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La locomotora del oeste

Tecnópolis: "Una apuesta al futuro, pero también a la vida"

   Tecnópolis, la megamuestra que se realiza en Gral. Paz entre Constituyentes y Balbín (Va. Martelli), es la expresión genuina de un país que ha revalorizado la ciencia, la tecnología y el trabajo de sus investigadores.

   Además de una retrospectiva del desarrollo científico-tecnológico argentino, es un relato sobre un presente luminoso y una apuesta para reposicionar al país en la vanguardia de la producción de conocimiento y valor agregado.

   Lo tuvo claro un Presidente que gobernó al país a mediados del siglo pasado. La creación de la Comisión Nacional de Energía Atómica (Cnea) y de la Comisión Nacional de Investigaciones Técnicas y Científicas (Conityc), antecedente del Conicet, fueron verdaderas políticas de Estado para un país que se industrializaba en los sectores de consumo masivo y básicos, que apuntalaba la educación técnica y que fundaba la Universidad Obrera Nacional (Uon), pilar de la actual Universidad Tecnológica Nacional (Utn).

   El golpe cívico-militar de 1955 significó la restauración del modelo agroexportador y el consiguiente desmantelamiento del aparato industrial. Todas las dictaduras posteriores profundizaron ese camino regresivo, con acciones como la “Noche de los bastones largos” (1966) y la desaparición de becarios e investigadores (1976-‘83).

   En un país que, de acuerdo a la división internacional del trabajo, debía producir vacas y cereales, la población debía calcularse en función de la cantidad de cabezas de ganado, como propuso alguna vez un presidente de la Sociedad Rural Argentina (ver “Los profetas del odio”, de Arturo Jauretche). En ese modelo de país, sólo cabían 10 millones de habitantes para trabajar en el campo, en industrias subsidiarias o en el sector servicios. El resto estaba de sobra. ¿Para qué formar técnicos o ingenieros en un país sin industrias?

   En la etapa democrática iniciada en 1983, la desvalorización de la ciencia y la tecnología tuvo su pico máximo en la década del ’90, con la recordada invitación “vayan a lavar platos”, del ministro Domingo Cavallo a los científicos que reclamaban aumento de presupuesto. Lejos de tratarse de un exabrupto, aquella expresión guardaba absoluta coherencia con una visión colonial y desindustrializadora del país.

   Desde mayo de 2003, se produjo un cambio de paradigma en las políticas para el sector, en sintonía con lo que ocurría en otros ámbitos de la vida nacional (derechos humanos y sociales, justicia, trabajo, educación, industria, política exterior, fuerzas armadas, deuda externa, etc.).

   Entre las acciones fundamentales, cabe destacar el aumento del 1000% en el presupuesto, la reactivación del plan nuclear, el lanzamiento del Programa Espacial 2004-2015, la reanudación de las obras de Atucha II (próximas a terminar), la reapertura de la planta de Pilcaniyeu para enriquecer uranio, la constitución del Polo Tecnológico Constituyentes, el lanzamiento del cohete Tronador II y del satélite Sac D-Aquarius, la creación del ministerio (diciembre de 2007), la articulación entre organismos y universidades, la repatriación de 800 científicos por el Plan Raíces, la creación de la Agencia Nacional de Promoción de la Ciencia y la Tecnología (Anpcyt) y la fabricación de medicamentos y vacunas en laboratorios nacionales.

   Tecnópolis es una exposición representativa de este cambio de época y el lugar elegido tiene una fuerte carga simbólica: en ese predio que perteneció al Ejército, en tiempos de la dictadura se cometieron violaciones a los derechos humanos. Por eso cobra un valor especial la frase de la Presidenta Cristina Fernández en su discurso inaugural, cuando dijo que Tecnópolis es "una apuesta al futuro, pero también a la vida de las nuevas generaciones".

 

José Yapor

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