Blogia

La locomotora del oeste

La locomotora que chocó la palmera

“Hace muchos años, cuando yo vivía con mis padres en la Estación Norte, del ’37 hasta el ’40 y pico, cuando me fui a estudiar. Mi padre quedó ahí hasta que se jubiló, en el ’40 y pico casi ’50. Una noche, como todas, llegaba el famoso tren de las 9. La locomotora paraba metros antes del final de vía, donde había una palmera de enorme diámetro y bastante alta, junto con una segunda vía, que se usaba cuando había alguna cosa especial de carga y descarga, para no tomar la vía principal. Cuando terminaba de bajar la gente, en su mayoría los comisionistas que todos los días iban y venían, ese tren retrocedía para hornarlo en la playa junto a la locomotora que iba a la mesa giratoria para tenerla lista para el tren que salía a las 7 de mañana. Cuando estaba todo armado, esa misma locomotora empujaba despacio el tren para dejarlo listo para la mañana siguiente. Cuando llegaba a la estación, no se apagaban las luces de los coches, porque subían dos o tres personas para hacer la limpieza. Cuando terminaban, apagaban las luces y cerraban los coches. Después del tren de las nueve, mi padre venía a mi casa por la puerta interna que comunicaba las oficinas con una sala que teníamos en casa.
Estábamos cenando y en una de esas se siente una especie de choque que conmovió a la estación. Mi padre sale disparando para encender las luces y veo que el último coche, que era de primera, había atropellado el tope final y el pobre árbol estaba un poco desplazado hacia el lado de la calle. ¿Qué pasó? ¿Qué no pasó? Si el tren no tenía frenos. No. No es que no tenía frenos ni nada. Al día siguiente iba a haber un festejo, que no recuerdo bien qué era, algo cerca de fin de año, no sé, y entonces agregaban dos o tres coches más que estaban en Chivilcoy Norte. Cuando la locomotora retrocedía, había que tener en cuenta que había más coches que de costumbre y cada coche medía como cuarenta metros. Retrocedía muy despacio empujando, porque también había que tener en cuenta el enorme peso que tenían los coches de primera, turista, encomiendas y la misma locomotora. Hubo un problema: no se les avisó a los movedores. Los maquinistas y foguistas, cuando llegaba el tren y se iban a sus casas, bajaban una especie de caja donde tenían cosas personales. Los movedores eran los que sacaban a la locomotora marcha atrás y la dejaban en el galpón, donde durante toda la noche la cuidaban a medio fuego. Horas antes de partir, a las siete, tenían que darle más fuego y ponerle aceite. Esos que venían hacia atrás no sabían, o se olvidaron –no se sabe eso-, que tenían que frenar antes, porque no tenían lugar. Eso es todo. En una palabra, después vino todo eso de la papelería, la toma de declaración a todos y había que averiguar si estaban bien informados o no. La cuestión del caso es que costaba mucho trabajo enderezar esa planta enorme y se puso un cable agarrado de la parte superior, con una escalera larga y una locomotora que, al tirarla, la enderezó y otra gente la apuntaló debajo”.

Tulio Challiol
(Nota difundida en “La locomotora”, en enero de 2009, por Radio Local – FM 103.7 de Chivilcoy – B.A. – Argentina. Tulio, hijo de un trabajador ferroviario, fue concejal municipal por la Democracia Cristiana, integró el Ferroclub Chivilcoy y trabajó en la Dirección de Energía de la Pcia. Buenos Aires. Falleció a fines de 2009)

Memorias del Palemón Huergo de antaño

Nombrar a Palemón Huergo significa para mí volver a las raíces familiares por línea materna; representa evocar un tiempo ya lejano, rememorado por mi madre, Antonia Dominga San Mauro de Larrea (1909-1997) en sus conversaciones.
Después de fallecer su padre en 1911, ella fue llevada por su madre a vivir a la chacra de su abuela, Doña María Rosa Cibelli de Laresca, ubicada precisamente en la localidad de Palemón Huergo. Las familias Lavagnino, Deprati, Laresca y Cibelli de esa zona son nuestros familiares.
Mi madre fue una de las primeras alumnas de la "Escuela de Chapas" Nº 28 cuando era verdaderamente de chapas, donde cursó hasta el último grado y aprendió el oficio de modista que ejerció durante toda su vida. Con su madre Rosa Laresca, iban a Chivilcoy en jardinera, para lo cual debían cruzar la entonces llamada "Cañada de los chanchos", hoy Laguna de Martija, muchas veces llegando el agua a la cincha del caballo, en un viaje de casi diez leguas entre ida y vuelta, por un camino rudimentario de tierra e inundable en varias partes.
Ella evocaba con alegría la gran cantidad de aves acuáticas que poblaban aquella laguna, entonces un verdadero paraíso natural. Ese mismo trayecto realizaría luego con sus tíos en un Ford T que compraron los Laresca, al que le colocaban cadenas en las ruedas para transitar por el barro.
En ciertos períodos del año debía "carpir los porotos" antes de ir a la escuela. También recordaba que en tiempos del emparvado y trilla del trigo, ayudaba a su madre en la jardinera a llevarle el matecocido a los trabajadores en un tarro grande de lechero. Al mediodía tocaban la campana para llamarlos a almorzar.
Hacia la década de 1920 fue introducido en Huergo, según sus memorias, un lote de caballos "percherones" para el tiro de los carruajes de gran porte e implementos agrícolas, siendo adquiridos algunos ejemplares por la familia Laresca. Una vez ella mencionó, al pasar, que un vecino tenía "chanchos barracos" y es muy posible que algunos de estos primitivos cerdos traídos por los españoles, hayan llegado a Huergo en el Siglo XIX. Se trataba de una especie de cerdo colorado, que al adaptarse al país se transformó en alto y delgado, de muy escasa utilidad para su explotación.
El médico de mi madre era el doctor Teodorico Nicola, que atendía en el Sanatorio "José Inocencio Arias", hoy Museo "Pompeo Boggio", en la calle Bolívar y Salta, quien en caso de urgencia se trasladaba al campo.
En el cofre de los recuerdos, guardo con nostalgia estas memorias de mi madre, las que hoy reviven en este escrito.
Autor: Juan Larrea
(Nota publicada en la revista del Centenario de Palemón Huergo, Diciembre de 2006, editada por la Comisión de Festejos del Centenario. La compilación fue realizada por Carlos Gómez Ortiz).

Los hoteles y las casas de pensión

Un 13 de enero de 1926, José Santos Blanco se hacía cargo de un tradicional hotel de Chivilcoy: el Internacional, ubicado donde hoy está el Club Gimnasia y Esgrima. Esa fue la casa de don Mariano Benítez, fundador de Chivilcoy.
Esta casona se transforma en hotel, con lugar para estacionamiento de carruajes y coches. Había gente que venía del campo y se quedaba dos o tres días. Es llamativo que en aquel tiempo hubiera cinco hoteles frente a la plaza principal. Hoy no tenemos ninguno. Estaba el Internacional (Moreno y Belgrano), el Vallerga (25 de Mayo y San Martín), el Buenos Aires (de planta baja y primer piso, pegado a la Municipalidad), el Restelli (Rivadavia y Pellegrini) y el Sportman (donde hoy se encuentra la Biblioteca Popular “Dr. Antonio Novaro”). El Buenos Aires era el único que no tenía estacionamiento para carruajes.

A pocos metros la plaza, pegado a la Escuela Nº 1 (actual correo), estaba el Hotel Iris. A su vez, a una cuadra y media estaba el Hotel Iglesias (calle Pellegrini) y a tres cuadras el Español, también de planta baja y primer peso.
Había una capacidad hotelera muy importante, además de las casas de pensión, como la Pensión Mazza, ubicada en la avenida Villarino, a una cuadra y media de la plaza.

Esto da una idea del movimiento comercial de Chivilcoy. Había muchos viajantes que llegaban por medio del ferrocarril. Hablamos de la década de 1920, cuando todavía no había sido asfaltada la Ruta Nacional 5. Además, en ese tiempo no era nada fácil hacer 160 kilómetros en automóvil por rutas de tierra.

Al viajante que bajaba en la estación Norte, le quedaba mucho más cómodo alojarse en el centro que en el Hotel Rambaldi, que estaba frente a la propia estación, o el 20 Septiembre, la casa de la familia Scetta, donde estuvo alojado Domingo F. Sarmiento en su última visita, en 1868.

El comercio y las industrias de Chivilcoy eran muy importantes. Aquí había fábricas de licores, carruajes, carrocerías para automóviles y camiones, cervecerías, panaderías, sastrerías, modistas, fabricantes de calzado, herrerías, talabartería y reparación de carruajes. En muchas leguas a la redonda, salvo en Mercedes, solo en Chivilcoy se podía cursar la carrera de maestro. Era en la Escuela Normal, desde 1905. Muchos alumnos y alumnas de localidades vecinas se alojaban en Chivilcoy. De ahí la cantidad de casas de pensión, que paulatinamente han ido desapareciendo por un proceso de encarecimiento del servicio, las comidas rápidas y la llegada de carreras e institutos a distintos lugares. Me acuerdo de Rosaura a las diez, de Marco Denevi, y La abadía de silencio, de Eduardo Mallea, donde aparecen aquellas casas de pensión que brindaban al pensionista un calor de hogar, porque la dueña los conocía y se reunían a la hora de cenar y en los patios en las noches de verano. Todo un fenómeno de un pasado desaparecido.

Si hablamos de la capacidad hotelera, ha sido suplida por los hoteles que funcionan en la actual: el Hotel Chivilcoy, el Chivilcoy Sur, El Petit Hotel, el Centro, el Patri y el Falcone.

La automatización, las maquinarias, el surgimiento de grandes fábricas, la invasión de productos elaborados extranjeros, hizo que desaparecieran todas aquellas industrias que se hicieron de Chivilcoy un centro industrial importante. Si se hubiera continuado con las fábricas de carrocerías, Chivilcoy sería una ciudad muy distinta. Lo mismo con las cervecerías Gandini y la de los hermanos Rothemburger.
Autor: Juan Larrea

Evocación del doctor Santiago Reyes Gómez

Hay siempre acontecimientos importantes en la historia de Chivilcoy. Hay un calendario que podemos manejar a nivel nacional e internacional, pero no hay un calendario local. He intentado hacerlo y para eso tengo fechas.
Por ejemplo, un 6 de enero de 1928 fallecía el doctor Santiago Reyes Gómez. Era médico y se había desempeñado en la llamada Conquista del Desierto, a partir de 1870 hasta 1900 y tantos. Después de haber tenido ese paso por un fortín en la provincia de Buenos Aires, llega a Chivilcoy y se casa con una señorita de la familia Ortiz, gente en ese tiempo adinerada, que jugaba y tenía un importante papel en la sociedad chivilcoyana. Tal es así que hay descendientes, por ejemplo Carlos Gómez Ortiz –excelentísima persona, gran amigo-, que me facilitó un libro que se lama Sangre nuestra, donde hay una referencia al asesinato del poeta Carlos Ortiz.
Se bautiza con el nombre de este médico el antiguo Hospital de Cirugía “José Inocencio Arias”. Arias militó en el Partido Autonomista Nacional, fue gobernador de la provincia de Buenos Aires, participó en más de cien combates y estuvo en Chivilcoy, donde se lanzó su candidatura. Estuvo también en Chivilcoy con las tropas oficiales cuando se produce el levantamiento de Mitre, en 1874, previo a la batalla de La Verde. Falleció en 1912. Una calle, que a partir de 1897 se había llamado La Plata, luego llevó su nombre: es la que actualmente se denomina Hipólito Yrigoyen
El hospital estaba ubicado donde hoy está el Museo “Pompeo Boggio”, entre las calles Bolívar y Salta, en esa esquina. Con anterioridad había sido un terreno baldío de Miguel Cibelli, tío abuelo de mi madre.
A este hospital venían a realizarse cirugías gente de Buenos Aires y de diversos lugares de la provincia. Entre sus médicos podemos citar a los doctores Santiago Fornos, Julio Zunino, Carlos Correa, entre otros de mucho renombre en aquel tiempo.
Paralelamente a la fundación del Hospital Municipal, en 1887, se fundaba también el Hospital “José Inocencio Arias”. Pero estamos hablando de clases sociales, de diversos sistemas de salud. Al Hospital “José Inocencio Arias” no se accedía con facilidad. Los “pobres de solemnidad”, como se los llamaba en ese tiempo, iban al Hospital Municipal, si bien los servicios del Hospital de Cirugía eran también gratuitos. En 1933 pasa a llamarse Asistencia Pública “Doctor Santiago Reyes Gómez”, cinco años después de su muerte. Y pasa a ser municipal.
Con posterioridad, pero no muy lejos de esa fecha, se iba a fundar el sanatorio social, pertenecientes a las asociaciones de socorros mutuos frente a la Plaza Moreno, donde después estuvo el Frigorífico El Triunfo. Era para gente que podía pagar una cuota social.
La actividad de la Asistencia Pública fue decayendo, no se renovó su instrumental quirúrgico, los elementos técnicos, y quedó reducida a un servicio de enfermería, donde uno podía ir a colocarse una vacuna o realizarse los primeros auxilios muy precarios.
Con posterioridad, a fines de la década de 1970, se instala la llamada Casa de la Cultura, que abarcaba un museo de artes plásticas, un archivo histórico y el Museo Histórico Municipal “Francisco A. Castagnino”. El museo de artes plásticas, que por iniciativa de Antonio Bardi es bautizado como “Pompeo Boggio”, sigue funcionando en el lugar. El archivo y el museo pasaron a la calle 9 de Julio 177, la antigua casa de Vicente Loveira.
Autor: Juan Larrea

Aniversarios de estaciones y avenidas

El 7 de febrero se cumplieron 124 años de la inauguración de la estación de ferrocarril Máximo Benítez.
Siguiendo lo que es el calendario de fechas importantes de Chivilcoy, el 1º de febrero de 1910 se inauguraba la estación Chivilcoy Sur del Ferrocarril Oeste (luego Sarmiento), en esa tradicional barriada, que en aquel tiempo era prácticamente campo.
La avenida Mitre de acceso había tomado su nombre en 1906, año que recuerda dos acontecimientos relacionado con la nomenclatura de las calles: la calle Buenos Aires pasó a llamarse Carlos Pellegrini, porque justamente en 1906 fallecía Pellegrini; también ese mismo año fallecía Bartolomé Mitre y se bautizaba la avenida con su nombre.
Era una avenida de tierra. Hablamos de 1910, cuando el transporte era de tracción a sangre. De lo contrario hubiera sido muy dificultoso hacer todo ese trayecto a la flamante estación Sur para llevar las mercancías y los pasajeros.
Ya había un antecedente de algo importante en ese sector: el cementerio actual, inaugurado en 1893. El antiguo cementerio estaba en lo que es hoy el Barrio del Pito y había sido inaugurado en 1865, el mismo año en que se construye el Palacio Municipal.
A raíz del inconveniente del barro –no nos olvidemos de los zanjones de la avenida Mitre, que estuvieron hasta no hace tanto tiempo-, en 1815 se contruye el macadam, el empedrado. O sea, a cinco años de haberse inaugurado la estación. Esto facilitó enormemente el tránsito diario hasta la estación ferroviaria.
La estación Norte había quedado como punto terminal, ya que las vías no continuaban por el centro del pueblo. De ahí podemos deducir quizás un error de apreciación, una evaluación de futuro no demasiado correcta por aquellos que trazaron el ferrocarril hasta lo que era la estación Norte. Transitaba por una calle que, con el ferrocarril de un lado, resultaba demasiado angosta. La vía corría por un costado de la calle, prácticamente rozando las veredas. ¿Qué posibilidad había de poder ampliar ese recorrido para poder salvaguardar a las personas, los carruajes y el tránsito del paso del ferrocarril? Prácticamente había que demoler las viviendas que ya se encontraban en ese lugar, a lo largo de muchas cuadras; por otro lado, era imposible hacer un paso a nivel en cada esquina. Habría que haber construido un cerco que acompañara a las vías durante un trayecto considerable y esto interrumpía las comunicaciones entre las dos mitades del pueblo, porque lo dividía en dos. Estas vías fueron levantadas en tiempos del intendente Ernesto Barbagelatta, cuando pisaba fuerte Vicente Domingo Loveira.
Las vías que se instalaron para al estación Sur dejaron de ser aquellas primigenias. Estamos hablando del primigenio sistema Barlow, por aquel famoso ingeniero que había instalado aquellos rieles que se pueden ver en el Museo de Lujan. Los rieles que sostienen a La Porteña son del sistema Barlow. Eran para poco peso. Como el tamaño de los vagones y las máquinas fue aumentando, fue necesario desarrollar un nuevo tipo de rieles.
De esa forma se alejó de Chivilcoy aquel ferrocarril que teníamos a mano. Si bien venían máquinas a ese lugar, ya no cumplió el papel fundamental de otros tiempos. De ahí que esa zona, ese barrio que evolucionó rápidamente con la creación de hoteles, fondas y peluquerías, fue decayendo paulatinamente. Paralelamente fue creciendo el barrio de la estación Sur. Hablamos ya de una zona suburbana, a diferencia de la estación Norte, que estaba en plena planta urbana.
Autor: Juan Larrea

No pueden “por derecha”

            La derecha no puede por derecha –ironía del destino- y apela a todos los recursos a su alcance para crear un clima enrarecido, que contribuya a debilitar al gobierno nacional.

            Cuando hablamos de la derecha, aludimos a ese bloque ideológico que representa al poder económico concentrado, que recuerda con nostalgia los oscuros años de la dictadura cívico militar y del neoliberalismo de los 90.

            Esa derecha tiene su versión patronal en entidades como la Asociación Empresaria Argentina, la Unión Industrial Argentina y la Mesa de Enlace agropecuaria.

            Tiene su expresión multimediática que, con el Grupo Clarín a la cabeza, se encarga de construir una realidad informativa hecha a la medida de sus intereses. En esa lógica, todo aquello que pueda reportar algún rédito para el oficialismo, pasará a un segundo plano, será seguido por un “pero” o, simplemente, invisibilizado. Por el contrario, todo lo que lo pueda erosionar, se potenciará.

            Tiene su versión sindical, encarnada en figuras como los llamados gordos, el gastronómico Luis Barrionuevo y el conductor de las 62 Organizaciones, Jerónimo Venegas.

            Tiene su pata clerical, en exponentes como los monseñores Jorge Bergoglio, Héctor Aguer y Jorge Casaretto.

            Y, por supuesto, su pata política en un variado menú de opciones que incluye a procesistas, cívicos, macristas, duhaldistas y ex aliancistas. Los mismos que participaron de la fallida aventura legislativa del Grupo A que “se fue a la B”.

            Esta última expresión, la político-partidaria, es disciplinada por las corporaciones patronales y mediáticas. Sólo basta recordar la foto de la mesa larga en la última exposición rural de Palermo, donde todos ellos se rindieron a los pies de Hugo Biolcati, y la cena que compartieron para recibir instrucciones en la casa del jefe de Clarín.

            En la jerga popular, “ir por derecha” significa actuar con apego a la ley y las buenas costumbres. En términos políticos, esto se traduce en respetar la institucionalidad, competir en forma leal y aceptar el veredicto popular por amargo que a veces resulte.

            Ellos saben bien que el clima político actual en nada se asemeja al que ayudaron a crear durante el conflicto por la Resolución 125 y que muy poco tiene que ver con el de mediados de 2009, cuando en plena crisis financiera internacional el kirchnerismo sufrió su primer revés electoral.

            Desde entonces, corrió mucha agua bajo el puente. En el Congreso demostraron que son incapaces de elaborar una agenda legislativa superadora y que a lo único que apuntan es a obstruir. El oficialismo demostró que, pese a no controlar las cámaras, puede seguir adelante con la gestión de gobierno y esa gestión hoy puede mostrar logros tan importantes como la creación de más de 4 millones de puestos de trabajo, la nacionalización de los fondos jubilatorios, la implementación de la Asignación Universal por Hijo, un ambicioso plan de obras públicas en plena ejecución, récord de ventas de automóviles, récord de ocupación hotelera en los centros turísticos, récord de cosechas, récord de consumo eléctrico y un crecimiento sostenido de la economía. Y el regreso de 700 científicos. Y los juicios y condenas a los represores. Y la ley de matrimonio igualitario. Y la ley de medios de la democracia, con nuevas voces y nuevos actores. Y el júbilo de los festejos del bicentenario. Y un largo etcétera.

            No pueden y, de ello, son conscientes. Quedó atrás el duro diciembre, con las inducidas tomas del Parque Indoamericano y del Club Albariño, con la inducida pedrada de Constitución, con los inducidos cortes de accesos a la capital.

            Atrás quedó el parate obligado que imponen las fiestas. “Disimulemos un poco. ¡No vaya a ser que resulte tan alevoso!”. Y, por fin, llegó el turno de las patronales rurales, con el anunciado cese de comercialización de cereales y oleaginosas. Esta medida debe leerse en línea con los hechos previos a las fiestas, que recién mencionábamos. Recuérdese que el líder de la Federación Agraria, Eduardo Buzzi, dijo alguna vez que su propósito consiste en “desgastar al gobierno”. Recuérdese el diálogo televisivo entre Mariano Grondona y Hugo Biolcati, donde ambos presagiaron una salida anticipada del poder de la presidenta Cristina Fernández.

            Desgastar, erosionar, obstruir, provocar. De eso se trata y todo vale. Estas acciones serán una constante en este 2011 electoral y, tanto el gobierno como los ciudadanos de buena voluntad, debemos andar rápidos de reflejos para cerrarles las puertas a tantos aventureros, que siguen dando vueltas por ahí como aves de rapiña.

Autor: José Yapor

La trágica muerte de Juan Duarte

   El 8 de enero de 1926, hace 84 años, fallecía en nuestra ciudad una persona que no había tenido actuación pública ni había participado de ninguna iniciativa que tuviera que ver con la comunidad; simplemente se había dedicado a sus negocios particulares. Fue un acontecimiento sin relevancia. ¿Cómo poder citarlo? El fallecimiento de un ciudadano bien: don Juan Duarte.

   Tengo la partida de fallecimiento de Duarte y también el aviso fúnebre. Viene de la mano de Eva Duarte de Perón, una mujer que marcó una época en la política argentina, recordada con odio por una minoría reaccionaria y con cariño por las masas. Justamente, fue una de las hijas “ilegítimas” –vamos a emplear palabras antipáticas-. Tuvo once hijos Juan Duarte: seis legítimos y cinco ilegítimos. Dos fueron varones: Pedro Duarte, legítimo, y Juan Ramón Duarte, ilegítimo.

   La madre de Eva, Juana Ibarguren, era puestera en la estancia “La Unión”, en Los Toldos, y ahí conoce a Juan Duarte.

   Nacido en 1860, Duarte era hijo de inmigrantes vascos franceses. Se dedicaba a las tareas agropecuarias. ¿Dónde está esa constancia? Hay un registro donde figura como dueño de una trilladora, en la Guía Aramburú de 1907.

   ¿Cómo conoce a Juana Ibarguren si Juan Duarte estaba en Chivilcoy? Los dueños de trilladoras, en aquel tiempo, recorrían zonas muy amplias de la provincia y es muy posible que la haya conocido en una de esas giras.

   Son erróneos los datos que aparecen en Internet, por ejemplo, que indican que se había casado con Adela Grisolía. No hay ninguna Adela Grisolía. La señora se llamaba Adela Uhart. Una hija legítima de ambos se casa con un Grisolía y luego Juan Duarte va a vivir con el matrimonio de la hija, a la casa donde fueron velados sus restos, que todavía se encuentra igual a entonces. Una casa ubicada frente a la Clínica del Carmen, que, por la importancia asociada al apellido Duarte, tendría que ser declarada monumento histórico y conservar, por lo menos, el frente.

   Ocurre el accidente en la avenida Mitre, en ese tiempo empedrada, al mediodía, casi llegando a la Federación de Deportes (la cancha). En un automóvil Chevrolet de capota, venían del campo dos personas adelante y cuatro atrás. Eran dos mayores solamente: Duarte y su sobrino, Salvador Uhart, que manejaba. Uhart tenía problemas en una pierna, justamente en la que pisaba el acelerador. Venía a cierta velocidad y, por causas desconocidas, da varios tumbos, va a parar a la banquina y termina volcado en dirección contraria a como venía. Tengamos en cuenta que el empedrado es mucho más resbaladizo que el asfalto. Como resultado de este vuelco, Alcides Uhart –hijo de quien conducía- pierde la vida por un golpe en la cabeza; Juan Duarte sufre traumatismo de cráneo y la rotura de una costilla. Eso pasa el 7 de enero de 1926 y Duarte fallece un día después.

   La empresa Michellis se encarga del servicio de sepelio y está sepultado en la bóveda, la primera a la derecha en la entrada vieja del cementerio municipal.

   No sabemos si en alguna oportunidad los hijos ilegítimos, en especial Eva Perón, visitaron la bóveda del padre. Sí estuvieron en el velatorio en la avenida Villarino. Eva Duarte tenía por entonces seis años. Dicen algunos, pero son simplemente comentarios, que no dejaron entrar a la familia ilegítima en momentos en que estaban todos los demás parientes de Chivilcoy. Pero que, llegada la madrugada, les permitieron entrar. Nunca fue mencionado el nombre de Juan Duarte, que sepamos, por María Eva Duarte de Perón. Quiere decir que eran perfectamente conscientes de una situación en ese tiempo vergonzante por el vínculo extramatrimonial.

Autor: Juan Larrea

Adolfo Alsina: figura emblemática de la política nacional

  La historia de Chivilcoy está también relacionada con la historia nacional. Y, en 1897, se le impusieron nombres a las calles de Chivilcoy, que hasta ese momento tenían solamente números. Todavía hay muchas que tienen número. Una de esas calles ha perpetuado la memoria de un político argentino: Adolfo Alsina.

   Hijo de Valentín Alsina y de doña Antonia Mazza, falleció el 29 de diciembre de 1877.  Fue nieto del doctor Vicente Mazza, que en el gobierno de Juan Manuel de Rosas desempeñó distintos cargos. Por ejemplo, tuvo a su cargo el juzgamiento de los hermanos Reinafe y Santos Pérez, a raíz del asesinato de Facundo Quiroga, en 1835, en Barranca Yaco. Mazza fue asesinado. No se supo quién lo hizo. Se supone que fue gente de la Mazorca, correspondiente al gobierno de Rosas, por la conspiración que había realizado su hijo.

   Domingo Faustino Sarmiento, dijo de Alsina -quien fue su vicepresidente- que “era un compadrito porteño”. Nunca se llevaron bien con Sarmiento. Hombres muy distintos en su forma de ser y pensar.

   Adolfo Alsina, campeón del autonomismo, quiso siempre mantener a Buenos Aires como capital de la provincia. Se opuso a su federalización. Tan es así que fue el fundador del Partido Autonomista, que luego sale del ámbito de la provincia de Buenos Aires y se transforma en el Partido Autonomista Nacional. El PAN es el partido triunfante, que luego se transforma en Partido Conservador. Podríamos decir que todos los gobiernos de la última parte del Siglo XIX y de la primera parte del Siglo XX –a excepción de los gobiernos radicales- correspondieron a esta tendencia.

   El Partido Autonomista, de ser un partido de avanzada, se transformó en conservador, tradicional, con ribetes de claro derechismo.

   El doctor Adolfo Alsina estuvo en Chivilcoy cuando llegó el ferrocarril, en 1866; fue ministro de Gobierno de Nicolás Avellaneda. Llevó a cabo aquel intento de conquista del desierto mediante avanzadas de fortines y la construcción de la famosa “Zanja de Alsina”. Todavía pueden observarse esos desniveles en lo que era la frontera sur y oeste de la provincia de Buenos Aires. También fue gobernador de la provincia.

   Su figura está unida al famoso Juan Moreira, quien fue su guardaespaldas. El caballo overo que montaba Juan Moreira y la daga que usó en sus andanzas y correrías, se los había regalado Alsina. No pudo retenerlo en Buenos Aires. El comité alquilaba la esgrima de guapo, que imponía respeto. Era un hombre de acción, sobre todo durante aquellos comicios signados por la violencia y el fraude. Eran elementos fundamentales en aquella época. Después Eduardo Gutiérrez lo lleva a las letras. Para algunos es un folletín y para una minoría, una verdadera novela, que fue despreciada por los literatos de cuello duro. Cuando Pepe Podestá le pone letra, diálogos y se transforma en pantomima, en Chivilcoy se convierte en piedra fundamental del teatro nacional. Se estrenó en la carpa de los Podestá – Scotti, frente a lo que era la Biblioteca Popular, en calle Frías, a metros de la avenida Soárez.

   La figura de Adolfo Alsina está aunada a la de Juan Moreira, así como la del “Gallego” Julio estuvo a la de Leandro Alem, como guardaespaldas. “Pero váyanlo sabiendo: soy hombre de Leandro Alem”, dijo Homero Manzi. Se lo hacía decir al “Gallego” Julio, a quien asesinó Ruggierito, que era hombre, a su vez, del Partido Autonomista Nacional.

   Alsina, figura clave en la política argentina, tuvo ribetes de bohemia, fue diputado y compartía ideas con Carlos Tejedor.

Autor: Juan Larrea