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La locomotora del oeste

Tapa del libro presentado en Chivilcoy, el 12/10/13.

Tapa del libro presentado en Chivilcoy, el 12/10/13.

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Fue presentado el libro "El Intendente que volvió a los andamios"

Fue presentado el libro "El Intendente que volvió a los andamios"

   El sábado 12 de octubre, en el Museo de Artes Plásticas "Pompeo Boggio", de Chivilcoy (BA), fue presentado el libro "El Intendente que volvió a los andamios - Edgar Angel frígoli".

   Ante un importante marco del público, el autor del libro, José Yapor, estuvo acompañado en el panel por el ex intendente Jorge Juancorena; el moquehuense José Luis Rodríguez (ex profesor de Frígoli); el historiador Juan Larrea; el director del Archivo Literario Municipal, Carlos Armando Costanzo y el propio homenajeado.

   Edgar Frígoli nació en Moquehua (partido de Chivilcoy), a fines de 1932. Fue concejal justicialista a mediados de la década del '60 y, en 1973, fue elegido intendente municipal por el Frente Justicialista de Liberación (Frejuli).

   Durante su gestión, se pavimentaron 33 cuadras en Moquehua, fue abierta la traza de la Ruta Provincial Nº 30 entre Chivilcoy y Roque Pérez, se instaló en Chivilcoy el centro regional de la Universidad Nacional de Luján y el municipio realizó los primeros trabajos de arbolado y demarcación en el predio del Parque Lacunario "Alejandro Martija". 

   Tras ser destituido de su cargo por la dictadura cívico-militar, en 1976, Frígoli retornó al oficio que heredó de su padre: la construcción. Ese hecho siempre fue reconocido por la comunidad chivilcoyana como muestra irrefutable de su honradez y humildad.

   En la foto, aparecen Frígoli, la diputada provincial Graciela Rolandi (FpV) y el autor del libro, José Yapor.

Tapa del libro "El intendente que volvió a los andamios"

Tapa del libro "El intendente que volvió a los andamios"

Será presentado en el transcurso del mes de octubre en Chivilcoy. Rescata la figura de Edgar Angel Frígoli, jefe comunal durante el período 1973 - 1976.

El intendente que volvió a los andamios

Anticipo del libro de José Yapor sobre las memorias de Edgar Angel Frígoli

 

   Angel Frígoli nació en Pizzeghetone, provincia de Cremona, localidad del norte italiano ubicada cerca del Río Po, de la frontera con Suiza y de los Alpes. Finalizada la Primera Guerra Mundial, aquel joven que estuvo alistado en el frente de combate y fue prisionero durante poco más de un año, buscó mejores horizontes en América del Sur, siguiendo consejos familiares. Se estableció en Moquehua, partido de Chivilcoy, donde trabajó como constructor.

   Teodora Aurea Aire (Airé por su fonética) nació en Norberto de la Riestra, partido de 25 de Mayo, localidad vecina de Moquehua. Descendiente de vascos por la vía paterna, Teodora se crió en un campo donde su padre, Saturnino, se desempeñaba como encargado.

   El destino quiso que ambas historias convergieran en un poblado pequeño de la pampa bonaerense. Angel y Teodora fueron los pilares de una familia numerosa, que vio la luz y creció en Moquehua. De esa unión nacieron cuatro mujeres y un varón: Lidia Regina, Nélida Ester, Angela Paulina, Elva Natividad (“China”) y Edgar Angel.

   En aquel hogar donde todo se conseguía gracias al esfuerzo, al menor de los hermanos – nacido el 22 de noviembre de 1932- lo llamaban “El Nene”, expresión cariñosa que se convirtió en una suerte de apodo que lo acompaña desde hace ocho décadas. Además de su segundo nombre, Edgar heredó de su padre el oficio de albañil. La temprana partida del inmigrante italiano, convirtió al hijo adolescente en su natural heredero y también en el principal sostén de la familia.

   “Pasé una infancia bastante buena, para aquellos tiempos en los que afloraban la humildad y la pobreza –cuenta Edgar-. Los que se veían bien eran las personas que tenían bastante campo y venían al pueblo lógicamente con otras perspectivas. Mi papá era constructor y, así y todo, no podíamos nadar en la abundancia ni mucho menos. Llevábamos una vida muy austera. Eramos cinco hijos –cuatro mujeres y yo- y en un momento fuimos los cinco a la escuela. Y claro, se ponía pesado para mi viejo, que era el único que trabajaba afuera. Mamá, a la fuerza, tenía que estar en la casa. Los cinco en la escuela significaban cinco guardapolvos, cinco libros y cuadernos”.

   Al recordar el Moquehua de antaño, Frígoli comenta que “los principales negocios eran las casas Méndez, Falabella y Cavallieri. Las tres tenían la sección de mercadería que la gente compraba a diario. Todas trabajaban muy bien. Tenían libretas y los chacareros sacaban todo el año. Tanto Méndez como Falabella tenían más de cuatrocientas libretas cada uno; clientes firmes. Había una casa más chica, que también compraba cereales. Era de Aurelio Balbín, primo de Ricardo (el líder radical). Un hijo, que se llama Raúl y en la barra le decíamos ‘Cacho’, se fue para La Plata. Primero estuvo radicado en Merlo y ahí tuvo un diario”.

   “Llegaba el tren de Buenos Aires a las doce –precisa Edgar-. Nos juntábamos todos en la estación. Recibía los diarios Miguel Ampudia, que era un ídolo en Moquehua por sus famosos cuentos. ¡Si habrá contado cuentos Miguel! A veces, el tren venía con una hora de atraso y Miguel contaba cuentos apoyado en una ventana. A las dos de la tarde pasaba el otro tren, que iba para Buenos Aires. A las seis de la mañana llegaba ‘el local’, como le decíamos nosotros. Corría todos los días y oficiaba de carguero. Cargaba leche en todas las estaciones y tardaba como cinco horas”.

   En el mes de junio de 1961, el gobierno provincial encabezado por Oscar Alende dispuso la creación de la escuela secundaria en Moquehua, mediante el Decreto Nº 2.459. En 1965, egresó la primera promoción de maestros y Frígoli fue uno de sus integrantes.

   Para poder asistir diariamente a las aulas, el joven albañil tuvo que ingeniárselas: “Compré un caballo en lo de Follis, que ya no usaban más para trote, porque estaba medio viejón. Estaba el chico de Peña, muy apto para todas esas cosas, y le digo: ‘Mirá… me tenés que hacer de chofer. Cuando lleguemos a casa hay que desatar el charré, guardar los aperos, bañar al caballo y llevarlo al potrero. Yo no voy a tener tiempo, porque tengo que saltar del charré para ir a lavarme la cara, aunque sea un poco, y luego poder ir a la escuela’. Pude ir a la escuela, porque se cursaba de noche”, destaca.

   Previo a los sucesos de octubre de 1945, en una obra sintió hablar de “un tal Perón”, hecho que reconoce como la primera referencia al líder popular con el que se identificaría toda su vida. Como protesta frente a los sucesos de septiembre de 1955, osó poner a media asta la bandera que se encontraba en el mástil de la plaza. Aquel hecho le valió una seria advertencia del funcionario policial a cargo del destacamento moquehuense. Desafiando a la proscripción dispuesta por las autoridades de facto, en los años posteriores siguieron celebrando el Día de la Lealtad, con asados y discursos. Esos hechos fueron forjando su perfil de referente peronista en su pago chico. Su mentor político fue Pascual Mazza, a quien en la villa apodaban “Cuito”.

   Tras una fugaz experiencia como concejal a mitad de los ’60, con la reapertura democrática de marzo de 1973 es elegido intendente municipal por el Frente Justicialista de Liberación (Frejuli), gracias al decisivo apoyo del sector gremial.

   Entre los principales logros de su gestión, Edgar Frígoli repasa: “Largamos con el pavimento del Barrio Obrero, porque la obra ya estaba aprobada y tomada por licitación. Fueron dieciocho cuadras. De salida, ‘Quique’ Devito me dijo: ‘Edgar, tenemos que luchar por la Ruta 30’. Ese era mi objetivo mayor y se tenía que hacer, porque era una obra impostergable. ‘Está en las puertas de Chivilcoy; así que tenemos que seguirla’, le dije. Todas las semanas íbamos a La Plata a pedir que la obra se concretara. Conseguimos que la alambraran y la marcaran. Se pavimentó Moquehua. ¡Eso es tan importante hasta el día de hoy! Conmigo se hicieron treinta y tres cuadras, con desagüe pluvial. Fue una obra hecha a todo costo, a todo nivel”.

   En aquellos, además, Chivilcoy amplió su oferta educativa gracias a la apertura del Centro Regional de la Universidad Nacional de Luján (Unlu). “Buscamos una casa grande y la conseguimos en la calle Pellegrini. No estaba en muy buenas condiciones, pero se le hizo un retoque y enseguida empezaron las clases. Venían muchachos de toda la zona: de 25 de Mayo, de Alberti y de Moquehua mismo. Fue una estampida de cultura y de progreso”, asegura Frígoli.

   El 17 de diciembre de 1975, en lo que constituyó el capítulo más triste y lamentable de su administración, un grupo parapolicial secuestró y asesinó a los abogados peronistas Obdulio Aníbal De Vito (“Quique”) y Oliverio Luis Capellini (“Piti”). Esa misma noche, se produjo una fuerte detonación en la sala del Teatro El Chasqui, que causó importantes daños.

   Desalojado del poder semanas después del golpe cívico-militar de marzo de 1973, Edgar volvió a su oficio de constructor, hecho que la ciudadanía chivilcoyana siempre reconoció como prueba irrefutable de su honradez en el desempeño de la función pública. En el ciclo democrático iniciado en octubre de 1983, luego de resultar derrotado en las internas partidarias, ocupó una banca en el Concejo Deliberante hasta fines de esa década.

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Fieles a las raíces, en el Barrio Norte

Los hermanos Miguel y Jorge Amado repasaron la historia familiar, que se inició con la llegada al país de su abuelo, Miguel, procedente del Líbano.

 

   Una vieja esquina del Barrio Norte, que en otros tiempos fue almacén y hoy autoservicio, fue el lugar del encuentro con Miguel César y Jorge Alberto Amado, nietos de un inmigrante libanés que llegó a Chivilcoy en los primeros años del siglo pasado.

   Los Amado conforman una familia numerosa, que ha tenido una particularidad: la gran mayoría de sus integrantes han permanecido en la zona norte de la ciudad. Este hecho se puede verificar con un simple repaso por la guía telefónica, donde aparecen los domicilios en las avenidas Bernardo de Irigoyen, Urquiza y Soárez o en las calles El Maestro Argentino, Viamonte y Humberto Primo.

   El diálogo se vio enriquecido con la participación de clientes –a la vez, vecinos y amigos de la familia-, quienes relataron viejas anécdotas y recordaron el microclima especial que rodeaba al barrio en los tiempos en que funcionaba la desaparecida Estación Chivilcoy Norte del Ferrocarril Oeste (rebautizado Sarmiento después de la nacionalización de mediados de la década del ‘40).

   “Miguel Amado, mi abuelo, llegó del Líbano cuando tenía catorce años. Puso un negocio, un almacén en avenida Bernardo de Irigoyen y Olavarría, donde después estuvo la Panadería Ricardi. Además, arreglaba y fabricaba bolsas de arpillera. Por cada tres bolsas para trigo o maíz, hacía una de avena, que eran más anchas y más grandes porque la avena es liviana. Tenía clientes que se las encargaban y él las hacía arriba del mostrador, cuando tenía tiempo. No hacía repartos; siempre estuvo en el negocio. Con el primer matrimonio tuvo dos hijos y con el segundo matrimonio, cinco: Dolores (‘Ñata’), Ema (‘Chita’), Miguel César (‘Lucho’), Roberto (‘Beto’) y ‘Cacho’. ‘Beto’ y ‘Cacho’ se fueron a vivir a 25 de Mayo. De mi abuela no recuerdo el nombre. Mi papá siempre nos contaba que falleció cuando él tenía cinco años. Mi abuelo murió a los setenta años. A la cuchara le decía mákara y al cuchillo, sik. Cuando falleció mi abuelo, mi papá se quedó con la esquina. Les fue dando de a poco la parte a cada hermano. Después de algunos años, se la vendió a Ricardi, que hizo la panadería”, relata Miguel César, quien lleva los mismos nombres que su abuelo y su padre.  

   “Lucho” Amado se casó con María Rosa Cápula. De esa unión nacieron Miguel César, Osvaldo Oscar, Juan Carlos, José María, Rubén Rodolfo, Susana Rosa, Ricardo Héctor, Alicia Noemí y Jorge Alberto. Quince nietos y diez bisnietos constituyen en la actualidad la descendencia de aquel hijo del inmigrante árabe.

   Fue precisamente “Lucho” el fundador del almacén familiar, que hoy continúan dos de sus hijos.

   Respecto de su historia, Jorge Alberto comenta que “a este negocio lo atendía mi vieja”, quien destaca que su madre “siempre decía que, cuando estaba embarazada y por tener familia, le levantaba a mi viejo esos tarros lecheros grandes a la jardinera. Mi viejo iba por todos lados a repartir leche. Cuando repartía vinos, iba hasta el Abasto, en Buenos Aires. Tenía camión propio. Falleció el 7 de julio del ‘90, a los setenta y dos años. Mi vieja falleció el 23 de septiembre de 2007”, puntualiza.

   Miguel César especifica que “el camión que usaba para repartir vinos era un Chevrolet ‘28. En el año ’48, compró un Federal nuevo. Todos los hermanos nacieron todos en la propia casa. Venía la partera Caro, que vivía al lado del Sanatorio Chivilcoy. El negocio era más chico y tenía piso de madera. Cuando mi papá compró, volteó esa pared y nosotros hicimos todo grande. Después, cuando falleció mi papá y quedamos nosotros dos, volteamos esa pared y la hicimos más grande”.

   Interviene nuevamente Jorge Alberto para aclarar, refiriéndose a Miguel: “El único que nació en la esquina de Bernardo de Irigoyen es él. Todos los demás, nacimos acá. Allá había una pieza y allá otra”, indica, señalando hacia la izquierda y la derecha de la esquina.

   Miguel César está casado con Ana María Corrao, con quien tuvo dos hijos. Jorge Alberto es soltero.

 

Recorrido en jardinera

 

   En eso llega Oscar Rubén Cremona, viejo amigo de los Amado, quien primero se ataja y aclara: “Si empiezo a contar cosas, no voy a trabajar”, pero enseguida recoge el guante y cuenta que “esto era la quinta de Marcigliano. No existía ni una casa, más que una casa chiquita en el medio, y muchos pinos. Había un circuito en el medio y venían los ciclistas a correr. Yo me he criado con los hermanos mayores. Donde está el supermercado Las Lilas, en Bernardo de Irigoyen 335, era mi casa”, nos sitúa.

   Recuerda que con “Lucho”, el papá de Miguel y Jorge, “salíamos a vender vino en jardinera. Eran los vinos Yapeyú, de la bodega La Superiora, de la familia Vaccari. Estaba en Bernardo de Irigoyen entre San Lorenzo y Colón. Ibamos a Coronel Mom, Palemón Huergo y si teníamos tiempo, también a Ayarza. De Ayarza volvíamos por La Carlota –que todavía existe, pero no hay nada- y después pasábamos por el almacén de Frechero, que ya no está. Salíamos temprano y lo hacíamos en un solo día, en jardinera y con un solo caballo, eh…”, remarca.

   “Agarrábamos hasta el boliche de Dova. De ahí bajábamos, todo por camino de tierra, hasta ‘La Piedra’. El paraje se llamaba así, porque había una piedra colocada en el medio de la calle. Había un almacén, pero no me acuerdo cómo se llamaba el dueño. De ahí íbamos hacia Coronel Mom. Llevábamos damajuanas de diez litros y esqueletos con diez envases. Comíamos mortadela y queso. En el almacén comprábamos gasesosa. ¡Como me gustaban los caballos…! Siempre me gusta acompañarlo. ¡Y si habré comido fiambre en el camino, para no perder tiempo! Lo hacíamos una vez por semana. Me escapaba de mi casa. ¡Las ratas que me habré hecho…! (risas). El padre de los muchachos después tuvo acá el almacén y hacía un reparto de leche. ¿Me entiende? Mi padre me puso en el colegio de los curas, donde está la capilla, en la avenida Villarino (Colegio del Buen Consejo). Me puso de medio pupilo y también me escapaba”, señala Cremona.

 

Los duendes de la estación

 

   Minutos más tarde, arriba al local José Corti, otro de los testigos de la historia familiar de los Amado. “Vivíamos en el barrio de la plaza Mitre, de lo Parente y Peruzzo dos o tres zaguanes más acá –nos ubica-. Cuando papá me trajo al barrio de la Norte, a media cuadra del ferrocarril, teníamos que pasar el alambre del molinete y entrábamos a la estación. Recuerdo que papá me llevaba a Buenos Aires, para que conociera la Capital.  Fuimos creciendo acá, en el barrio. No nos fuimos nunca”, resalta.

   Con nostalgia, Corti repasa los pormenores de aquellos viajes: “Nos íbamos en el tren de la mañana. Llegábamos a Buenos Aires, papá hacía sus cosas y nos volvíamos en el tren de las seis de la tarde. La historia sigue, porque después me casé con la hija del último jefe que tuvo la estación Chivilcoy Norte. Mi suegro era Héctor Scandizzo y mi esposa, Sonia. El tenía nueve hijos y venía del lado de La Pampa, escalando posiciones. Llegó a Chivilcoy, después pasó a Merlo y, por último, a Tablada, donde se jubiló. Una vez jubilado, volvió a vivir a Chivilcoy”.

   En los años de esplendor de la Estación Norte “a Buenos Aires había un tren que salía a las ocho de la mañana y otro que llegaba a las dos de la tarde. A eso de las seis y pico de la tarde salía otro tren. Así que teníamos tres trenes por día. Tardaban una barbaridad, porque paraban en todas las estaciones. La idea de mi suegro era poner un tren rápido para gente que tuviera que ir a trabajar para el lado de la Capital. La luchó, fue y habló con la gente de Tráfico para que no levantaran la estación”.

   “Yo tendría ocho o diez años y veía los trenes cargados de frutilla, con cajones de un kilo y otros de medio. Iba todo a la Capital”, evoca José Corti.

   Retoma Miguel César para explicar que “todos los frutilleros iban a la estación en charrés. Las frutillas iban en cajitas y embalaban todo a la Capital. También se cargaban lechones. Acá teníamos un terreno grandísimo. Papá mataba lechones con mi tío Améstico. Teníamos canastos grandes. A la noche matábamos lechones y, a la mañana temprano –antes de las seis-, los llevábamos en canastos, con una bolsa de arpillera cosida arriba. A mi me gustaba acompañarlo, porque agarraba la zorra que… ¡hacía un ruido! Con la zorrita los llevábamos a los vagones. Mandábamos los lechones a un tal Germano, que tenía negocio en Once”, acota.

   Asegura Corti que “esto era otro pueblo aparte, en el tiempo en que estaba la estación. Teníamos seis peluquerías en una cuadra y media y todos los peluqueros trabajaban. Además, había negocios de bebidas y otros que daban de comer, porque teníamos las barracas y era mucha la gente que venía. Era un pueblo aparte”, insiste.

   Indica que en la entonces terminal ferroviaria “en los años ’50 y algo, cuando yo ya tenía dieciocho años, había dos boleteros, un cambista y, en los galpones donde hacían reparaciones y daban vuelta las máquinas, había otros cuatro empleados y un jefe. Viajaba mucha gente y yo lo sentí en el alma cuando voltearon la estación. Según contaba mi suegro, vino un expediente que siguió caminando y caminando y nadie lo pudo parar”, lamenta.

   “Cuando estaba el ferrocarril, se armaban mitines políticos muy grandes –continúa-. Levantaban el palco en la esquina de la Casa Zago, que estaba frente a la estación. Los políticos hablaban ahí. La gente escuchaba a todo el mundo: socialistas, radicales, comunistas…”.

   Por último, cuenta que “conocí al papá de los muchachos, en una época en la que él  estaba en la bodega La Superiora. Era el encargado y manejaba todos los hilos. Nosotros no llegábamos acá, porque teníamos locales que estaban más cerca de la estación. En la calle Humberto Primo había muchos negocios, era muy comercial. Después me vine para acá”, completa.

Autor: José Yapor

 

 

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Homenaje al compañero Luis Gemetro

El sábado 15, se colocó una baldosa en su memoria, en la esquina de Larralde y Conde

   Una baldosa en homenaje al compañero Luis María Gemetro fue colocada el sábado 15 por la tarde, en la esquina de la veterinaria ubicada en Crisólogo Larralde y Conde, donde el militante popular trabajaba y fue secuestrado por una patota militar, en el mes de febrero de 1977.

   Al acto, convocado por Barrios por Memoria y Justicia, concurrieron familiares y amigos de Luis María, militantes de organizaciones políticas de la Comuna 12 e integrantes de entidades defensoras de los derechos humanos.

   A los ideales y el compromiso social del militante de la Juventud Universitaria Peronista, se refirieron su esposa  Liliana Franchi, su hija Florencia y “El Negro” Rodríguez, uno de sus compañeros de agrupación en la Facultad de Ciencias Veterinarias de la Universidad de Buenos Aires. 

   En uno de los momentos más emotivos, Liliana recordó su declaración en la causa Vesubio, donde estuvo detenido su esposo, al tiempo que destacó que “los genocidas ya están presos, los vi entrar libres y salir esposados. Se consiguió justicia a través de la cárcel y lo mismo se espera con los juicios que ahora empezaron por lo ocurrido en la ESMA”.

   Florencia, por su parte, sostuvo que “hay que incorporar en la historia las luchas, la organización y la experiencia de todos estos años de militancia que hicieron posible que hoy tengamos juicios, que los genocidas sean llevados a estrados y sean juzgados, que haya una memoria colectiva y,  sobre todo, un legado que permita pensar en futuras luchas.”

   Completaron la lista de oradores, el actual propietario de la veterinaria, el comunero del Frente para la Victoria Pablo Ortiz Maldonado (Comuna 12) y Carlos Pisoni, representante de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación en el Espacio Memoria (ex ESMA).

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