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La locomotora del oeste

Portadores de un legado

Mensaje de presentación del libro “Libaneses y sirios en Chivilcoy”. Museo de Artes Plásticas “Pompeo Boggio”, Chivilcoy (B.A.) – Argentina, 16 de junio de 2012

 Por José Yapor

   En esta noche, la memoria nos convoca y los protagonistas principales son nuestros antepasados. Sí, aquellos hombres y mujeres que hace alrededor de un siglo llegaron a estas tierras en busca de un porvenir mejor.

   Escaparon de la opresión, el hambre y la falta de oportunidades para poder vivir dignamente en sus propias patrias. Vinieron huyéndole al horror del Imperio Turco, que arrasaba con todo lo que encontraba a su paso.

   Vinieron desde Siria y Líbano y, en menor medida, de Palestina y otras naciones de Medio Oriente. Dejaron en sus tierras familiares y muchos seres queridos, que, en muchos casos, nunca más volverían a ver. Siempre la diáspora es sinónimo de dolor, violencia, destierro, despojo, exilio forzado e incertidumbre. Vienen a mi memoria aquellos versos de León Gieco que dicen “desahuciado está el que tiene que marchar a vivir una cultura diferente”.

   Llegaron con las únicas armas que tenían a su alcance: su inteligencia, sus brazos, sus piernas, pero sobre todo su inquebrantable voluntad para trabajar y aportar su esfuerzo a una Patria joven, a la que, agradecidos, amaron como propia.

   Los contingentes más numerosos se orientaron hacia el norte y la región cuyana. Buscaron paisajes, climas y condiciones de vida parecidos a los de sus países de origen. En las zonas centro y sur del país, el movimiento inmigratorio fue menos numeroso, pero también tuvo su importancia.

   Primero de a pie y con sus fardos a cuestas; más tarde en carruajes, fueron de tranquera en tranquera y de poblado en poblado ofreciendo productos de mercería, textiles, prendas y de tocador. Con el progreso, muchos de ellos se hicieron comerciantes y fundaron negocios que aún subsisten.

   No fueron la inmigración calificada que soñaron las elites gobernantes de entonces. Tampoco el país era el que pintó la historiografía oficial, institucionalizada en la enseñanza escolar a través de los manuales. La corriente revisionista de la historia, por medio de sus autores, cuestiona ese enfoque y Arturo Jauretche le puso rimas, cuando escribió: “Judío o turco mugriento le dicen al inmigrante, que se hizo criollo al instante y se mezcló en el gauchaje, a combatir los ultrajes de sajones elegantes”.

   Fue ese pueblo del interior profundo quien abrió los brazos a nuestros antepasados. Fueron los hombres y mujeres de pueblos originarios, el gaucho, el criollo y el mestizo quienes les hicieron sentir que esta Patria era también la de ellos. Fueron ellos quienes les ofrecieron hospedaje y les hicieron lugares en sus mesas, en aquellas salidas que duraban semanas enteras. Fueron el peón de campo, el chacarero, el alambrador, el esquilador, el tambero y sus familias quienes los recibieron festivamente cada vez que algún vendedor ambulante los visitaba.

   Y porque sintieron que esta Patria les pertenecía, nuestros abuelos y sus hijos participaron activamente de las grandes epopeyas populares del Siglo XX y también padecieron los sinsabores y derrotas que el devenir histórico puso frente a ellos.

   Días atrás, un colega me preguntaba cómo había surgido esta idea del libro. Le respondí que había sentido la necesidad de indagar sobre las causas y características del proceso inmigratorio. Le dije que prefería hablar de necesidad más que de obligación, porque lo que nos obliga no siempre nos provoca placer. Y recordé la idea que mi amigo Juan Larrea desarrolla en el prólogo, cuando expresa que somos las terceras generaciones las que nos interesamos por conocer nuestras raíces para recuperar nuestro pasado histórico.

   Hoy siento que hemos alcanzado esa meta. Y recurro al “nosotros” porque considero que  la aparición de este libro es un logro colectivo. Esas ricas historias que en estas páginas relatamos fueron escritas por aquellos nobles inmigrantes, actores centrales de este libro. Sus hijos y nietos mayores fueron los encargados de recrearlas y narrarlas. Sin el aporte de unos y otros, esta obra nunca hubiera visto la luz.

   Por eso quiero agradecer la buena voluntad y predisposición de quienes participaron. Respeto el silencio de aquellos que prefirieron no hablar. Y, por último, pido disculpas si en estos dos años de trabajo -por desconocimiento o falta de información- me olvidé de alguna familia.

   Este libro debe ser un punto de partida. Es de esperar que, dentro de algunos años, otras personas profundicen los temas aquí abordados. Porque seguramente habrá otras historias, con otros protagonistas y también otros relatos.

   En fin, esta obra que hoy presentamos habrá cumplido su cometido si, antes que brindarnos respuestas definitivas, es capaz de ayudarnos a que aparezcan nuevos interrogantes.  Porque esa es la esencia de la vida: una búsqueda constante, como aquella que emprendieron nuestros abuelos hace más de 100 años. Como portadores de un legado de trabajo, honradez y solidaridad, esta noche queremos brindarles nuestro sincero homenaje.

   Muchas gracias por esta compañía.

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