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La locomotora del oeste

“Continuamos con muchas de las tradiciones”

Mabel Posik, hija de inmigrantes árabes, contó la historia de una familia con profundo arraigo en la comunidad chivilcoyana. La historia comenzó a escribirse con la llegada a estas tierras de cinco hermanos procedentes de Siria. 

 

   Mabel Posik es parte de una familia con presencia centenaria en Chivilcoy. La historia se inició con el arribo a nuestra ciudad de cinco hermanos que, imitando a millones de connacionales, abandonaron su Siria natal y eligieron como destino el continente americano, forzados por la dominación turca.  

   “Papá, Agustín, llegó a estas tierras muy joven, no sé con exactitud a qué edad. Vinieron escapando de la guerra cuatro varones y una mujer: Julio, Zaqui (José), Aviv, Jorge, Agustín y Jatún. Los mandó su mamá para salvarlos sabiendo, tal vez, que nunca más los volvería a ver”, comenta Mabel.

   “Su ciudad de origen fue Mardin – Alepo (Siria). En ella quedaron seis hermanos más, uno de los cuales era sacerdote. Papá sabía contar que tenían allí una holgada posición económica, pues se dedicaban a la crianza de caballos de carrera. Poseían una casa de dos pisos, que fue destruida totalmente por el flagelo de la guerra. Tal vez, a ello se debió la decisión de mi abuela Farida –así se llamaba mi abuela paterna-, para que vinieran a América”, explica.

   Los hermanos Posik “navegaron durante mucho tiempo y pasaron muchas peripecias, dado que los barcos de aquella época nada tenían que ver con los actuales. Al llegar a Buenos Aires, la primera dificultad fue el idioma, totalmente desconocido, y decidieron establecerse en Chivilcoy porque ya había otros paisanos”, relata Mabel.

   Una vez establecidos en Chivilcoy, algunos de ellos decidieron probar suerte en otros lugares. En tal sentido, Mabel apunta que “luego de un tiempo, mi tío Aviv se fue a Brasil para probar suerte y mi tío Zaqui se trasladó a Buenos Aires con la misma intención. Mi papá, mi tío Julio y mi tía Jatún se quedaron acá, pero más adelante mi tío Julio también se fue a Buenos Aires. Quedaron en Chivilcoy mi papá y mi tía”, añade.

 

El fardo al hombro

 

   Don Agustín “alquiló una casa en Avenida Ceballos y Boquerón. Salió a vender al campo con su fardo al hombro –primero-, luego compró una jardinera y finalmente una chatita, que sólo arrancaba dándole manija. Allí hizo una buena clientela. Cuando se afianzó económicamente, dejó de salir al campo y se estableció en la tienda ubicada en avenida Ceballos y Boquerón, llamada La Florida. Logró hacer una posición económica buena, no rica, sino holgada. Sus clientes eran amigos y venían a realizar sus compras, que pagaban después de levantar la cosecha. Venían desde la mañana, almorzaban en casa y luego regresaban”, rememora.

   “Y llegó el momento de formar una familia –continúa-. Le comentaron que había chicas casaderas paisanas en Chacabuco y allí fue Agustín. Se presentó y le gustó una, llamada María, y comenzó a visitarla hasta que se casaron, después de un noviazgo no muy largo. Se casaron en Chacabuco, pero la fiesta se hizo en Chivilcoy y duró siete días, porque a donde iban los novios a cenar, eran acompañados por todas las familias”.

   Precisa nuestra entrevistada que su mamá tenía veintiún años y su padre, treinta y cinco y destaca que “formaron una familia maravillosa. Nacimos tres hijos: mi hermano Rafael (‘Negro’), Mabel y, después de once años, Graciela. A pesar de poseer la virtud de la humildad, nos dieron una cultura y respeto, de esos que los libros no te brindan”, subraya.

   Mabel describe a su padre como “un hombre mesurado, pacífico, honesto, luchador, que cumplía con su palabra cueste lo que cueste y decía que, antes de emitirla, había que pesarla, porque una vez emitida no tenía regreso”.

   “A propósito de ello, aprovecho a decir que fue un autodidacta. Le enseñó a leer y a escribir a un amigo que se llamaba Esteban Córdoba, a quien todos apreciábamos y respetábamos. Todas las noches venía a visitarnos, tanto en invierno como en verano. Mi papá sabía muy bien leer y escribir el árabe y, cuando llegaban las noticias del ‘bled’ –es decir, de su país- se reunían en el comedor de mi casa. Mi padre sentado en el medio y los demás sentados a su alrededor; el leía y les explicaba la carta. Era hermoso” recuerda.

   “Yo sólo lo disfruté veintidós años, porque falleció muy joven”, lamenta, y enseguida afirma que “mi niñez y adolescencia me marcaron para bien para toda mi vida”.

   “Recuerdo que, dentro de las tradiciones árabes, también los sábados a la noche venían mis tíos y algunos vecinos y jugaban al praf, juego árabe con cartas de poker. Mientras las mujeres conversaban, los niños jugábamos”, puntualiza.

   “Los domingos a la mañana –prosigue-, se preparaba una vez en cada casa un vermouth. Iban los hombres y después cada uno volvía a su casa. Una costumbre hermosa era que, después de cenar –a lo que se le decía ‘alzara’- íbamos a tomar un café a la casa de mi tía, quien nos servía la fruta cortada y pelada”.

   Al referirse a su madre -María Antonio-, cuenta con emoción que “fue una compañera excelente, que ayudó muchísimo a papá en el negocio. En tiempos en que se viajaba a Buenos Aires, mi padre lo hacía todos los martes. Iba en el tren de las 9 y 20 de la mañana y volvía en el que llegaba a las 21. Al día siguiente, venían los clientes a buscar sus encargos y a ver las novedades del mercado”.

 

El valor de la palabra

 

   Mabel Posik realizó una fructífera carrera docente en escuelas primarias de nuestro medio. Quien esto escribe fue su alumno en sexto grado, en la Escuela Nº 7, allá por 1979. Ya retirada de la profesión, hoy dedica la mayor parte de su tiempo a sus seres queridos. Integra la Asociación de Maestros Jubilados y, junto a su esposo, forma parte de la Peña “El conejo blanco”. Fiel a la vocación que abrazó de joven, les da clases de apoyo escolar a sus nietos.

   “Nosotros continuamos con muchas de las tradiciones, reuniones familiares, música, un poco del idioma y las típicas comidas que no faltan en la mesa de los domingos”, resalta.

   Como homenaje silencioso a aquellos sacrificados inmigrantes árabes, Mabel asegura que “tratamos de continuar el legado que nos dejaron nuestros padres en nuestros hijos y nietos. Para mí la palabra sigue siendo tan importante como lo fue para mis padres. A mis hijos, siempre les digo que lo importante no es ser ricos o pobres, sino buenas personas… y lo son”, concluye.

   Mabel Posik está casada con Juan Carlos Marino. Sus hijos son Juan Pablo –casado con Adriana-, María Carla y Marianela –esposas de Martín y de Gastón, respectivamente-. Sus cinco nietos son Camila, Sofía, Milagros, Franco y Priscilla. En noviembre próximo se ampliará la familia: llegará el primer bisnieto. 

Autor: José Yapor

 

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