por allí camina Fernando Rubén, con atuendo deportivo. Identifica fácilmente a Chivilcoy: “Es una ciudad que está sobre la Ruta 5; la conozco y es muy linda”, comenta.

   Al 4.500, el tercer cruce ferroviario: las vías del Ferrocarril Urquiza, que conectan Federico Lacroze con Campo de Mayo. Es el mismo corredor que espera con ansias la vuelta de “El Gran Capitán”, el tren que llegaba hasta Posadas y, en algún tiempo más remoto, también a Encarnación (Paraguay).

   En el último tramo, pasando la avenida Mosconi, el tránsito decrece. Un sello característico de esta zona son los imponentes chalés y la característica vegetación de los bulevares, compuesta por distintas variedades de palmeras y arbustos corpulentos.

   Y bien, al 5.100 el recorrido concluye, dos horas y media después de aquellos primeros pasos en Floresta. Un lindo paseo por una calle extensa que se vuelve avenida y evoca el nombre de una ciudad emplazada en el corazón de la Pampa húmeda. Valió la pena.

 

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Rige en plenitud la Ley de Medios

   La Corte Suprema de Justicia determinó que la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual es constitucional.

   Llegó el día tan esperado, justo a tiro de celebrar los 30 años del retorno de la democracia. Es un gran homenaje a los 30.000 compañeros detenidos-desaparecidos, a Raúl Alfonsín y a Néstor Kirchner. Y también a tantos dirigentes, funcionarios, trabajadores y militantes anónimos que, a lo largo de estas tres décadas, trabajaron para democratizar la palabra.

Acto presentación del libro "El Intendente que volvió a los andamios"

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