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La locomotora del oeste

Maderera Córdoba: otra empresa recuperada

Carlos Sasso, vicepresidente de la cooperativa de trabajadores, recordó la historia que comenzó a escribirse luego de que la vieja sociedad abandonara la gestión.

 

   Maderera Córdoba representa uno de los casos emblemáticos de empresas recuperadas por sus trabajadores, en los primeros años de la década de 2000. Su historia es convergente con las de otras empresas quebradas por sus antiguos dueños, desde la falta de pago de sueldos, el abandono de la gestión, la ocupación de las instalaciones, la resistencia a los intentos de desalojo, la constitución de la cooperativa y la vuelta a la producción y comercialización. Claro esta, bajo una nueva modalidad.

   Carlos Sasso, vicepresidente de la Cooperativa Maderera Córdoba, explicó que “el proceso se inició en el 2003, a raíz de una quiebra de Maderera Córdoba S.A.. Los ex dueños nos presentaron a integrantes del Movimiento de Empresas Recuperadas y después, por intermedio de ellos, formamos una comisión. Eramos once integrantes y cada dos años la fuimos renovando”, añadió.

   Recordó que “en ese tiempo prácticamente no había puestos de trabajo, porque el país estaba paralizado y, como trabajadores, no teníamos otra salida que quedarnos acá. Por suerte, acá vivía una persona y nosotros teníamos acceso por una puertita. El resto estaba clausurado y no se podía entrar. Así fue como reabrimos la fábrica. En un primer momento no se abrió el salón de ventas. De a poquito nos fuimos ayudando entre compañeros, hasta que en diciembre se clausuró y a fines de diciembre empezamos a entrar por la puertita. Luego, el 28 de septiembre del año siguiente, vino el jefe de Gobierno de la Ciudad, (Aníbal) Ibarra, y reabrió todo el edificio. Desde entonces estamos trabajando como ahora”, puntualizó Sasso.

   El cooperativista aseguró que “al principio no teníamos materiales para trabajar y nos alcanzaba apenas para sobrevivir. En ese tiempo estaba el proveedor Pifor, que nos dejaba mercadería a pagar. Las empresas recuperadas no tienen créditos en los bancos y así fue como empezamos. Actualmente podemos comprar mercadería, todo lo que vamos a usar, y tenemos stock de maderas y placas”, diferenció.

   Sasso comentó que  “en el ‘90 o ’92, llegaron a ser cincuenta o sesenta operarios; cuando se hizo la quiebra había once empleados y quedamos todos. Luego fuimos diecinueve y ahora se fue uno y quedamos dieciocho. Queremos seguir creciendo. Estamos bien. No digo que ganemos muchísima plata, pero es suficiente para vivir mejor de lo que estábamos viviendo”, comparó.

   “La administración recayó en la misma gente que venía administrando la vieja empresa”, señaló, al tiempo que indicó que “antes en administración cobraban más que el personal de taller. Ahora, como somos todos iguales, llevamos todos lo mismo a casa. Nos mentalizamos que las ganancias tenían que quedar, salvo lo del reparto, la compra de materia prima, el mantenimiento de las máquinas y los impuestos que tenemos que pagar. Si nos lleváramos toda la ganancia esto no funcionaría”, analizó.

   Consultado sobre las posibilidades de financiamiento por parte de la banca pública, manifestó que “Banco Provincia vino con unos folletos ofreciéndonos créditos, pero no son tan blandos. Nosotros nos abastecemos con la plata que entra y por suerte estamos bien. El Inaes y el Ministerio de Desarrollo Social nos dieron ayuda dos o tres veces para comprar materiales o arreglar algunas máquinas”, resaltó.

   Al referirse a los productos que la cooperativa ofrece al mercado, Sasso destacó que “los muebles a medida se hacen a pedido. Aquí se hacen molduras y otros trabajos que son difíciles de hacer en otros lugares. Se hacen cortes de todas clases de maderas. Acá viene la madera en tablones, se la trabaja y se saca lo que el cliente desea”.

   Sobre las características de la jornada de trabajo, precisó que “iniciamos el trabajo a las ocho de la mañana hasta las 12:30. Ahí paramos hasta la 13:30 para comer y luego retomamos las actividades hasta las seis de la tarde. Nos llevamos fenómeno entre todos. Por ahí, hay algún cortocircuito, pero enseguida se normaliza. El clima de trabajo es muy lindo. A veces surgen distintas maneras de pensar, pero nosotros somos compañeros de trabajo y tenemos que estar todo el día juntos”, enfatizó.

   De cara al futuro, nuestro entrevistado remarcó que en la cooperativa esperan “que se de la posibilidad de poder pagar la empresa o salga la expropiación definitiva. Que nos den la empresa a todos los cooperativistas. Estamos en condiciones de pagarla y supuestamente se va a hacer una quita en el precio total”, completó.

Autor: José Yapor

Una obra “importantísima y muy esperada” por los moquehuenses

La delegada municipal, Silvia Cotta, destacó los avances logrados en la construcción de la red cloacal, que garantizará a los vecinos “salud y mejor calidad de vida”

 

   Silvia Cotta, delegada municipal de Moquehua, definió como “una obra maravillosa e importantísima” a la construcción de la red cloacal y en tal sentido destacó que “nos garantiza salud y mejor calidad de vida”.

   “Es una obra millonaria, realmente muy esperada –continuó la funcionaria-. Va abarcar todo el pueblo y los sectores más alejados también. Son alrededor de ochocientos cuarenta conexiones y estará finalizada en el plazo de un año y medio. Por supuesto, trae los inconvenientes propios a medida que se va desarrollando. Constantemente le pido a la gente que tenga paciencia y sea un poquito tolerante. La empresa es Tisico SA, de La Plata, y ha demostrado un compromiso y responsabilidad muy importante”, resaltó.

   Cotta indicó que “una vez finalizada la obra, el servicio lo prestará la Cooperativa Eléctrica, de la misma manera que lo viene haciendo con el gas, agua, teléfono e Internet”, al tiempo que adelantó que “estuvimos reunidos con el presidente de la cooperativa, estudiando la posibilidad de ampliar la red de agua potable. Es muy poco lo que falta, aproximadamente ocho manzanas”, estimó.

   La delegada aseguró que “el hospital está funcionando muy bien” y recordó que “en estos dos años y medio logramos muchas cosas para sea lo que es hoy. Tiene muchísimos servicios y se hicieron dos habitaciones nuevas con baños, montamos un lavadero y se creó un consultorio odontológico, que el hospital no tenía. Y vamos por más. Tenemos un proyecto para hacer consultorios y una sala de emergencias. Estamos trabajando en eso. En el laboratorio de análisis clínicos trabajaremos en forma coordinada con el Hospital Municipal de Chivilcoy. Estamos equipándonos y capacitando a la técnica que tenemos acá”, añadió.

   “Somos alrededor de setenta personas entre la delegación y el hospital, incluyendo a los médicos”, precisó Silvia Cotta al ser consultada sobre el número de empleados que se desempeñan en los diferentes servicios. “Todos los trámites que se hacen en la Municipalidad de Chivilcoy se pueden hacer acá. Por lo único que la gente debe trasladarse a Chivilcoy es para gestionar el carnet de conductor. Lo que sí puede hacer acá es el examen, cuando es por primera vez, pero el carnet se tramita por sistema on line y todavía acá no lo tenemos”, aclaró.

   Otra obra que le dio un nuevo impulso a la localidad fue la construcción de la red de gas natural. “El servicio de gas natural se inauguró hace un año y medio (mediados de 2009) y ya tenemos más de doscientas conexiones. Es una obra que se desarrolla con el tiempo, porque la instalación tiene un costo importante si la casa no está preparada para el servicio de gas. Vamos por muchos más, con gente que ha tomado créditos o está ahorrando para poder tener la conexión para el próximo invierno”.

   A modo de despedida, luego de agradecer la visita de La locomotora del Oeste, la delegada municipal de Moquehua manifestó: “Estoy muy contenta y agradecida a toda la gente de la comunidad, que me ha brindado todo su apoyo, con mucho respeto, compromiso y siempre dispuesta a colaborar conmigo. Estamos trabajando todos unidos con las instituciones para lograr que el pueblo florezca y crezca cada día”.

“Con ese charré y el caballo trabajó toda su vida”

Carlos Sleyman recordó a su padre, Brahim Hasan, inmigrante de origen sirio que arribó al país a fines de los años ‘20.

 

   “Mi padre vino de Siria. Allá era casado. Llegó a Italia con la señora y dos hijos, pero la señora no pudo seguir por un problema en la vista y volvió a Siria. El siguió viaje a la Argentina y los paisanos lo mandan a Chivilcoy. Acá había un paisano, Enrique Amado, que tenía una tienda en avenida Sarmiento y Brandsen. A todo paisano que llegaba le daba mercadería para que saliera a vender. Llegó en el año 1929, trabajó tres años vendiendo mercadería y vuelve a Siria para traer a su familia. En el segundo intento tampoco pudo; entonces, vuelve a la Argentina y después de unos años se casa con quien fue mi mamá. Tuvo seis hijos, cinco mujeres y yo. Para poder casarse acá dijo que era viudo. En una palabra, mi padre era bígamo. En esa época se usaba la dote, como la usan actualmente los gitanos. Cuando se casaron, mi papá tenía 48 años y mi mamá, 16. Desde que tuve uso de razón, hasta la juventud, supe que mi padre giraba dinero para su familia que había quedado allá. Inclusive mi mamá sabía que allá tenía familia”.

   Quien cuenta esta historia es Carlos Alberto Sleyman, hijo de Brahim Hasan Sleyman y Sara Blale (Blel, por su fonética). Su padre nació en Haret El Waquef, Partido de Draikich (Siria). La familia se completa con sus hermanas María Teresa (Maríe en árabe), Marta Susana (Fodda), Ana María (Leila), Marcela Patricia (Yamile) y Rosana Alejandra (Amine).

   “Crió seis hijos y llegó a tener casi un cuarto de manzana por la plaza Moreno, todo con ese trabajo de ‘turco’. Si a mi padre alguien le decía ‘turco’, lo peleaba. Eso fue así porque los que venían de allá tenían pasaporte turco, porque estaban justamente bajo bandera turca. Con mi padre no fue así, porque tenía pasaporte francés. Quiere decir que a él tranquilamente le podrían haber dicho ‘el francés’”, relata.

   Cuenta Carlos que “la casa estaba sobre Primera Junta, a una cuadra y media de la plaza Moreno. A la vuelta, sobre calle Frías entre avenida Ortiz y Primera Junta, teníamos otra entrada por donde entraba el charré cuando volvía de la recorrida por el campo”.

   “Primero salió a pie. Iba hasta una tranquera con un fardo y luego volvía a cierta distancia, donde había dejado el otro fardo, y lo llevaba. Un sacrificio grande. Después compró el charré y luego quiso progresar y compró una Ford A, pero como no la quería meter en el barro, porque la cuidaba mucho, la vendió y volvió a comprar un charré. Con ese charré y el caballo trabajó toda su vida”, destaca. 

El recorrido

   Cada vendedor ambulante de origen árabe tenía su propio recorrido y, entre los miembros de la colectividad, existía una especie de pacto no escrito que evitaba la competencia en una misma zona.

   “El generalmente hacía la zona de Henry Bell y, como en abanico, iba a La Rica, parte de Gorostiaga y tocaba un poquito de San Sebastián. Ese abanico entre Henry Bell y Gorostiaga, lo hacía todo. El hablaba de viajes cortos y largos. Había viajes en los que estaba una semana sin volver. Otros viajes, que eran largos, le llevaban quince o veinte días. Llevaba su catre, pero la gente no lo dejaba dormir en el galpón. Dormía con los hijos de los clientes que visitaba. Los padres de algunos clientes que tengo en mi negocio, dormían con mi papá. Los clientes de mi papá, cuando venían cada quince días al pueblo, desataban el sulqui en mi casa, hacían las compras, almorzaban, hacían una siestita en casa, ataban y se iban para el campo.

   Ferviente musulmán, de la rama alauita, Sleyman explica que junto a sus hermanas “aprendimos a hablar el árabe casero antes que el castellano, pero el árabe común, porque el idioma es muy amplio. Mi mamá era hija de sirio; entonces, lo hablaban entre ellos y nos hablaban a nosotros. Después, con la primaria y los chicos del barrio, fuimos aprendiendo el castellano. Se casaron en 1945. Mi mamá vino de Buenos Aires y mi papá ya había comprado la casa. Se conocieron por intermedio de miembros de la colectividad. Al lado de Ciudadela hay un barrio que se llama José Ingenieros. En ese barrio, dentro de 10 o 20 manzanas, el 80% era árabe. Inclusive está la Sociedad Alauita, una de las ramas del Islam. Ahí se conoció con mi mamá. Mi padrino, por religión, era el presidente honorario o fundador de esa sociedad. Era el padre de Jadiye, la esposa de Abraham Amado. Puede haber descendientes de musulmanes, pero el único que profesa la religión acá, en Chivilcoy, soy yo. No quedó otro. Al ser el padre de Jadiye mi padrino, ella pasó a ser hermana por religión e inclusive sus hijos, Sami, Jalil y Fátima, sobrinos míos por religión”, puntualiza.

   Del legado de sus mayores, Carlos Sleyman rescata “la honestidad, el sacrificio, el trabajo, la constancia, la crianza, la buena educación, el ser familiero, el no subestimar a los demás, la fe y las creencias que mamamos de chiquitos”.

   Este hombre, casado con Amalia Esther Jaime y padre de Daniela Carla, mantiene en pie las tradiciones árabes. A su fe inquebrantable, suma su gusto por la música de Medio Oriente y sus buenas cualidades como cocinero de “niños envueltos con hojas de parra, kebbe al horno relleno, chinchulines rellenos, sfijas (empanadas), burgol y laben (yogur). Viendo a mi madre y preguntando, fui aprendiendo, aunque me falta aprender algo de repostería”, reconoce.

Autor: José Yapor 

Moquehua: un centro cultural en la vieja estación

Viviana Rodríguez, su responsable, contó de qué forma se recuperó el edificio al celebrarse el centenario de la localidad. También habló sobre las actividades que se desarrollan a lo largo del año.

 

   Con una población superior a los dos mil habitantes, Moquehua es la localidad más importante del partido de Chivilcoy. Ubicada sobre la Ruta Provincial 30, a unos treinta kilómetros de la ciudad cabecera, la actividad agropecuaria es el principal motor de su economía.

   Hasta fines de la década del ’70, Moquehua estuvo conectado con la Capital Federal y el oeste provincial por medio de los servicios del Ferrocarril Belgrano, que llegaban diariamente. Hasta comienzos de los ’90, corrieron servicios de carga con irregulares frecuencias. En 1993, hubo un intento fallido y de vida efímera de reactivar el servicio entre Estación Buenos Aires y Patricios, en el partido de Nueve de Julio.

   La celebración del centenario, en febrero de 2009, movilizó a los vecinos a recuperar el edificio de la estación ferroviaria, hoy convertido en museo y centro cultural.

   Su responsable, Viviana Rodríguez, destacó que “está abierto a toda la comunidad” y explicó que “en época de clases, por lo general, los chicos vienen a  hacer tareas. Hay dos computadoras con acceso a Internet y libros de consulta. Hay algunas obras y se está tratando de formar una biblioteca más completa. También se organizan talleres. Hay un taller de canto que funciona de marzo a noviembre y un taller de folclore, que no funciona acá pero también se hace a través de la Municipalidad. Se hacen, además, algunas presentaciones de libros de autores locales y caminatas. Está abierto para cualquiera que tenga una reunión del colegio y la quiera hacer acá”, agregó.

   Viviana indicó, además, que “hubo una exposición de la Escuela Agraria, de los talleres de telar y manualidades. El cierre se hace acá y los trabajos quedan expuestos durante un par de semanas para que la gente se pueda acercar y ver. También estuvo Armando Zandanel dando un taller de astronomía y tuvimos su libro para vender. Hay una programa en la computadora, que él dejó para consultas”, subrayó.

   Al ser consultada sobre la celebración de los cien años del pueblo, señaló que “a la Comisión de los Festejos del Centenario de Moquehua le pareció importante recuperar la estación. La casa estaba ocupada. En ese momento estaba Matías Faccini de delegado del pueblo. La comisión fue la que puso todo. (Sus integrantes) trabajaron, acomodaron, limpiaron y restauraron. Se trató de mantener todo lo que había y se hizo un inventario de todo lo que hay. Están los sellos, los boletos y libros de registro. Los festejos fueron entre febrero y marzo de 2009. Se creó un libro con todas las instituciones locales. Hubo festejos en la plaza, la iglesia y acá mismo. Se hicieron caminatas, recorriendo los antiguos lugares, que comenzaban y terminaban acá”, especificó.

   Recordó Viviana que “era chica cuando el tren dejó de funcionar, pero por los vecinos  que se acercan, por mi tía –que está continuamente hablando del pueblo-sé que la gente venía permanentemente a pasear, a esperar el tren. El andén era como el lugar de juegos para los adolescentes que venían a encontrarse con amigos. Los niños venían a jugar. Hay una persona que tiene ciento tres años, que recuerda cuando había bolseros del otro lado e historias de la gente que estaba de un lado de la vía y del otro lado de la vía. Ahora vienen todos a sacar fotos. Es increíble que se haya podido recuperar, que siga adelante y que cada vez haya más actividades. Es un hermosísimo lugar, que está muy bien mantenido, y hay muchísimas ganas”, enfatizó. 

Libros 

   Entre los autores de libros sobre la historia lugareña mencionó a “Bebe” Rodríguez Méndez, Nury Dipierro y Raúl Balbín. Sobre la obra de “Bebe”, comentó que “empezó con la historia del abuelo, que tenía un almacén de ramos generales. Cuenta cómo llegó y de dónde vino. Viajó a España a conocer el lugar, sintió la necesidad de volcarlo en un libro y así empezó. Le gustó la idea y todos los años estaba sacando un libro sobre los profesionales y los deportes que se practicaban. Hizo, además, una recopilación de los festejos del centenario, con todas las actividades que hicieron, cómo se formó la comisión y de dónde surgieron los fondos. Sé que ahora está trabajando en otro, sobre los indios que poblaban esta zona”, adelantó.

   Por último, al referirse al origen del vocablo Moquehua, Viviana Rodríguez precisó que significa “montón de maíz” y aclaró que “el pueblo tomó el nombre de la estación. Es una zona donde los cereales son importantes y tenemos buenas cosechas, por suerte. La base de la economía es la actividad agropecuaria”, completó.

Autor: José Yapor

“Continuamos con muchas de las tradiciones”

Mabel Posik, hija de inmigrantes árabes, contó la historia de una familia con profundo arraigo en la comunidad chivilcoyana. La historia comenzó a escribirse con la llegada a estas tierras de cinco hermanos procedentes de Siria. 

 

   Mabel Posik es parte de una familia con presencia centenaria en Chivilcoy. La historia se inició con el arribo a nuestra ciudad de cinco hermanos que, imitando a millones de connacionales, abandonaron su Siria natal y eligieron como destino el continente americano, forzados por la dominación turca.  

   “Papá, Agustín, llegó a estas tierras muy joven, no sé con exactitud a qué edad. Vinieron escapando de la guerra cuatro varones y una mujer: Julio, Zaqui (José), Aviv, Jorge, Agustín y Jatún. Los mandó su mamá para salvarlos sabiendo, tal vez, que nunca más los volvería a ver”, comenta Mabel.

   “Su ciudad de origen fue Mardin – Alepo (Siria). En ella quedaron seis hermanos más, uno de los cuales era sacerdote. Papá sabía contar que tenían allí una holgada posición económica, pues se dedicaban a la crianza de caballos de carrera. Poseían una casa de dos pisos, que fue destruida totalmente por el flagelo de la guerra. Tal vez, a ello se debió la decisión de mi abuela Farida –así se llamaba mi abuela paterna-, para que vinieran a América”, explica.

   Los hermanos Posik “navegaron durante mucho tiempo y pasaron muchas peripecias, dado que los barcos de aquella época nada tenían que ver con los actuales. Al llegar a Buenos Aires, la primera dificultad fue el idioma, totalmente desconocido, y decidieron establecerse en Chivilcoy porque ya había otros paisanos”, relata Mabel.

   Una vez establecidos en Chivilcoy, algunos de ellos decidieron probar suerte en otros lugares. En tal sentido, Mabel apunta que “luego de un tiempo, mi tío Aviv se fue a Brasil para probar suerte y mi tío Zaqui se trasladó a Buenos Aires con la misma intención. Mi papá, mi tío Julio y mi tía Jatún se quedaron acá, pero más adelante mi tío Julio también se fue a Buenos Aires. Quedaron en Chivilcoy mi papá y mi tía”, añade.

 

El fardo al hombro

 

   Don Agustín “alquiló una casa en Avenida Ceballos y Boquerón. Salió a vender al campo con su fardo al hombro –primero-, luego compró una jardinera y finalmente una chatita, que sólo arrancaba dándole manija. Allí hizo una buena clientela. Cuando se afianzó económicamente, dejó de salir al campo y se estableció en la tienda ubicada en avenida Ceballos y Boquerón, llamada La Florida. Logró hacer una posición económica buena, no rica, sino holgada. Sus clientes eran amigos y venían a realizar sus compras, que pagaban después de levantar la cosecha. Venían desde la mañana, almorzaban en casa y luego regresaban”, rememora.

   “Y llegó el momento de formar una familia –continúa-. Le comentaron que había chicas casaderas paisanas en Chacabuco y allí fue Agustín. Se presentó y le gustó una, llamada María, y comenzó a visitarla hasta que se casaron, después de un noviazgo no muy largo. Se casaron en Chacabuco, pero la fiesta se hizo en Chivilcoy y duró siete días, porque a donde iban los novios a cenar, eran acompañados por todas las familias”.

   Precisa nuestra entrevistada que su mamá tenía veintiún años y su padre, treinta y cinco y destaca que “formaron una familia maravillosa. Nacimos tres hijos: mi hermano Rafael (‘Negro’), Mabel y, después de once años, Graciela. A pesar de poseer la virtud de la humildad, nos dieron una cultura y respeto, de esos que los libros no te brindan”, subraya.

   Mabel describe a su padre como “un hombre mesurado, pacífico, honesto, luchador, que cumplía con su palabra cueste lo que cueste y decía que, antes de emitirla, había que pesarla, porque una vez emitida no tenía regreso”.

   “A propósito de ello, aprovecho a decir que fue un autodidacta. Le enseñó a leer y a escribir a un amigo que se llamaba Esteban Córdoba, a quien todos apreciábamos y respetábamos. Todas las noches venía a visitarnos, tanto en invierno como en verano. Mi papá sabía muy bien leer y escribir el árabe y, cuando llegaban las noticias del ‘bled’ –es decir, de su país- se reunían en el comedor de mi casa. Mi padre sentado en el medio y los demás sentados a su alrededor; el leía y les explicaba la carta. Era hermoso” recuerda.

   “Yo sólo lo disfruté veintidós años, porque falleció muy joven”, lamenta, y enseguida afirma que “mi niñez y adolescencia me marcaron para bien para toda mi vida”.

   “Recuerdo que, dentro de las tradiciones árabes, también los sábados a la noche venían mis tíos y algunos vecinos y jugaban al praf, juego árabe con cartas de poker. Mientras las mujeres conversaban, los niños jugábamos”, puntualiza.

   “Los domingos a la mañana –prosigue-, se preparaba una vez en cada casa un vermouth. Iban los hombres y después cada uno volvía a su casa. Una costumbre hermosa era que, después de cenar –a lo que se le decía ‘alzara’- íbamos a tomar un café a la casa de mi tía, quien nos servía la fruta cortada y pelada”.

   Al referirse a su madre -María Antonio-, cuenta con emoción que “fue una compañera excelente, que ayudó muchísimo a papá en el negocio. En tiempos en que se viajaba a Buenos Aires, mi padre lo hacía todos los martes. Iba en el tren de las 9 y 20 de la mañana y volvía en el que llegaba a las 21. Al día siguiente, venían los clientes a buscar sus encargos y a ver las novedades del mercado”.

 

El valor de la palabra

 

   Mabel Posik realizó una fructífera carrera docente en escuelas primarias de nuestro medio. Quien esto escribe fue su alumno en sexto grado, en la Escuela Nº 7, allá por 1979. Ya retirada de la profesión, hoy dedica la mayor parte de su tiempo a sus seres queridos. Integra la Asociación de Maestros Jubilados y, junto a su esposo, forma parte de la Peña “El conejo blanco”. Fiel a la vocación que abrazó de joven, les da clases de apoyo escolar a sus nietos.

   “Nosotros continuamos con muchas de las tradiciones, reuniones familiares, música, un poco del idioma y las típicas comidas que no faltan en la mesa de los domingos”, resalta.

   Como homenaje silencioso a aquellos sacrificados inmigrantes árabes, Mabel asegura que “tratamos de continuar el legado que nos dejaron nuestros padres en nuestros hijos y nietos. Para mí la palabra sigue siendo tan importante como lo fue para mis padres. A mis hijos, siempre les digo que lo importante no es ser ricos o pobres, sino buenas personas… y lo son”, concluye.

   Mabel Posik está casada con Juan Carlos Marino. Sus hijos son Juan Pablo –casado con Adriana-, María Carla y Marianela –esposas de Martín y de Gastón, respectivamente-. Sus cinco nietos son Camila, Sofía, Milagros, Franco y Priscilla. En noviembre próximo se ampliará la familia: llegará el primer bisnieto. 

Autor: José Yapor

 

“La intención es quedarnos con la empresa definitivamente”

Carlos Visuara contó la experiencia de recuperación de Arrufat por parte de los trabajadores. La cooperativa que preside transita por un buen presente y apunta a ganar espacio en el mercado.

 

   “Hoy somos unos cuantos trabajadores que estamos tratando de recuperar nuestra fuente de trabajo. Hoy en día es muy difícil salir y encontrar trabajo, pero estamos haciendo todo el esfuerzo para que no nos falte y cada día podamos dar trabajo a alguien también. Con la edad que tenemos nosotros nadie nos da trabajo, porque pasando los treinta es difícil conseguir laburo. Estamos haciendo un aguante, un esfuerzo enorme y, a la vez, tratando de recuperar la fuente de trabajo que teníamos perdida un año atrás”.

   Quien habla es Carlos Visuara, presidente de la Cooperativa de Trabajadores Arrufat Vivise, una de las últimas empresas recuperadas del sector alimenticio.

   En diálogo con La locomotora, en los días previos a la Navidad de 2010, Carlos recordó los pormenores de la lucha que llevaron a cabo los trabajadores para evitar el cierre de la fábrica.

   “El 6 de enero de 2009, los dueños de la empresa se van de acá y nos dejan con nueve meses de sueldo sin pagar. Ese día, donde alguien recibía el regalo de Reyes, nosotros recibíamos esta mala noticia. Y así pasó. Ese día se fueron, cortaron la luz y quedamos al oscuro. Nos quedamos con la expectativa que los dueños podían volver a la semana o al mes para poner en marcha la empresa, pero se borraron para siempre. Nunca más volvieron. A nosotros no nos despidieron. Nunca nos mandaron telegramas y, además de los nueve meses de sueldos atrasados, tampoco nos pagaban vacaciones y aguinaldo. Tenían una deuda infinita con nosotros; era difícil que nos pagaran y el camino se hacía cada vez más oscuro”, relató.

   Precisó que al iniciarse la lucha “éramos cincuenta y uno, pero después de esos nueve meses, la gente se empezó a ir, a buscar otros horizontes o a ver si les daban alguna changa. Y quedamos unos cuantos. Después se fueron sumando algunos. Nos quedamos quince; después empezamos a hacer algo y la gente se empezó a sumar. Eramos un poco más. El aguante era duro; la empresa recuperada es difícil, porque nadie elige a los socios y con un poquito de sacrificio logramos armar una cooperativa. Ya estamos pasando 2010 y seguimos recuperando la fuente de trabajo. Estamos bien”, celebró Visuara.

   Al referirse a la actualidad de la cooperativa, comentó que “hoy somos más de veinte y otros que están laburando por temporada, por changa” y explicó que en lo relativo a la producción, “la empresa forma por tres temporadas: desde que empieza el año, es la temporada del huevo de Pascua, que es para marzo o abril depende de la fecha en que caiga; después empieza la temporada de bombones, a mediados de año, y a fin de año se hacen todos los productos navideños, como turrones, confites, grajeas de chocolate, bombones de frutas, pan dulces y todo lo que está en la mesa de fin de año. Por eso, muchas veces hacemos una propaganda que dice que los productos de Arrufat no pueden faltar en la mesa de fin de año”, subrayó.

   No fue simple la transición entre la empresa privada y la cooperativa, sobre todo en la relación con los proveedores: “Buscamos a otros proveedores que creen en nosotros y también contamos con algunos que volvieron. Con algunos quedaron en deuda, pero nosotros somos nuevos y no tenemos nada que ver; por eso queremos que se sumen todos. No le debemos nada a nadie. Somos trabajadores y queremos mantener la fuente de trabajo. Por eso queremos seguir creciendo poco a poco”.

   Carlos Visuara explicó que en el aspecto legal “tenemos una expropiación por dos años, pero los únicos que nos podemos quedar con la empresa somos nosotros y la intención es quedarnos con la empresa definitivamente”.

 

   Carlos reconoció el apoyo brindado por los vecinos durante los meses de la toma de la fábrica: “Los vecinos se portaron bien. Nosotros poníamos una urna en la puerta para el fondo de huelga y respondieron bien. No solamente los vecinos, sino también la gente que pasaba por acá. No fueron ajenos a nada. Estaba a la vista, porque el trabajador no pide por pedir, sino porque lo necesita. Fueron muy solidarios con nosotros”, resaltó.

   Finalmente, indicó que “cualquier persona que se quiera acercar puede hacerlo. Las puertas están abiertas para todos los que quieran venir a comprarnos. Estamos haciendo productos de la misma calidad que antes y, por ahí, algunos productos de mejor calidad. Vale mucho que el cliente siga confiando en nosotros. Toda la vida el trabajo lo hicimos nosotros. No es que lo hizo el patrón. El trabajador siempre hace los productos y ahora lo seguimos haciendo, con la misma calidad. Eso es lo que se guarda: la calidad”, insistió.

Autor: José Yapor 

Cooperativa de Trabajadores Arrufat Vivise

Tres Arroyos 761

Teléfonos (011) 4588-1172 o 1560-551743

http://www.chocolatesarrufat.com

 

 

Un tren con alma grande

   Todos los años, médicos, enfermeros, odontólogos, técnicos y trabajadores sociales de la Fundación Alma viajan al norte del país para asistir a personas que no tienen acceso al sistema de salud. El doctor Antonio Infantino, coordinador médico de la Ong, explicó en qué consisten las campañas y alertó sobre las consecuencias que tienen las carencias económicas, sociales y sanitarias que sufren muchas sociedades del interior.  

¿Qué es la Fundación Alma?

   Es una Ong que se creó hace treinta años. El destino era unir la Capital Federal con los pueblos del norte, aquellos que carecían de pediatra. Entonces, el doctor Martín Urtasún, que fue uno de sus ideólogos, pensaba que había que llegar con el tren hasta los lugares donde no había pediatras ni odontólogos. Y así fue que uno tomó esa meta de acompañar como voluntario y después como coordinador médico. La idea es continuar con esa tarea de atención primaria de la salud. No hacemos nada importante, porque humildemente atendemos a los chicos con los dos pediatras que llevamos, juntos a tres odontólogos, un médico generalista –que es médico de familia-. El odontólogo trabaja sobre el problema bucal, que es muy importante en el norte porque los chicos tienen muchas carencias alimentarias, malos hábitos porque comen mucho azúcar.

¿Cuáles son los problemas más comunes que detectan en cada viaje?

   A veces, cuando me preguntan en las radios cuál es la patología más importante, para mí en este momento es la odontológica. Casi el 60% de los chicos que vamos a ver tienen patologías en su primera dentición y en la segunda dentición mucho más, con pérdida de las piezas dentales. Al mal hábito alimentario y el exceso de azúcares hay que agregar que no tienen un hábito de limpieza, de higiene; no tienen cepillos ni pastas dentales; no tienen consultas con odontólogos, porque en el norte no existen los odontólogos, ni para los adultos. Siempre decimos, como médicos sanitaristas, que a veces con solo abrir la boca de un chico o un viejo nos damos cuenta del índice de pobreza. Ahí se ve la diferencia que hay en el acceso a la salud. Respecto a la parte pediátrica, hay enfermedades muy importantes. Uno siempre piensa en la desnutrición y el sobrepeso. A veces hay chicos muy gorditos, pero son ángeles con pies de barro. Son muy frágiles, porque los azúcares y los hidratos de carbono engordan, pero no nutren como corresponde. 

Nuevas necesidades 

¿Han detectado nuevas necesidades?

   Ha surgido una necesidad muy importante, como es la de atender a chicos preadolescentes y adolescentes, hasta los dieciocho años. Nosotros llegábamos hasta los doce años y hace un par de años empezamos a hacerlo hasta los dieciocho, con médicos de familia. Es una de las necesidades. Cuando llegamos, se acercan los chicos y quieren que los atendamos. Chicos de trece o catorce años, que quieren que les expliquen cosas sobre el cuidado de la salud y cuidado de las enfermedades venéreas. Llevamos también una enfermera –que nos ayuda en las prácticas que haya que hacer-; un laboratorio muy pequeño –que hace rutina, con un técnico de laboratorio, un bioquímico-; un radiólogo –que hace las radiografías de huesos y tórax- y, por supuesto, para complementar tenemos un trabajador social, que nos hace un diagnóstico de la situación social, de la familia, del chico, de sus componentes y de su situación social, económica y escolar. Un referente al que consultamos apenas llegamos, es el maestro de escuela, el maestro rural. El es el nexo entre el chico y nosotros. Por eso, el tren viaja en época de clases, desde marzo hasta noviembre.  

Voy a disentir con usted. ¿Le parece que no es “importante” lo que hacen?

   Bueno… Sí, uno a veces dice esto porque está trabajando en la provincia de Buenos Aires o en la Capital Federal, tiene posibilidades de acceder a todos los estudios, radiografías e interconsultas. Allá se hace difícil. Hacemos también diagnósticos de patologías crónicas, porque uno de los problemas es la enfermedad crónica que no ha sido rehabilitada. Encontramos chicos nacidos en partos no normales, con deterioro del sistema nervioso central. Por lo tanto, son chicos que no caminaron en término o que no hablan. Esos chicos, en Buenos Aires tienen acceso a la salud, rápidamente, con estimuladores tempranos o neurólogos que los pueden atender. Ellos acceden y generalmente uno puede decir ‘hacemos algo importante’. Allá nos encontramos con chicos difíciles de recuperar, porque no ha tenido una recuperación en el primer año de vida, no camina ni va a caminar, porque no va a tener estimuladores. En uno de mis primeros viajes, estuve hablando con un maestro de escuela que cuidaba a un chiquito con esas características. Lo había tomado como un ahijado, como un hijo. Lo mandamos a Salta para que se instruyera sobre técnicas kinesiológicas de recuperación y el hombre estaba muy contento. Ese chico accedió a tener un maestro que lo recuperara, pero a veces no hay ni un maestro ni autoridades que quieran desarrollar ese tema. Cuesta mucho recuperar a un chico neurológicamente o cardiológicamente, porque no tienen acceso a los centros de salud. Un hospital de segundo o primer nivel está en Salta, a cincuenta o sesenta kilómetros y hay que pedir turno, al igual que en Buenos Aires. Tienen que irse un día antes y no tienen posibilidades de vivir o alquilar un hotel o trasladarse, porque no tienen más el tren, que era barato. Deben ir a una ruta y tomar un micro que sale diez o quince pesos. Para nosotros no es costoso, pero el papá no lo tiene, porque generalmente vive de changas o es obrero de las tabacaleras, la zafra o empleados municipales.

Muchas veces se lo identifica como “tren hospital”. ¿Es correcta esta denominación?

   Yo bajo los decibeles, porque no es un tren con internación ni con toda la aparatología. No es el tren blanco o el tren sanitario del gobierno, mucho más equipado, que está sostenido por el Ministerio de Desarrollo Social. Nosotros dependemos de una organización, de una fundación, con el apoyo de la gente que ayuda. Son cuatro humildes vagones: uno de agua, uno donde mantenemos el grupo electrógeno, uno donde tenemos la cocina y nuestro hábitat, porque nosotros vivimos los quince días en el tren. Hay estaciones de ferrocarril que están desmanteladas, donde no hay jefe de estación ni agua. Nosotros necesitamos luz y nos alimentamos de dos grupos electrógenos y, obvio, un gran tanque de agua que nos aporta el agua necesaria para bañarnos. Inclusive, el agua es de los ferrocarriles y no es potable. Para tomar nosotros llevamos agua en bidones. 

Recorridos

¿Cómo definen el itinerario?

   Eso o decide la comisión directiva en los primeros meses del año. Los primeros días de marzo, ya está proyectado el primer viaje para abril. De ahí en adelante, sale un viaje cada cuarenta días aproximadamente. No es que es un equipo ya preparado. Dependemos de los voluntarios que quieran o puedan viajar en ese momento. A veces, nos dicen ‘podemos viajar, no nos dan las vacaciones, no nos dan los tiempos’ y urgente tenemos que buscar reemplazantes. Son catorce voluntarios y se hace muy difícil entre los médicos, enfermeros y técnicos de laboratorio y de rayos.

¿Qué viajes han realizado en 2010?

   Se han realizado cinco o seis viajes al norte, que es nuestro destino. Estuvimos en Tucumán, Salta, Santiago del Estero, Jujuy y Chaco. Hemos tratado de cumplir esos itinerarios de cuarenta días entre ida y vuelta. A veces se demora porque el tren no puede salir por razones técnicas. Tenemos dificultades en la parte rodante del tren, por las ruedas gastadas y los vagones deteriorados. Hay posibilidades de que el Belgrano Cargas nos cambie los vagones por algunos más modernos. Tiene cincuenta años y ya no tienen repuestos. Eso hace que a veces no puedan trepar en Salta o Jujuy, porque la trepada requiere de buenos frenos y de buenas ruedas. Antes llegaba a san Juan, a Formosa y a La Rioja, pero ya no llega. En octubre fui al norte y visité varios pueblos del Ramal C 18 que inauguró la Presidencia de la Nación, que llega hasta el límite con Bolivia, a Pichanal y Orán. Ya estamos programando el primer viaje para el año que viene. A medida que el ferrocarril va teniendo arreglos de vías o de estaciones, vamos ampliando el recorrido. Siempre dependemos de la trocha angosta.

¿Cómo repercutieron en las actividades de la Fundación Alma las políticas de desguace del sector ferroviario, profundizadas en la década del ’90?

   Esto perjudicó al tren, que no pudo llegar a esos pueblos, pero mucho más a la población. Esos chicos quedaron sin posibilidad de acceder a la salud, sus padres sin trabajo. Evidentemente la soja ha utilizado un sistema de trabajo que emplea poca gente, ha quitado posibilidades de traslado porque el tren era económico. Esos pueblos han retrocedido. En un pueblo de Salta los mismos pobladores me decían ‘acá somos todos viejos’. Muchos jóvenes se han ido a la Capital con sus chicos. Ahí hay una casa cada kilómetro y son fincas que a veces no tienen acceso. Del Chaco salteño no quedó nada, porque la soja hizo que cambiara el hábitat, no solamente el clima sino también la vida de los trabajadores, de la gente que habitaba esos lugares. Ellos vivían hasta de los animales que cazaban. Hoy no tienen; hoy son mares de soja donde ni siquiera existe el importante sapito que es nuestro vector para matar el mosquito del dengue. Los agroquímicos terminaron con los sapos y están terminando con la vida de la gente también.

   La no llegada del tren hace que no tengan posibilidades de estudiar, trasladarse y trabajar en otros lugares. Se van aislando, los pueblos envejecen porque la gente joven se va y el tren quiere llegar y no puede llegar.

¿Cómo es la relación con las autoridades?

   La relación es respetuosa. Tratamos de coordinar. Nosotros no invadimos el lugar. Tratamos de hacer un trabajo en equipo si se puede con las autoridades del lugar. En este momento estamos programando tener un coordinador permanentemente en un determinado lugar para manejarnos con las autoridades de ese lugar, con los agentes sanitarios, para trabajar en equipo. De ahí que es necesario que el tren sea bien recibido por las autoridades. Así tratamos de hacerlo. Somos respetuosos de las autoridades, de los agentes sanitarios, pero también de la gente que cuida la salud, llámese el curandero, el manzanita, porque ellos también… Siempre les digo a los muchachos jóvenes que piensen que si hay una curandera, ella va a tratar al chico los doce meses del año y nosotros nada más que cinco días.

¿Cómo se vinculó Ud. a la Fundación Alma?

   Lo hacemos porque tenemos una vocación de servicio y tratamos de no abandonarla. Esa vocación que tuvimos siempre, en el caso mío a través de la medicina puedo devolverle a la gente las ganas de hacer, por haber podido vivir de mi trabajo. Ahora, que cuento con más tiempo, puedo dedicarme a todo esto, en apoyo a la fundación.

¿De qué manera financia sus actividades la Fundación Alma?

   Necesita el apoyo de empresas, bancos, laboratorios, otras fundaciones. De ahí se reciben los aportes, las ayudas. Por supuesto, necesita que se sigan acercando voluntarios y que el Belgrano Cargas nos cambie alguna vez los vagones. Depende de ellos, no de nosotros, porque es imposible que la fundación repare un vagón. Les pedimos y rogamos que lo hagan, porque tenemos esa urgencia. 

 

Fundación Alma tiene su sede en Billinghurst 1444 7º “A” 

CP 1425 Ciudad. Aut. de Buenos Aires

Tel. (011) 4963-8394

www.fundacionalma.org.ar

Entrevista realizada por José Yapor (Diciembre de 2010)

 

Frigorífico Torgelón: una de las últimas experiencias en empresas recuperadas

Después de marchas y contramarchas, los trabajadores que conformaron la cooperativa lograron la expropiación. Con optimismo, apuntan a recuperar presencia en el mercado y planean lanzar una segunda marca en el futuro inmediato.

 

   La Cooperativa de Trabajo Torgelón es una empresa que elabora fiambres y embutidos de reconocida presencia en el mercado.

   Desde sus inicios, en 1923, hasta el tempestuoso 2001 fue una sociedad compartida entre las familias Torres y Gelón. En ese momento, la llegada de una gerenciadora marcó un cambio de época signado por el vaciamiento, los desvíos de fondos, la insensibilidad patronal, la incertidumbre de los trabajadores y, finalmente, un abandono anunciado de la gestión.

   Todas esas circunstancias desembocaron en la recuperación de la empresa por parte de los obreros. En plena jornada de trabajo, cuando transcurrían los últimos días de 2010 y el calor se hacía notar, el presidente de la cooperativa, Luis Figueroa, contó a La locomotora del Oeste cómo se fueron sucediendo los distintos capítulos de una historia tan accidentada como apasionante.

¿Qué particularidades tuvo el proceso de recuperación del frigorífico? 

   Hace dos años y medio empezamos a trabajar en la recuperación de la empresa después que los antiguos dueños y empresarios la abandonaron directamente. Quedamos los trabajadores acá y empezamos a conformar lo que luego fue la cooperativa. Fue un trabajo muy lento, por la burocracia y todo lo que conlleva formar una cooperativa y más aún si se trata de una fábrica. De a poquito fuimos armando la comercialización y recuperando el trabajo básicamente. 

¿Qué pasos dieron los antiguos dueños antes de abandonar la gestión? 

   La empresa venía con signos negativos desde 2001. No quiere decir que trabajara mal, pero cambió sus formas de ventas. Antes era abierta y vendía a minoristas, mayoristas y supermercados. Desde el 2001 para acá solamente se dedicaron a vender a supermercados. Pero ahí había otras maniobras y cosas que estaban armadas para ir desarmando la empresa.

¿Qué tipo de maniobras?

   Maniobras en los pagos, desviaciones de fondos. Hay mucha documentación que lleva a suponer en algunos casos y hay una denuncia por ese tema. Se desviaron fondos a una empresa que no era del rubro, que no tenía nada que ver con esta y siempre la empresa estaba en pérdida, porque no justificaba las ganancias. 

¿Cómo se inició el conflicto? 

   Al principio era solamente un problema entre el sindicato y la empresa o eran quejas hacia el sindicato. Era un típico problema laboral, por las horas de trabajo y en un momento se había echado a la mitad de la gente  y, por intermedio del Ministerio de Trabajo, se volvió a reincorporar. Muchas maniobras que apuntaban a lo mismo: que la empresa era insolvente, que no podía mantener la cantidad de empleados que tenía, que los empleados éramos un costo para empresa… Era una manera de decir que los empleados éramos los responsables de la pérdida de la empresa. La excusa típica. 

¿Cómo se profundizó el conflicto con la patronal? 

   En 2002 y 2003, los dueños, las familias Torres y Gelón, no se presentan en la empresa y se conforma una empresa gerenciadora que la administraba. Fue la que guió a la empresa, si lo queremos ver así, hasta que no vinieron más. En el momento en que esta gerencia no se presenta más, los trabajadores quedamos como que no estábamos echados, despedidos. No podíamos ir a pedir un subsidio por desempleo porque no teníamos un telegrama de despido. La empresa no estaba en quiebra, porque legalmente no estaba decretada, y los dueños no se hacían cargo porque supuestamente no eran responsables de las actividades que había desarrollado la gerenciadora. La gerenciadora decía que solamente obedecía lo que decían los dueños y ahí estábamos, en el aire, sin nadie que nos dijera ‘están despedidos’ o ‘sigan trabajando’.

¿Qué respuestas tuvieron? 

   Nadie se hizo cargo. Al principio, la visión del sindicato era plantear las denuncias correspondientes; más que nada, la parte formal. Al mismo tiempo, empezamos a averiguar por el tema de las cooperativas, porque ya habíamos tenido contacto con gente que trabajaba en cooperativas. Por intermedio de la Cooperativa Yaguané contactamos al Movimiento de Fábricas Recuperadas y empezamos a trabajar con ellos paralelamente, aunque al sindicato no le gustó demasiado. Es el Sindicato del Chacinado. Ellos no estaban muy a favor de conformar la cooperativa. En realidad, se plantearon las dos opciones. Podemos decir que la mitad de la gente estaba con una idea y la otra mitad, con la otra. Decidimos empezar a trabajar para llevar algo a nuestras casas. No podíamos conformar la cooperativa en ese momento porque no había una quiebra. Por el lado del sindicato, tampoco había novedades ni avances. Empezamos a trabajar y tardó ocho meses en llegar la quiebra dictada por el Juzgado Comercial. Estuvimos ocho meses trabajando informalmente y, desde ese momento, el juzgado puso un plazo para que conformáramos la cooperativa. Nos presentamos en el Inaes, dimos todos los pasos correspondientes, conformamos la cooperativa y más adelante conseguimos que se nos alquilara la empresa. Pagábamos un alquiler bajo a la sindicatura y, en esas condiciones, empezamos a trabajar. Teníamos problemas con la Afip. Si bien teníamos conformada la cooperativa, no podíamos sacar el número de Cuit porque no éramos propietarios del local. Tuvimos que dar muchas vueltas. Hay cuestiones legales que se tienen que dar lentamente. Los plazos nuestros son cortos y los burocráticos son a la largo plazo. 

¿Cuántos trabajadores tenía la gerenciadora y cuántos conforman la cooperativa en la actualidad? 

   En el último período de la gerenciadora éramos ochenta. Al principio éramos más de cien, pero fueron sacando gente que se quería jubilar o por retiros voluntarios, que no se pagaron porque al decretarse la quiebra, no hay a quien cobrarle. Ese es un tema. Además, despidieron a dos o tres, que lamentablemente tendrán que esperar hasta que se resuelva la cuestión judicial. En este momento somos sesenta y cinco. La gente de planta se quedó toda. Los que se fueron eran vendedores que trabajaban a comisión y que, por haber pocas ventas, no les convenía seguir. 

¿Cómo encarrilaron las relaciones con los proveedores?

   Fue bastante complicado. Nuestra primera compra fue con fondos que se juntaron por una colecta que se hizo en la calle, con la colaboración de los vecinos y por algún dinero que se puso entre la gente que estaba. Tuvimos que pagar por adelantado a la empresa proveedora de carne. Tuvimos que entregarles la plata y confiar en que nos entregarían la mercadería. Por suerte la trajeron, pero en los primeros meses nadie nos quería vender con ningún plazo. Si no estaba la plata, no había. Tuvimos la ayuda del Ministerio de Trabajo, que nos apoyó con un fondo que, en realidad, es el Plan de Pago Unico. Todo lo que le correspondía a cada trabajador por los ocho meses lo juntan, te lo dan, pero para invertirlo en la empresa. Entonces, juntamos todos los fondos de desempleo y nos empezamos a abrir camino. Ya teníamos como para pagar y para que nos trajeran la mercadería. Lentamente nos fueron dando un poco más de confianza; fuimos demostrando que podíamos pagar y seguir adelante, sin perjudicar a nadie. Como no es un rubro tan grande, la mayoría de las empresas a las que les compramos están afectadas por la administración de los antiguos dueños. 

¿Qué aceptación tienen los productos Torgelón en el mercado? 

   Por suerte es una marca muy conocida, ya instalada. Es una fábrica que arrancó en 1923. O sea que tiene muchos años de experiencia y de trabajar con productos de calidad. A eso vamos, a trabajar productos sanos y de calidad. Que un jamón cocido sea un jamón cocido y no otra cosa. Trabajamos en eso y lentamente vamos recuperando clientela. Si bien nos faltan cumplimentar una serie de aspectos legales para llegar a las cadenas de supermercados, estamos recuperando la venta en la ciudad de Buenos Aires y en algunas provincias como Tierra del Fuego, Chaco y Santa Cruz. Si bien son clientes puntuales, estamos abarcando un abanico que no estaba atendido. 

¿Qué productos elaboran? 

   Jamón crudo, con hueso, serrano y tipo parma. También fiambres cocidos, paleta, lomo natural, longanizas, salamines, bondiolas y pancetas ahumadas.

¿Qué balance hacen del presente y de qué manera encaran el futuro? 

   Estamos terminando bien el año (2010). En el mes de noviembre se dictó la expropiación del frigorífico a nombre de la cooperativa, (con la intervención de) el gobierno de la ciudad de Buenos Aires, que nos da un marco más seguro de continuidad. Si bien podés entablar conversaciones para comercializar, si no tenés una continuidad en el tiempo, nadie te puede asegurar la compra. La ley de expropiación dictada nos da un marco de estabilidad, por lo menos edilicio. Estamos pensando en largar nuevos productos. Tenemos una segunda marca para lugares específicos. Eso apunta a ampliar el ámbito comercial. 

   La Cooperativa de Trabajo Torgelón está ubicada en Avda. Donato Alvarez 1152, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Su teléfono es (011) 4581-1509 y su sitio de Internet, www.fiambrestorgelon.com.ar

Entrevista realizada por José Yapor