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La locomotora del oeste

“Pensaba que estos pueblos iban a desaparecer, pero nosotros los vamos a seguir viendo”

Horacio Alvarez (“El Negro”) y el almacenero Artemio Giménez recordaron cómo se vivía en Benítez en los años en que la activad tambera era el motor de la economía local.

 

 

   Benítez es una localidad del Partido de Chivilcoy, a la que se llega a través de su acceso pavimentado por la Ruta Provincial 51 o bien por medio del tren de la empresa Ferrobaires, de frecuencia diaria.

   Todos los años, en el mes de septiembre, se realiza la Fiesta del Agricultor, en las cómodas instalaciones del Club San Martín, ubicado frente a la estación. En el mismo lugar donde, hasta hace algunos años, se armaban unas concurridas cenas con milonga hasta bien entrada la madrugada.

   En el viejo almacén del pueblo, ubicado a pocos metros del paso a nivel, su propietario Artemio Giménez, acompañado por su esposa Ester, y el vecino Horacio Alvarez recordaron cómo era Benítez en los tiempos en que vivía mucha gente en las chacras, contaron cómo se vive ahora y hasta se animaron a opinar cómo será el futuro para sus pobladores.

   Horacio Alvarez, a quienes todos conocen como “El Negro”, comienza diciendo que “nosotros nacimos, crecimos y seguimos viviendo en el pueblo. Lo vimos cuando no tenía entrada de asfalto ni luz eléctrica ni circulaban los autos y camionetas que hoy circulan. Eran charrets o chicos que venían a la escuela a caballo. Desde ya, ha cambiado. Antes las familias eran más grandes; en las casas había diez o doce personas. Uno no se da cuenta, porque los cambios a veces no son abruptos, pero hoy hay luz eléctrica, asfalto y todo el mundo tiene su autito o motito. Es otro pueblo. Va al ritmo del avance general de la gente. Lamentablemente en otros pueblos, como (Ramón) Biaus o San Sebastián, por ejemplo, no pasa lo mismo porque no tienen la entrada de pavimento. Acá, vos podés ver que los domingos viene gente de Chivilcoy a dar unas vueltas. Ha cambiado con relación a aquello que vimos 40 o 50 años atrás”, analiza.

   Artemio Giménez advierte que “lo que pasó es que nos estamos quedando sin juventud, porque los jóvenes se van. Hay poco trabajo y el campo ocupa poca gente. Ya no es como antes y el que se va al pueblo, no viene más. Conozco muchos chicos que se han ido a Chivilcoy y no volvieron más. Acá viven más o menos 80 personas. Antes éramos muchos más, porque en los campos trabajaba mucha gente. Había cuatro negocios grandes y todos trabajaban. Ahora ni carnicería tenemos. Había venta de combustible acá en la esquina y también en la Casa Suárez, que hacía acopio de cereales”.

                                                              Exodo 

   Retoma “El Negro” y comenta que “al no haber una fábrica que de trabajo, los chicos se ven obligados a irse a la ciudad. Los que se quedan, el único futuro que tienen es trabajar arriba de un tractor. A muchos eso no les gusta, porque no tiene un futuro. Si se construyeran casas, a lo mejor alguna persona de Chivilcoy, aunque sea para fin de semana viene. Esto es muy difícil de lograr, porque hacer una casa para que alguien la ocupe solo el fin de semana, no tiene mucho sentido tampoco. Por lo menos seguimos subsistiendo. Yo pensaba que estos pueblos iban a desaparecer, pero nosotros los vamos a seguir viendo. Gracias a Dios el tren todavía para, porque es un medio de trasporte barato y la gente lo utiliza. Lamentablemente en otros lugares ya no lo tienen”, apunta.

   A nivel educativo, Benítez “tiene escuela primaria y el Seim, que viene a ser el jardín de infantes. Los chicos de la secundaria tienen que viajar en una trafic, que va y vuelve todos los días. En nuestra época de jóvenes no teníamos esa posibilidad. La escuela es la Nº 25 y se llama Martín Miguel de Güemes. En el ‘92 cumplió cien años. El Seim funciona en la misma escuela desde hace diez años”, señala Alvarez.

   Artemio indica que “hubo una fábrica de leche en polvo, que se llamaba San Cayetano. El dueño era de apellido Corradini, una persona de Buenos Aires. Supo tener 22 empleados. Después estuvo un tiempo La Vascongada y luego funcionó un frigorífico que cerró. Ahora está abandonada y no se hace ninguna actividad. Después, pusieron un lavadero de bidones de plástico, pero por muy poco tiempo”.

   Horacio señala que en la actualidad “hay dos plantas de silos, pero no emplean a mucha gente. Habrá cuatro o cinco personas. Están muy automatizadas y funcionan con muy poca gente. Lo que hay es mucho movimiento de camiones, que entran y salen continuamente. No están en el pueblo continuamente, pero parece que fuera un movimiento terrible, porque por día entran montones de camiones”.

   Asegura que “si hoy existiera una fábrica con 20 empleados, el pueblo sería otro. En aquel tiempo, sin las condiciones que hay hoy, trabajaban 20 operarios y eso es muchísimo para un pueblo chico”. 

                                            Los números, de ayer a hoy 

   Artemio le pone cifras a este relato que recorre el pasado y el presente de Benítez: “Con todos los tambos que había, se producían 12 mil litros de leche por día y, ahora, un tambo solo saca 8 mil litros. Cerca del pueblo han quedado dos tambos de mil litros cada uno. Entre esos tres tambos producen 10 mil litros”.

   Y agrega “El Negro”: “En ese tiempo, cada tambo hacía 200 o 300 litros y traían la producción en tarros de 50 litros. Muy pocos traían 20 tarros; la mayoría traía 2 o 3. ¡Había que juntar 12 mil litros así! Los tarros se descargaban a mano, no como ahora, que el camión atraca y descarga. Precisaban gente para eso. Con el tiempo vinieron de aluminio, pero los primeros eran de chapón, muy pesados”, describe.

   “En Casa Suárez, lo hemos visto nosotros, traían las bolsas en chatas o acoplados y estaban los estibadores, los bolseros, que las tenían que descargar también a mano. Un trabajo bastante complicado. Esas bolsas se llevaban en trenes o camiones para el puerto. Era un trabajo muy rudo. Había gente que lo hacía, pero no era para cualquiera”, remarca.

   La zona de Benítez no es ajena al fenómeno del desplazamiento de la ganadería por la producción agrícola. Al respecto, Artemio afirma que “quedó poco ganado” y calcula que “habrá siete u ocho productores que se siguen dedicando a la ganadería”. Alvarez precisa que “el 90% es agricultura” y confirma que “la vaca ha desaparecido de esta zona”.

   La historia del transporte también tiene su lugar en la memoria de los parroquianos: “Cuando no estaba hecha la Ruta 5, pasaba una línea de colectivos que se llamaba La Florida y venían de Bragado. Pasaba un servicio por hora. Habrá funcionado hasta el ‘55 o ‘56, cuando se hizo la Ruta 5. Había una ley que decía que las rutas nacionales o provinciales no podían pasar a menos de 2 kilómetros de la estación. Por eso la 51 pasa a dos kilómetros. La 5 no pasa muy cerca; está a 6 kilómetros y, aunque los colectivos siguen pasando, pasan a seis kilómetros”, puntualiza Alvarez.

   Sobre los años mozos del ferrocarril, Artemio recuerda que “había cuatro cambistas, cuatro auxiliares y el jefe. Además, los que venían a hacer los relevos cuando el personal tomaba franco”.

   Por último, con un dejo de resignación, “El Negro” Alvarez refiere que “la planta de Sancor estaba proyectada para construirla acá, pero no fue posible por la falta de asfalto”. Para que el proyecto avanzara, hubiera sido necesaria la pavimentación del camino paralelo a la vía, desde el puente de la ruta 51 hasta el casco del pueblo. 

Autor: José Yapor

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