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La locomotora del oeste

Dos hermanos que llegaron “en plena guerra”

Héctor Alcides Trod contó la historia de su abuelo, Jorge Elías, un inmigrante sirio que tuvo catorce hijos.

 

   “Soy nieto de un inmigrante de Beit Mellat (Líbano). Llegaron a la Argentina dos hermanos, allá por 1870 o 1875. Fue en plena guerra, cuando se dividía Siria con el Líbano. Los hermanos se despidieron en el puerto, cuando bajaron del vapor, y uno de ellos se fue para Rosario y el otro se vino para Chivilcoy con otras familias que venían de allá”.

   Héctor Alcides Trod comienza relatando de esta manera una historia familiar que transcurrió entre la zona oeste de la provincia de Buenos Aires y Chivilcoy.

   “Mi abuelo, Jorge Elías Trod, tenía catorce hijos. Su esposa fue Emilia Lombardo. Mi padre, Elías Trod, fue el mayor. Mi abuelo se dedicó a lo que se dedicaba la mayoría de esa colectividad: era gallinero. Recorría San Sebastián, Moquehua y La Rica. Pudo comprarse su quinta, hacer una base económica, crió a sus catorce hijos y murió a los setenta y cuatro años. Muchos de los hijos, después de vivir y crecer en Chivilcoy, emigraron a Buenos Aires o al Gran Buenos Aires, allá por la década del ‘50, cuando lo hacía mucha gente”, cuenta Héctor.

   “Después de treinta años, los dos hermanos se reencontraron. El hermano apareció en la quinta de mi abuelo. El tenía dos hijos médicos. Después de muchos años, en 2008, cuando me hacen un reportaje para el Día del Peluquero en el diario La Razón, ven el apellido por Internet y se comunican conmigo para saber qué era yo de ellos. Y resultamos ser primos segundos. La segunda generación. Uno de los hermanos médicos está en Córdoba y, en Rosario, hay un laboratorio Trod”, explica.  

   “De los hijos de mi abuelo, sólo vive la menor –indica-. Y quedamos los nietos de ese inmigrante, Jorge Elías Trod. Traté de investigar y conservo un papel. El tuvo que hacer unas declaraciones como que era árabe y que había tenido que atravesar la frontera turca. No nos confundamos, porque no eran turcos, sino árabes. Mi abuelo era de la religión católica y, antes de morir, pidió la visita de un sacerdote. Mi padre, y nosotros, también lo somos y tenemos los sacramentos de la Iglesia Católica”, comenta.

   “Por  parte de padre desciendo de árabes. Por vía materna, mi abuela era parisina y mi abuelo de los Pirineos, vasco francés. Mi mamá se llamaba Angela Paulina Launay. Mi abuela vino de París a los dieciocho años. Era de esas familias golondrinas que buscaban paradero y la única que nace en Francia es mi abuela; todos sus hermanos nacieron acá, en Chivilcoy, y eran de apellido Locarnini. Mi abuela después se casa con Pablo Launay y de ese matrimonio nacen tres hijas: Luisa, mi madre Angela Paulina y Rosalía, que falleció a principios de 2011, a los noventa años. Mi madre era de 1908”, puntualiza Héctor Trod.

   “Soy el menor de once hijos. Mi primera hermana, Emilia Adelina, nació en el año ‘29 y yo, en el ‘49. En el medio, hay nueve hermanos más: Pablo Jorge, Horacio, Angel, Orlando, Hugo, Ofelia Susana, Juan Carlos, Javier Eduardo y uno que murió al nacer y no pudo ser anotado en la libreta de casamiento. Ellos se casaron en América, partido de Rivadavia. Mi padre era agente de Policía y estuvo destinado en destacamentos de Carlos Tejedor y Sundblad. Tengo muchísimos primos y hasta algunos que no conozco, porque la familia fue muy grande y muchos emigraron de Chivilcoy. Además, a mí me absorbió mucho mi trabajo. Trabajé en una peluquería de prestigio, de mucha categoría, y la mayor parte del día me la pasaba ahí adentro con los hermanos Salvatore. De todos los hermanos quedamos tres: Hugo, Javier y yo”, agrega.

   Asegura Héctor que “las costumbres árabes existieron mientras vivieron mis abuelos. Después se fueron perdiendo, porque la cultura de los árabes es distinta a la de los franceses”, reflexiona.

   “Si hubiera podido estudiar, sería profesor de historia –afirma-. En aquella época no teníamos la posibilidad que existe ahora, de trabajar y estudiar por la noche. Lo he dicho muchas veces: hoy el chico que es carenciado, pero tiene voluntad, puede trabajar y estudiar, porque tiene primario, secundario y universidad nocturnos. Tuve la suerte que mis dos hijas pudieran estudiar: una es profesora de psicopedagogía y otra, profesora de educación física, especializada en cardiología, neurología y traumatología”.

   Héctor Trod está casado con María Eva Giorello. Son sus hijas María Andrea y María Gabriela.

Autor: José Yapor

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